…¡que sepa abrir la puerta para ir a luchar!

A fines del 2018 me empecé a interesar en lo manual y averigüé por varios cursos intensivos. Uno de ellos fue el de bordado. Hacía poco más de un mes que había empezado a seguir a Nuevo Reino, la página de Virginia, una bordadora que hace unos años dejó su trabajo fijo para dedicarse a esto full time.

Las cuatro horas de taller fueron mil veces mejor de lo que esperaba, una ronda de mujeres que pusieron sus sentimientos y deseos sobre la mesa mientras Virginia nos explicaba sobre tipos de hilos, agujas, tamaños de bastidores, y materiales sobre los que se puede bordar.

Hicimos un repaso sobre la historia del bordado en poco más de una hora y quedé embelesada. Después del relato se abrió conversación sobre la idea que teníamos nosotras del bordado. Toda mi vida hasta hace poco tiempo lo había visto lejano y tedioso, como algo que hace tu tía cincuentona y no te copa. Empecé a pensar que lo manual no era para mí el día que en la zona de manualidades del Argentino Hotel hice un pompón y cuando se lo di a mi madre se le desarmó en la mano. De chiquita no me veía como una niña muy “femenina” y sentía que era muy ansiosa como para sentarme a hacer cositas que llevaran tiempo y delicadeza.

Sin embargo, de grande cuando empecé a ver bordados en Instagram, especialmente los feministas, me volaron la cabeza.

Hicimos especial énfasis en la relación entre el bordado y la mujer, y cómo esto se ha resignificado de manera maravillosa. Creo que muchas podemos imaginar el bordado como algo que hacían por horas las mujeres en el siglo XVI, mientras los hombres se iban a cazar y reinaban grandes imperios. Se me vino a la mente un libro que leí hace años; me hice de él al rogarle a mi madre que me lo comprara en la librería de Piriápolis, esa que siempre tiene promoción de 3 libros por $250 y mezcla perfectamente novelas históricas, libros de autoayuda y la autobiografía de Moria Casán. El libro en cuestión era un diario ficticio de Isabel de Castilla, a la que casaron con Fernando de Aragón, matrimonio que pasó a la historia con el alias de “Reyes Católicos”. En resumen a ésta jovencita su tío la había encerrado en un castillo alejado para así poder quedarse con el trono después de la muerte del Rey, el padre de Isabel. Una historia con tintes de tragedia griega, además de ser sumamente machista, pero bueno, después de todo corría mil cuatrocientos y pico….

Volviendo al tema: con su corte de jovencitas Isabel alternaba sus días entre rezos y bordados. Estoy segura que en muchas novelas de época las mujeres aparecían bordando y cosiendo constantemente. Ahora mismo se me viene a la cabeza Penélope, que tejía y deshacía el tejido cada día esperando que su amado volviera de la guerra. Creo que no es necesario explicarlo.

Sin embargo, el bordado tomó un giro inesperado con el movimiento sufragista a principios del siglo XX. Al parecer, las sufragistas tomaban como excusa la reunión de bordado con amigas para planear su revolución feminista.

Más adelante, en los años sesenta, un poco antes de la segunda ola feminista, se formó el feminist art movement (movimiento de arte feminista), y cuando las protestas empezaron a tomar más relevancia para el mundo las artistas feministas comenzaron a bordar consignas en sus banderas, cambiándole totalmente el sentido a una labor doméstica trasladándola a las calles, como diciendo: “Tomá pa vos, ¡las mujeres podemos hacer todo!”

En 1984, con el libro “La puntada subversiva: el bordado y la construcción de lo femenino”, Rozsika Parker hace un análisis detallado sobre la relación entre la construcción de lo femenino y la mujer que borda vista como tranquila, ama de casa, que ha cultivado una paciencia inhumana como consecuencia de su labor. Rozsika plantea el statement de que se puede estar en la casa y se puede luchar al mismo tiempo.

Me fui del taller con la cara totalmente relajada y sintiéndome un ser repleto de paciencia, pero muy poderosa de una manera distinta.

Texto: Martina Vega
Pintura: “La lechera” de Johannes Vermeer

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