La tarde del domingo 30 de diciembre de 2018 estuvo soleada. En el Parque Rodó la gente paseaba despreocupada y en las caras se veía reflejado el aire de fin de año. Mientras tanto, un grupo de feministas autoconvocadas nos reunimos en la fuente “Le Source” para realizar una performance denunciando los 39 femicidios cometidos en 2018, los últimos tres sucediéndose entre los días 25 y 27 de diciembre; es decir un femicidio por día.

La experiencia fue desgarradora pero a la vez unificadora; desde mi lugar, que participé posando como una mujer asesinada por la violencia patriarcal, me sentí contenida y cercana a las compañeras. Cuando estuvimos todas reunidas junto con los varones que iban a participar como femicidas y cómplices del patriarcado, había animosidad. Charlamos sobre cosas de todes, las relaciones, la carrera, el laburo. Vi cómo maquillaban a una compañera con asombro y terror. Los moretones que le pintaba la maquilladora se veían extremadamente reales. Imaginé unas manos alrededor de su cuello, un golpe en el ojo, en el medio del estómago, una mujer sola.

La idea original de la performance fue impulsada por algunas usuarias de Twitter, que fueron inspiradas por las chicas de Argentina que se envolvieron en bolsas y colgaron en arneses en el medio de la ciudad. Esto sucedió en el contexto de la marcha por la actuación injusta en el proceso judicial por el femicidio de Lucía Pérez. A partir de esta idea se armó una cadena de mujeres que adaptarían esta protesta, de forma bastante similar pero sin arneses, todas participando todas de diferentes maneras.

Algunas de las chicas habían manifestado en el grupo que usábamos para comunicarnos el no querer meterse en bolsas, ya que les causaba impresión y sentían que podían llegar a sufrir ataques de pánico o ansiedad. Acordamos entre todas que cada una hiciera lo que pudiera, no había que forzar la seguridad personal.

Llegado el momento, todas hablábamos de lo nerviosas que estábamos e intentábamos distraernos con nimiedades; sin embargo las conversaciones nunca podían abstraerse del nerviosismo. Nos acostamos en el piso, todas juntas, algunas apoyadas en el cuerpo de otras. Vestíamos diferente, algunas en ropa interior, otras completamente vestidas. El pelo de formas diversas, con y sin caravanas, con collares, sin collares, con anillos, sin anillos. Eso no importaba, nos matan en cualquier circunstancia, usemos lo que usemos, estemos como estemos.

Cuando terminamos de acostarnos las maquilladoras nos tiraron sangre, y los varones nos fueron metiendo en las bolsas. En un momento miré al costado y me dio escalofríos ver a una compañera que hace momentos había visto sonreír y charlar cómplice con otra, ahora de ojos cerrados con un chorro de sangre que bajaba desde su frente hasta su boca. Ver los dedos de los pies de otra compañera pintados con esmalte blanco me generó un sentimiento de angustia inexplicable. Nos sentía realmente asesinadas, olvidadas, observadas. Mientras tanto un grupo extenso de personas nos miraba de pie, con una mezcla de asombro, confusión y tristeza. Los varones involucrados en la performance caminaban entre nuestros cuerpos, charlando de fútbol, “minas”, objetivizando nuestros cuerpos y cuestionando nuestras luchas. Era una performance y yo lo sabía, pero me daba tantas ganas de gritarles un millón de cosas horribles, que nos dejaran en paz, que nos ayudaran. Se sentía muy real.

La performance cerró con otras mujeres viniendo a levantarnos, simbolizando ese rescate que solo podemos darnos entre nosotras, nadie más nos protege. Llegó la lectura de proclama y nos sorprendió la cantidad de gente que la leyó, especialmente varias mujeres grandes, que recorrían las palabras con ímpetu. Cerramos con un abrazo gigante entre todas, lágrimas, aplausos de la gente que me erizaron la piel de la nuca.

El después nos dejó un grupo lindo, ganas de seguir haciendo cosas y deseando con toda la fuerza que este año sea diferente, que ninguna mujer sufra y que todas sepan que no están solas.

 

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Texto: Martina Vega
Fotografías: Ini Müller

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