La primera vez que fui a un baile tenía quince. Nunca había tomado alcohol (salvo un vaso de cerveza con Sprite que me sirvió mi viejo en un asado y nunca terminé), nunca me había puesto zapatos altos, nunca había ido a ningún lado de noche con mis amigues. No me acuerdo qué me puse, pero seguro me llevó un montón decidirlo, y antes de ir mi hermano mayor me sentó y me dio una charla sobre excesos.

Entré al boliche y me pareció un tedio, pero había tomado un poco y los pibes te sacaban a bailar. Di mi primer beso con un tipo que no podría reconocer en un line up, y pocos minutos después mi segundo. A decir verdad no me pintaba chuponear con ninguno de los dos, pero me tiraron la boca insistentemente, entonces acepté. Subiendo la escalera a la pista de arriba, un pibe, con la validación de todos sus amigos, me tocó el culo. Le comenté por lo bajo a una amiga. Me dijo que era lo normal, como si yo fuera un alien por no saberlo, y cambió de tema.

Cuando tenía dieciocho, iba con una amiga caminando por Bulevar Artigas tomando una birra y charlando. Yo tenía una calza negra ajustada, sin ninguna camisa atada a la cadera. Pasó un grupo de pibes que también, como a los quince, me tocaron el culo. Tomé un sorbo de cerveza y no dije nada. Mi amiga, a diferencia de mis amigues de los quince, sí les gritó un par de barbaridades, pero los pibes siguieron de largo, impunes, nuestra incomodidad les daba gracia.

A los veinte iba caminando por la subida de la casa de mi ex a las ocho de la mañana. Estaba de pantalón hippie, Converse y el pelo enmarañado. Me gritaron unos pibes de un carrito de caballos y les levanté el dedo del medio sin mirarlos. Me dijeron explícitamente y con lujo de detalles todo lo que podía hacer con ese dedo.

No me acuerdo con exactitud cómo fue pero hubo un momento entre los veinte y los veintiuno que empecé a contestar cuando me gritaban obscenidades por la calle. Alternaba entre ironías, insultos, o los reconocidos chistes de “tu vieja”. Todas estas cosas eran obviamente de día, o acompañada en grupo, o en un lugar seguro. Se sentían bien, pero como una pequeña rebeldía de pegar un grito desde donde no te pueden tocar. Sí, te contesto, pero porque sé que no me vas a hacer nada.

Un día, a los veintidós, me volvía con una amiga de un toque de Sara Hebe en Ciudad Vieja. Era plena hora de la madrugada y las calles estaban desiertas. Mientras caminábamos a paso apurado, lamentábamos haber querido ahorrar y no tomarnos un Uber. Estábamos por esas calles nefastas donde no hay un alma, que a la noche parecen salidas de una película de terror neorrealista.

Cuando estábamos llegando a Plaza Matriz y amagamos a sentirnos más a salvo, divisamos a lo lejos a un grupo compuesto por varios hombres. Mi amiga puteó por lo bajo. Mientras cruzábamos la cebra, recibimos comentarios del tipo “¿a dónde van preciosas?” “¿dónde sigue la fiesta?”. Cruzamos la calle. Los pibes nos seguían gritando.

En la acera de enfrente, con ya unos metros de distancia, mi amiga gritó “¡tus padres son primos, pelotudo!”. Mientras seguimos caminando nos fuimos poniendo más inventivas con los insultos, riéndonos, incluso. Ellos, sin aparente rabia en su voz, nos desearon impávidos que “ojalá que nos violen”.

Durante todas nuestras vidas soportamos que nos acosen por la calle con pretexto de piropo, que nos manoseen mientras caminamos a plena luz del día a nuestros trabajos, que nos insista algún mono borracho en un boliche hasta tener que removernos físicamente de la situación. Nos enseñan que a esas cosas tenemos que enfrentarlas calladas, con el mentón alto; si nos dicen que somos lindas tenemos que agradecer y sonreír, no podemos putear porque no es digno de una señorita.

Cuanto más empoderadas estamos, menos miedo tenemos de responder, más queremos demostrarles a los varones que no les tememos, que no somos inferiores a ellos. Tal es la diferencia en lo confortable que nos sentimos, validadas por nuestras compañeras y cada día un poquito más por la sociedad, que nos olvidamos que a los varones definitivamente hay que tenerles miedo. Terminás sintiendo que diste un giro de 360 grados, empezaste silenciosa, y terminás cobrando consciencia que en ocasiones tenés que serlo. Esa noche con mi amiga cuando nos dijeron “ojalá las violen” dejamos de reírnos y nos miramos. No había absolutamente nadie por allí. Resignadas y un poco cagadas, nos tomamos un Uber.

insultos

Texto: Florencia P
Fotografía: Martina Vilar

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