Viajar sola. Es una de las ambiciones más fijas y estables que tuve. Muchas de las cosas que quise cuando era niña fueron transformándose o directamente desapareciendo a medida que crecía y la realidad medio que aplastaba mis ilusiones, pero la de viajar siempre quedó y sigue quedando. Más allá de solo viajar quería viajar sola para ver cómo era.

El 2016 para mí fue un año de bastantes cambios, sobre todo internos y personales. Capaz influenció el hecho de que estuve un mes entero en el hospital y me pegó una depresión que nunca había vivido así de intensamente, que cuando salí se convirtió en euforia y con el tiempo se fue transformando en ganas de experimentar cosas nuevas, en ideas de que la vida es efímera y boludeces así, que me hicieron tomar algunas decisiones que sin haber pasado por eso capaz no hubiera tomado. También estaba tomando distancia de todo lo que conocía, amigas de toda la vida y planes personales que se caían, todo estaba un poco confuso para mí y me costaba encontrarme, sentirme a gusto en donde estaba. Gracias a todas esas crisis existenciales y a la suerte de tener plata ahorrada para un viaje que nunca se dio, decidí irme sola.

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Por desgracia viajar sola para una mujer no es lo mismo que para un hombre y la idea que tenía de irme por un mes a Brasil sin nadie que me acompañara no solo no le daba
tranquilidad a mis padres si no que a mí también me generaba cierta inquietud. Primero que nada, porque era algo totalmente nuevo, segundo porque no me consideraba muy capaz de socializar con extraños y si viajas sola no te queda mucha opción, tercero y más importante, porque existen posibilidades muy reales de ser acosada, abusada o violentada si estás sola en un país extranjero sin ningún plan preciso. Es por eso que pensé en una alternativa que fue la de hacer un voluntariado. No solo es más seguro porque estás bajo el cuidado de una organización y vivís con otros voluntarios, si no que es un plan que me atraía desde chica. Hoy creo que no pude haber elegido mejor destino y mejor momento para hacerlo. Así empecé a buscar organizaciones de voluntariado que no fueran las más famosas y conocidas mundialmente, algo más local y más rústico, y lo encontré bastante fácilmente: mi aporte consistiría en trabajar en un proyecto de arte en una favela (el término políticamente correcto es “comunidad” pero a la gente local que conocí no le gusta la corrección política).

Estuve tres semanas en Rio. El primer día solo habían llegado otros dos voluntarios, una chica de Francia que terminó siendo mi amiga más cercana del viaje, y un chico australiano que ni lo veíamos mucho porque se pasaba todas las noches en bares gays. Después fueron llegando más: tres ingleses, una china, un francés, una dinamarquesa, y obviamente conocimos a varios brasileros y brasileras en las favelas donde trabajábamos y en fiestas a las que caíamos de pura casualidad.

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Para ser sincera la parte la parte del voluntariado en sí no fue tan productiva como me hubiera gustado. La gente con la cual trabajé en la favela, que vivía ahí, se esforzaron por incluirme de una manera súper conmovedora y también me enseñaron mucho sobre la realidad que se vivía ahí cotidianamente: cómo el gobierno por décadas se olvidó de ellos, la desigualdad aberrante que se hace muy obvia al haber mansiones gigantes al lado de las entradas de barrios pobres, cómo las chicas de las comunidades tenían hijos desde los 14 años y lo consideraban algo completamente normal y cotidiano (una de las chicas con la cual entré en más confianza estaba embarazada con 14 y su hermana mayor, de 18, estaba esperando su segundo hijo), y cómo a través de su proyecto de arte, llamado Projeto Morrinho, representativo de las favelas, intentaban abrir puertas, derribar mitos sobre la vida en ese contexto y mostrar su realidad al mundo para que les pierdan miedo. A pesar de haber conocido estas historias me sentí bastante impotente, al estar ahí y no poder hacer cosas realmente significativas, al saber que cuando me fuera todo iba a seguir exactamente igual.

Sin embargo otras partes del viaje sí rindieron, y mucho. Capaz que el estar completamente sola en otro país rodeada de desconocidos día a día te hace perder el miedo o la timidez que tenés cuando gente que te conoce puede estar juzgándote o algo así, pero para mí el cambio personal fue tremendo. Hasta ese momento, siempre me había considerado una persona bastante tímida y reservada, no se me hacía fácil acercarme a cualquiera y hablarle porque sí, estar en situaciones sociales nuevas y más aún estando sola, me daba muchísima ansiedad. Sin embargo en Brasil me encontré mucho más abierta y extrovertida. Incluso por unos días me animé a irme para afuera de Rio con una chica de China que acababa de conocer, y cuando llegamos al hostel estaba lleno de argentinos y me sentí totalmente cómoda tomando mate y birra con ellos y charlando de nuestros viajes. Es un cliché muy obvio, pero sinceramente, volví habiendo crecido un montón en muchos sentidos. También es un cliché decir que para encontrarse a uno mismo o crecer personalmente hay que viajar porque no todos tienen la chance ni es tan fácil ni tan obvio, pero sí creo que si la tenés es una boludez desaprovecharla.

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Creo que nunca me voy a olvidar de la ansiedad que tenía en el avión a la ida, el miedo a no sentirme parte, a querer volver, a no encontrar lo que sea que estaba buscando que no encontraba en mi vida cotidiana. Por suerte encontré eso y mucho más, me llevé amistades con personas que ojalá pueda volver a ver en algún otro lugar del mundo, que sin saber me ayudaron mucho a soltarme y a ser un poquito más parecida a lo que me gustaría ser, que es básicamente lo que vengo haciendo desde chica sin darme cuenta (y lo que todos hacemos, supongo).

 

Fotos y texto: Martina Vilar

ig

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