Este año fue fuerte. En varios sentidos, algunos buenos y algunos malos, la vida me dio bastantes cachetadas y me dejó un poco mareada pero bien.

Una de las cosas que más me marcó fue escuchar historias de chicas muy cercanas a mí que antes no me habían contado (o no habían pasado aún). Hablo de historias de abuso de parte de pibes. Tristemente me di cuenta de que la mayoría de las mujeres hemos tenido que bancar cosas que nadie debería bancar, y al escribir esto me lleno de lágrimas.

La mía la sufrí más de chica y no llegó a ser muy grave por suerte, pero ¿con qué parámetros objetivos se puede medir la gravedad de un acto que cinco años después me sigue erizando la piel y me sigue llevando sin escalas y sin avisar a ese momento de mierda, como si lo estuviera viviendo de nuevo? Ayer por primera vez en años sin ver al pibe que me hizo lo que me hizo, me enteré de algo muy fuerte sobre él y las noticias me dejaron en un estado raro. Raro: no sabría describirlo de otra manera.

Me dejó pensando en la pena que me dio y siempre me quedará por no haberle dicho nada ni a él ni a nadie en el momento por puro miedo, por haberme callado y no haberlo cagado a puteadas por invadirme de una forma que no era para nada bienvenida y que me quedó marcada bajo la piel, donde las cosas no se borran. Ya no me culpo, no me muerdo los labios de tristeza, no me guardo rencor, pude perdonarme: yo era pendeja y él ni tanto, yo no sabía cómo enfrentar a nadie, mucho menos a un pibe prácticamente desconocido.

Me dejó sintiendo dolor por cada una de las pibas, amigas, conocidas y mujeres que ni conozco ni conoceré, que alguna vez fueron abusadas de alguna manera y tuvieron que lidiar con eso, ya sea callándolo o gritándolo con rabia en todas las esquinas para ser escuchadas. Yo no pude hablar en su momento y me dolió callarlo, no lo pude hablar ni con mi psicóloga ni con mi mamá ni con mis mejores amigas. Recién varios años después me saqué ese peso del pecho, cuando ya el dolor no era tan agudo ni punzante. Recién hoy, en este espacio, cinco años después, lo comparto a mayor escala. Por eso entiendo a las que callan e intentan hacer el duelo solas, así como entiendo a las que eligen hablarlo hasta el cansancio, así como entendería cualquier mecanismo que una tenga a mano para bancar un dolor así de inmenso, que sobrepasa la razón.

Me dejó una sensación de ahogo y miedo, porque estos pibes no siempre son desconocidos, a veces son “amigos” o amigos de amigos, a veces son pibes con los que salimos, a veces son de lo más cercano que tenemos. No son hombres que crecieron en contextos tan distintos a los nuestros, no son enfermos sin consciencia alguna de lo que hacen, no son siempre lo que nos imaginamos como abusadores, no llevan carteles que nos adviertan, no son el tipo de hombre que aprendemos a evitar cuando nos lo cruzamos en la calle. No es evidente. A veces está cerca y se disfraza de cariño, de buena onda y de contención, hasta que se pasan. A veces no hay manera de cuidarse ni de prevenir, porque realmente es imposible de saber.

Me dejó sintiendo impotencia porque yo tampoco sé dar consuelo en estas situaciones. Cuando una amiga me comparte algo así yo solo sé dar un abrazo, acompañar en el llanto, sentir la bronca y la tristeza como si fueran propias (porque siempre lo son) y respaldarme en la lucha feminista como única esperanza para que esto no siga pasando y que mis hijes o les hijes de mis amigues no sean víctimas ni abusadores, que crezcan en una sociedad más sana, en donde una piba caminando sola por la calle de noche, borracha en una fiesta, o durmiendo en una cama ajena, no sea vista como objeto de posible abuso si no como ser humano con derechos y autonomía. Esa sociedad la estamos construyendo entre todes les que formamos parte de este movimiento, y contra viento y marea, aunque siga doliendo, creo que vamos bien.

Sobre todo me dejó con ganas de escribir unas palabras. A él, aunque ya no vaya a leerme ni lo fuera a hacer antes, aunque ya no me lo pueda cruzar por la calle para decirle todo lo que me quedó trancado en la garganta, para que en algún lado de alguna manera sepa lo mucho que me dolió su actuar. Y más que nada quiero escribirles a ellas, a nosotras, a nuestras amigas y compañeras y a las pibas que veo en cada esquina, en cada plaza, en cada bondi, cuyos nombres no conozco pero sí su dolor: estamos vivas, estamos fuertes, estamos juntas y lo seguiremos estando.

 

Texto y foto: Martina Vilar

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