Cómo los estereotipos me afectaron y lo que aprendí de ellos.

Durante mi adolescencia siempre me sentí un paso atrás de todes les que me rodeaban, especialmente de mis amigas cercanas. Sentía que absolutamente todes avanzaban más rápido que yo en varios aspectos y que de alguna manera tenía que alcanzarles, sea como sea. Creo que existe una presión bastante fuerte y dolorosa de experimentar ciertas cosas a ciertas edades, como lo es el primer beso, la primer relación amorosa o la primer relación sexual, y que al ser chiques sentimos una necesidad constante de cumplir con las normas o lo que se considera “cool” para encajar con el resto. Esto ya se sabe y no es nada nuevo, pero a mí me costó bastante tiempo estar en paz con mi propio trayecto dentro de ese viaje del amor y la sexualidad y hoy lo escribo desde un lugar de comprensión y de perdón conmigo misma.

Creo que empezó a los 12, 13 años, cuando una empieza a fijarse más en el sexo opuesto (en mi caso, que soy heterosexual) o a sentir más curiosidad por lo que es la intimidad y el romance. Constantemente tratando de alcanzar a los demás, estaba convencida de que no podía llegar al lugar donde todes estaban porque algo me frenaba, ya fuera falta de capacidad o de seguridad o de lo que fuera que todes tenían menos yo (en ese momento, lo que todes tenían menos yo era para mí la belleza física canónica, lo cual obviamente dejó secuelas de las que me costó desatarme). Ese sentimiento no es lindo para una persona que todavía está formándose y aprendiendo sobre sí misma: pasé gran parte de ese tiempo comparándome con mis amigas que me parecían mucho más lindas y mucho más piolas, interesantes y divertidas que yo y eso me dejó triste, vacía, ansiosa, insegura, convencida de que valía muy poco. No entendía por qué alguien podría fijarse en mí y por eso muchas veces me alejaba antes de molestarlos o aburrirlos con mis problemas. Tampoco entendía por qué todas mis amigas experimentaban cosas que a mí no me llegaban, por qué me quedaba por afuera, por qué no me animaba. Lo que es raro es que esa presión nunca vino de ellas ni de gente cercana que me importara, nunca nadie significativo me juzgó por no chuponear con muchos pibes de adolescente o por no salir con mucha gente o por no experimentar mi sexualidad a cierta edad. ¿De dónde venía entonces? Obvio que la presión sale de une misme pero es antes sembrada por estereotipos que nos dicen que si a cierta edad no hiciste ciertas cosas algo está mal con vos, ya sea que te falta atractivo o personalidad. Por suerte hoy ya no lo veo así, hoy ya sé que iba mucho más allá de mi físico o de mi persona, sé que yo no hice ciertas cosas hasta no sentirme del todo en paz conmigo misma y con cosas que me pasaron, hasta no sentirme realmente del todo lista para hacerlo y sacar de todo una experiencia positiva, que hasta ahora lo ha sido.  Hoy entiendo que me tomé mis tiempos con la seriedad y la calma que merecían y que las cosas fueron cayendo en su lugar a medida que debían hacerlo.

Me interesa compartir esto porque sé que muchas personas más chicas pero también de mi edad o más grandes se sienten igual, y porque con un poco de perspectiva pude entender que no estaba atrás, simplemente estaba en otro camino, y que esas personas que yo consideraba que tenían todo resuelto, también se sentían atrapadas de vez en cuando por diferentes razones. Todos experimentamos las cosas de diferentes formas, llegamos a los lugares en diferentes momentos, vivimos diferentes obstáculos y sentimos diferentes sensaciones. Lo importante es que todos llegamos a donde tenemos que llegar tarde o temprano y no hay que apurarse, porque todo lo que nos pasa en el camino que ahora consideramos obstáculos son aprendizajes que nos hacen más fuertes y nos permiten estar más preparados para cuando lleguemos a donde estamos dirigiéndonos, sea donde sea.

Todavía estoy trabajando en eso de la seguridad conmigo misma y con mi sexualidad y el no sentirme menos por haber vivido menos. No niego que a veces cueste y me sienta juzgada y siga doliendo, pero por suerte esos momentos de fragilidad y de ansiedad son cada vez menos; creo que eso se logra con el tiempo y con poder alejarse de la situación para verla desde afuera. Hoy en día escribir sobre esto me resulta raro porque ya tengo una distancia bastante grande y ya lo pude entender, pero también me resulta sanador, como una tregua entre mi yo adolescente que tan mal la pasó por estas cosas y mi yo de veintidós años que ya lo vivió y sabe lo poco que significan en realidad. Yo ya entendí mis procesos, porqué los tuve y cómo me afectaron para bien al final, pero lo comparto con esperanzas de que otres que estén pasando o hayan pasado por lo mismo puedan enriquecerse de mis aprendizajes por más cursis, predecibles o boludos que sean: no sos menos por no seguir la norma; en todo caso, te hace más fuerte.

Texto: Martina Vilar
Ilustración: Marina C.

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