Feminismo. Cuando escuché por primera vez sobre el tema me pareció lo más natural del mundo. Me fue imposible de ignorar, no sólo por el hecho de que fue ganando presencia en las redes y en las conversaciones cotidianas entre amigues a medida que fui creciendo, si no porque me pareció natural, necesario, esencial. Me resulta tan orgánico el querer luchar contra cosas que te hacen ruido y te condicionan día a día, que no entiendo como algunas mujeres no lo reconocen o no se quieren hacer cargo. Entiendo que el reconocerse feminista implica abrir los ojos y ver todo desde otro lugar, reconocer que algo está mal y que hay que cambiarlo. Eso es difícil, entiendo, muchos piensan que la ignorancia es más cómoda (y probablemente tengan razón). Pero están ahí, en frente a nuestras caras: las injusticias, el ninguneo, el prejuicio, el acoso, el abuso, la desigualdad. ¿Cómo no manifestarme en contra de eso? Hoy en día creo que aunque me tapara la boca y los ojos, aunque realmente quisiera desentenderme del tema, el enojo y la angustia encontrarían la forma de salirse de adentro mío. Son más fuertes que yo, vienen de afuera, de adentro, de todos lados; de una realidad que quema los ojos.

En mi familia no todes comparten la lucha. Sí entienden y apoyan la lucha por la igualdad a grandes rasgos, no son dinosaurios, pero no creen que eso se relacione con las cosas cotidianas como el que te digan piropos por la calle. Dicen que no es tan grave, que en algunas cosas exageramos. Yo digo que ese tipo de cosas, aunque sí son menores en escala con los femicidios y los abusos, también hacen al patriarcado, también nos afectan y también colaboran a mantener esa cosificación de la mujer que luego desemboca en abuso físico y/o psicológico. Yo les quiero con mi vida entera pero me entristece que no entiendan del todo lo que siento y lo que hago, mi bronca, mi frustración, mi lucha: algo tan importante para mí que lo tengo tatuado en la piel. Por suerte mis amigas sí me entienden y me acompañan en el llanto y el enojo. A ellas también se les eriza la piel cuando escuchan “Brujas” de Eli Almic. A ellas también les sollozan los ojos en las marchas.

Me acuerdo cuando era pendeja y recién empezaba a salir a boliches y era tan normal que te toquen el culo o las tetas cuando pasabas caminando al lado de un pibe, que hasta sentía que ni valía la pena quejarse, porque a dos metros otro pibe lo volvería a hacer. Era horrible, me sentía como un producto de vidriera, un pedazo de carne entre lobos hambrientos, en total inferioridad con respecto a ellos. No es lindo, no es halagador: es humillante y deshumanizante y te hace sentir minúscula. Después conocí el feminismo, pero qué lástima que no lo conocí a los 13 y no cagué a puteadas a todos esos imbéciles que creían tener el derecho de invadir mi intimidad. Me hubiera ahorrado unas cuantas situaciones de mierda.

Hoy, gracias al feminismo, me siento más capaz de captar y enfrentar las injusticias. Hoy, gracias al feminismo, si me tocan el culo en un boliche o si me dan un beso sin permiso no me quedo callada. Gracias al feminismo sé la diferencia entre sí y no, sé detectar cuando algo deja de ser consensuado y pasa a ser abuso, sé que si te presionan a hacer algo que no querés está mal y sé que tengo el derecho a quejarme. Sé que no es de histérica reclamar respeto y decir lo que pienso de forma directa. Sé que mi condición de mujer que naturalmente me hace más sensible y emocional que cualquier hombre no es una debilidad si no una fortaleza y ya no dejo que me hagan sentir mal por eso. Sé, cuando veo a una mujer llegar lejos, que le costó el doble que cualquier hombre que haya llegado a su mismo lugar y por lo tanto se merece el doble de admiración. Sé que de las cosas que más me llenan el alma en esta vida es la sororidad, incluso con pibas que no conozco. Sé que el ser mujer viene con un montón de altos y bajos, con un montón de tristezas, de angustias y de broncas que a veces te dan ganas de tirar todo a la mierda. Y sé que tengo que seguir por todas las que no están, las que el patrarcado se llevó.

Sobre todo tengo la certeza de que tengo un mar de pibas como red de apoyo, de que si algún día no vuelvo, miles de mujeres van a salir a la calle a gritar mi nombre, a preguntar dónde estoy, a llorar y luchar por mí aunque ni me conozcan. Eso vale oro. Que se jodan les que no lo entienden.

Texto: Martina Vilar

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