Primer día del año. Sale la noticia de que una niña de 14 años fue violada por cinco hombres en un camping de Miramar en la noche de año nuevo. Ese día me fui a acampar; esa noche soñé que un pibe andaba matando mujeres feministas de mi barrio y me desperté llorando, descolocada, con un miedo profundo corriéndome en forma de sudor en la frente.

Uno o dos días después. Mujer violada por tres hombres en un camping de Valizas. No recuerdo si esa misma noche o algunas noches después, soñé con varios femicidios vistos desde afuera, como si estuviera leyendo las noticias pero viendo los abusos y los asesinatos en vivo y en directo, yo siendo una simple espectadora, sin poder hacer nada al respecto, con los ojos forzadamente abiertos como Alex en esa escena de La Naranja Mecánica. Me desperté desconcertada, preguntándome porqué mierda estaba soñando con estas cosas.

Unos días más tarde. Toma de rehenes en una peluquería de Pocitos por un hombre que fue armado a buscar a su ex pareja a donde ella trabajaba. Esa noche soñé que un hombre nos retenía a mi madre y a mí en su casa y nos quería prender fuego. Me desperté temblando, queriendo olvidar: todavía me acuerdo de esa sensación de terror puro.

Van menos de dos semanas del año y tres veces que me despierto al borde de la desesperación. Vale aclarar que yo no soy una persona que sueñe muy seguido, aún menos con pesadillas.

Ya hablamos de esto hace poquito. De cómo las noticias de un femicidio o una violación nos revuelven por dentro y nos dejan siempre en el mismo lugar: tristes, enojadas, sin consuelo, pero finalmente, en nuestra cotidianidad de siempre. No hay mucho por hacer. Este año ya van varias y se ve que me están comiendo la cabeza.

El otro día volviendo a mi casa de noche sola sentí esa ansiedad, esos nervios que me nacen en la panza y suben hasta mi garganta como un fuego lento pero persistente. Una sensación que conozco desde que tengo memoria, desde que me dieron permiso para andar sola: el miedo a ser violada. Capaz que suena a loca, exagerada o perseguida, pero no encuentro otra forma para describirlo.

En seguida me acosté en mi cama y se me pasó, me puse a pensar como algunos pibes, cuando era más chica y empezaba a expresar un poco mi feminismo “inicial”, digamos, me decían: ustedes se quejan de que es peligroso si andan solas de noche pero a nosotros también nos pueden robar cuando vamos solos de noche, es lo mismo.

No. No es lo mismo. Me encantaría que mi única inquietud cuando ando sola fuera que me roben, pero es muchísimo más. Con solo imaginarme las manos de alguien que no consiento en mi piel, forzando su sexo en el mío, se me estremece lo más profundo de mi cuerpo, se me llenan los ojos de lágrimas, se me ata un nudo gigante en la garganta, me dan ganas de vomitar. Ya me tocaron una vez sin mi consentimiento, ya temblé de miedo, ya callé el dolor por años. No se lo deseo a nadie.

Me genera una rabia y una tristeza muy profunda que el ser mujer signifique vivir con ese temor, saber que al final de cuentas es un tema de puro azar y de suerte, no de cuánto cuidado tengas ni de qué tan provocativa te vistas. Es un tema de azar: te toca a vos o le toca a la que se sienta al lado tuyo en el bondi, la que te cruzás en el boliche, la que fue al liceo con vos, la que atiende el super de la esquina, la compañera de facultad, la tía de tu amigo, la señora que barre la vereda. Realmente no hay criterio alguno, no hay un patrón de víctimas ni de abusadores, no hay una fórmula que te salve: es todo un tema de suerte.

No quiero generar miedo con esto. Pido perdón si ese es el efecto causado. Las pibas ya conocemos esto, ya vivimos con esto. No es para ustedes. Es para los pibes, que ojalá nos lean y entiendan ese miedo que retuerce todo nuestro interior día a día (aunque a veces logramos olvidarlo, si tenemos suerte, pero siempre vuelve), que entiendan que el cambio está en todes y tiene que ser de raíz, que si pueden acompañen a su amiga hasta su casa si se hizo de noche, que no se queden callados y cómplices cuando ven a una piba en una situación de acoso.

Que entiendan que cada vez que leemos una noticia de una piba que fue abusada nos tiembla el pulso, se nos eriza la piel, lo sentimos más cerca: “esta vez me salvé”, susurra mi voz interna. Esta vez.

Texto y foto: Martina Vilar

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