En primer año de liceo, mi profesora de Ciencias Físicas, a la que todos le teníamos mucho miedo, nos enseñó que el peso es la fuerza de gravedad que la tierra ejerce sobre un cuerpo. Lo que nosotros llamamos peso, es la masa. No pesamos, masamos.

Mi mal-nombrado peso, fue un problema toda mi vida y lo sigue siendo. El mío, el de mis amigas, el de mi madre, el de mi vecina. Qué bravo es ser mujer. Nos lavaron tanto la cabeza que muchas veces, en éste aspecto, somos nuestras peores enemigas, incluso con las personas que más queremos.

Tengo 23 años, mido 1.69, tengo una espalda ancha, un par de piernas que se chocan entre sí y un culo grande, herencia de mi madre. En diciembre, luego de todo un año de cambiar mi alimentación – la cuál nunca fue del todo mala -, pesaba igual o más que antes; 85 kilos. Cansada de la cuestión le dije a mi madre que estaba harta de dedicar tanta energía a sentirme mal con mi cuerpo, que tenía que empezar a trabajar más en aceptarme como era. No abandonar la lucha eterna de crear mejores hábitos, pero aprender a quererme sabiendo que cuido mi cuerpo, se vea como se vea, mase lo que mase. Mi madre me dijo que no, que no podía aceptarlo. Mamá come refuerzos de salame todos los días, y si se empieza a notar, se los saltea, pierde panza y listo. Mamá se angustia de que mis piernas, clones de las suyas, se choquen entre sí, de que mis brazos se vean grandes en fotos, de que mis cachetes se inflen a los costados de mi cara. Mamá genuinamente se preocupa, porque para para ella verme así es verme mal, como si no estuviera alcanzando todo mi potencial, estéticamente hablando. Como si fuera una lástima.

A veces me cuesta no vilipendiar a mi madre. En parte la culpo por todas las instancias en la que me hizo sentir mal conmigo misma, por no frenarme cuando tenía 13 años y me puse a llorar cuando me miré al espejo de malla antes de ir a la playa – aunque no tenía demasiada carne de la que prescindir -, por inquietarme cuando mi novio me abraza la panza cuando dormimos, en definitiva, por hacerme presa de mi masa, por resentir mi cuerpo que me permite ser. Después me freno y me acuerdo de que ella es como todas nosotras, hija de ésta sociedad machista y capitalista que se alimenta de nuestros complejos, pero también es hija de una generación no tan afortunada como la nuestra – y eso que nuestra barra de fortuna no está nada alta -, en el que no ser flaca era, sin lugar a dudas, no ser atractiva, y no ser atractiva significaba perder, por todo lo que ello conllevaba. Hija de una generación como la de mi abuela paterna, que aún le comenta a quién se cruce su opinión sobre su peso, sin consideración alguna.

Hace poco, un cliente del negocio de mis padres a quién no conozco, se sintió con el derecho de comentarle a mi madre que sintió olor a comida cuando pasó frente a casa, y cuando supo que era yo quien estaba cocinando, concluyó en que de seguro fuera buena en ello, ya que “las gorditas cocinan rico porque les gusta comer”

Situaciones como esas, decenas. A mí, a mi amiga, a mi madre, a mi vecina. Situaciones que duelen, dan mucha impotencia pero que principalmente, se instalan en tu conciencia como parásitos.

En lo personal, opto por la confrontación. No callo, ni cuando opinan sobre mi cuerpo, ni sobre el de los demás. Porque todas las veces que mis padres callaron ante los comentarios de mi abuela, validaron ese comportamiento y yo crecí con eso. Creo, casi con total certeza, que mi abuela y todos los que actúan de la misma forma, no creen estar haciendo nada mal. Entonces no pierdo la oportunidad de enseñarles y ponerlos en su lugar, y por ahora, me ha resultado efectivo. Además, ¡qué lindo se siente!

En diciembre empecé a ir a la nutricionista, me cuido pero no me privo completamente de todas las cosas que me gustan. Peso 81 kilos y sigo bajando. Me siento bien. Quiero decir que es únicamente porque estoy logrando una meta que me propuse, que me estoy alimentando mejor, que voy más seguido al baño y que poco me importa que mi madre se sienta orgullosa, que los vecinos comenten que perdí peso. Pero en el fondo sé que esas cosas sí me importan aunque sea un poco, que verme más delgada me hace sentir más linda y por ende me hace sentir más cómoda conmigo misma. Porque por más que racionalmente sé que esas concepciones son falaces y que chocan con todo lo que el feminismo me enseñó, no puedo sacarme de adentro que tener masa de la que prescindir sea motivo para no sentirme confiada, para no quererme completamente. Qué bronca.

Lucho y voy a luchar eternamente por deconstruirme y extirpar esas ideas, tanto de mí, como de las mujeres que me rodean, de las gurisas que están creciendo y de las gurisitas que van a venir, aunque acepto que nunca lo voy a lograr completamente. La lucha y el desafío constante es lo que importa, porque aprender a querer nuestro cuerpo como sea, es aprender a ser libre, ser libre es ser feliz y ser feliz es la meta final, y si en ésta sociedad sentirse una mujer libre y feliz no es rebeldía, no sé qué es.

Texto: Astrid Rigos
Imagen destacada: Sofía Borges Pedragosa

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