Me acuerdo de estar en la casa de La Floresta el día que empecé a menstruar.

Tenía doce y sabía qué era lo que me estaba pasando. Aún así no encontré alivio inmediato: me daba vergüenza decirle a mi vieja, vergüenza y culpa, así que estuve tres días poniéndome papel higiénico a escondidas, usando un pantalón deportivo en pleno enero para que nadie me descubriera.

Cuando le conté a mamá, se emocionó hasta las lágrimas y me regaló unas toallitas que me enseñó a usar. Yo me puse a llorar también -no, no estaba aliviada todavía- pero sí pude liberar la inexplicable tensión gestada dentro de mí por aquello que había decidido transformar en un secreto por tres eternos días.

Me acuerdo también de las felicitaciones de mi abuela y de mi viejo, la delicadeza en el silencio de mis hermanos varones mayores para no incomodar, los nervios que pasaba con mis amigas al ir al súper a comprar toallitas y que nos atendiera un pibe. Qué confuso: la emoción de mi familia me decía que era algo bueno, importante; la incomodidad y la vergüenza dictaban lo contrario.

Hoy, habiendo pasado trece años de menstruaciones irregulares, dolorosas, incómodas, y en ocasiones reguladas por anticonceptivos hormonales, logré liberarme y respetar mi ciclo, dejar de esconderlo, dejarme doler y atravesar. Aprendí a dejar de avergonzarme por el grano que siempre me sale, el dolor de mis tetas, lo hinchado de mi vientre.

También logré entender por qué me ha costado tanto ese proceso y me encontré con un sistema que nos oprime dolorosamente hasta lo más natural.

Se cae de ridícula la metáfora publicitaria de la menstruación azul, verde y de cualquier color que no sea color sangre, como si hubiera que hacerla parecer más estética, pulcra, inofensiva. Peor fue ver cómo Instagram censuró la foto de Rupi Kaur manchada con menstruación, ¿es acaso esa sangre indigna de ser mostrada por ser menstrual? Más dolorosa es la historia de las mujeres hindúes y nepalíes que son expulsadas de sus casas durante la menstruación por ser “impuras”, expuestas a situaciones que ponen en riesgo hasta su propia vida. Y como si eso fuera poco, el precio elevadísimo de los productos de gestión menstrual nos recuerda, por las dudas, que tenemos que cargar con una mochila más pesada, subrayando una vez más la desigualdad: ganamos menos, gastamos más.

Qué contradicción, hermana: estamos acá, al parecer, para ser madres, ése es el lugar que nos ha sido reservado a las mujeres históricamente.

Pero también parece que tenemos que esconder aquello naturalmente biológico que nos permite serlo, esa parte poco feliz de la menstruación: debemos negarla, desconocerla y sufrirla solas en lo más íntimo de nuestras vidas.


Texto: Inés Hernández Cristóforo
Foto: Violeta Capasso

 

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