Muchas de nosotras amanecimos la mañana de Navidad con la noticia de una mujer asesinada por su ex pareja en las inmediaciones del Parque Rivera. Quizás por la manera o el día este femicidio caló hondo en la población; pero sólo por un rato, después de unas horas todo volvió a ser lo mismo. Cuando la leí me pasó lo que siempre me pasa cuando me entero de un femicidio: se me hizo un nudo en la panza, un dolor agudo que combina la rabia y la tristeza en partes iguales. Pero ¿qué pasa después del dolor inicial? ¿Cómo seguir con nuestras vidas normalmente?

Me pregunto cuál es la manera de seguir adelante sabiendo que mataron a otra mujer, sabiendo que en el país y en el mundo un número incontable de mujeres están sufriendo violencia en todas sus formas. Me pregunto cómo puedo vivir sintiéndome libre cuando otras viven el infierno todos los días. ¿Qué hacer? ¿Cómo actuar de forma efectiva? ¿Cómo es posible que nos sigan matando?

Últimamente me hago muchas preguntas sobre este tema y me embarga la culpa.  

Voy a ser honesta. La mayoría de las veces pasan unas semanas hasta que ya no recuerdo el último femicidio del que leí. Y después viene otro, y otro, y otro. Siento que vivimos una pesadilla en loop, en la que ya sabemos lo que va a pasar, y que tristemente no nos sorprende; pero no deja de dolernos, aunque ya no sepamos bien hacia donde ir, vamos a seguir luchando por ellas.

Hace poco leía sobre los femicidios de Ciudad Juárez, en México, que al menos desde 1993 es una de las ciudades donde son asesinadas más mujeres. Más de diez películas, entre ficciones y documentales, se han hecho sobre estos asesinatos. Muchas investigaciones en las que se pregunta el por qué y el cómo, pero no hay ningún plan de acción efectivo que prevenga y eduque contra la violencia de género, solamente varias redes de mujeres que sirven como contención a familiares y víctimas pero que a fin de cuentas luchan solas. Detrás de la teoría y la especulación miles de mujeres transitaron, transitan y transitarán invisibilizadas.

Una vez más, lo único que nos protege somos nosotras mismas.

El estado es cómplice, patriarcal, y nos odia.

Texto: Martina Vega

Foto: Martina Vilar

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