Hace poco descubrí el libro de Jessica Bennett, Feminist Fight Club. Narra el armado de un círculo de mujeres que sufren sexismo en el trabajo y deciden darse apoyo. Se juntan una vez por semana para contarse algo que todas venimos bancando, llorando en el baño como boludas o haciendo dibujos psiquiátricos en el cuaderno (que sólo sirve para eso) en la reunión donde los únicos que tienen la palabras son varones. Yo, por mi parte, ya ni siquiera llevo cuaderno. No me interesa nada de lo que digan en esas reuniones que arman sólo para darse espaldarazos entre ellos. Es increíble cuánto gustan los hombres de los hombres. Desde que empieza la reunión están pajeándose mientras hablan de los que vieron jugar al fútbol el domingo u organizando el partidito donde van a fingir cansancio para verse en cuero.

A medida que las carreras profesionales van avanzando, los problemas crecen. ¿Por qué? Porque a medida que crezca el feminismo, también lo hará la resistencia. Jessica recapitula diversas situaciones cotidianas de oficina. Narra vivencias puntuales, y da movimientos precisos para contraatacar, una suerte de Jessi-tips para sobrevivir al machirulo que se lleva los laureles por TU trabajo: el que siempre lo hace, el que nunca se calla y tenés que hablar más alto al punto de hablar los dos al mismo tiempo para ver si se digna a callarse, para que cuando lo haga sea para largarte un “me estás interrumpiendo”.

Me devoré el libro en dos días, después entendí por qué me atraía tanto: era todo lo que me venía pasando desde que empecé a trabajar en el mundo “corporativo”. Una especie de Teoría King Kong para oficinistas. Cuando leo sobre feminismo, veo que el principal enfoque es una crítica negativa al sistema capitalista porque básicamente nos precariza, nos oprime y somos las mujeres los principales pilares de la célula madre del capitalismo: la familia. No sólo por posibles cuerpos gestantes sino también por el trabajo no remunerado que requiere el funcionamiento de la misma.

Sin embargo, nunca había leído nada que me permitiera ganar herramientas que me ayuden a reinventar mi rutina en la oficina y lograr lo que sucedió un tiempo después. Es decir, el hecho de trabajar para el mal y -mientras luchamos para que eso se termine-, lograr que la oficina sea pro-feminista. Puede sonar contradictorio, pero en realidad es conspirativo. De hecho, algo que Bennett aborda es que ella cuando se juntaba con sus amigas, hablaban de injusticias laborales que no caían en las prácticas comunes del machismo, y es exactamente ahí donde ella desmiembra todo. Analiza lugares naturalizados en la oficina, y no un mansplaining sino hábitos laborales arraigados a nuestra cultura machista como la ejecución de tareas domésticas: puedo vernos levantando la mesa o haciendo la torta para el cumpleañero. Jessica lo resume todo y arma el botiquín que te llevás cuando cerrás ese libro.

Justamente cuando terminé FFC me di cuenta que necesitaba que en mi grupo feminista hablemos de esto, quizás porque -por ser tan nuevas- siempre caemos en los mismos lugares. Pero sabemos que el feminismo es transversal y, como tal, aborda problemáticas más o menos urgentes para la supervivencia de la mujer y es por eso, que esto también es importante. Yo quiero que dejen de matarnos pero también quiero la silla del CEO de mi empresa. Porque creo que si tengo un lugar de mayor influencia, voy a poder formar mi anhelado equipo de femininjas y, cuando lo haga, ellas van a llamar a más femininjas. Ese es mi plan para que si se habla de fútbol antes de empezar una reunión sea para contarme cómo venimos ganando lugar, ejerciendo resistencia y no escuchando brutalidades que entrelazan fútbol con transfobia. ¿Y por qué tenemos miedo a hablar de cómo vamos a llegar a esos lugares de poder? Claro, nos enseñaron a temerle al poder.

No quiero ser CEO para reproducir el mismo sistema patriarcal que tenemos hoy con mujeres al mando. No quiero un organigrama con mujeres que piensan como Isela Constantini cuando dice “si yo llegué, todas pueden hacerlo”. No Isela, no estamos entrenando mejor para sortear obstáculos sino más bien eliminarlos. Hablo de nuevos lugares, nuevos enfoques.

En octubre de 2017, Jessica se convirtió en la primera editora de género del The New York Times. De estos lugares estoy hablando, de empezar a germinar algo en nuestros espacios laborales que cambien los lineamientos de empresas que se fundaron bajo las reglas del siglo pasado: reglas machistas. Yo no quiero romper el techo de cristal, quiero que no exista más. Y para que eso ocurra, las mujeres que pasamos 9 horas diarias en una oficina, vamos a tener que plantearnos qué lugares vamos a ocupar en esos espacios: cómo vamos a erradicar ese maldito techo, cómo vamos a lograr contratar más mujeres y cómo vamos a aportar a un equipo más diverso que nos haga iguales y en consecuencia, podamos prosperar.

Cuando empecé a aplicar los tips de Bennett, mi vida laboral mejoró y hasta pude armar mi red de apoyo -este es el concepto central que Jessica aborda-. Es importante que puedas identificar posibles aliadas y tejer tu telaraña en el laburo, entonces si en una reunión Raúl interrumpe a alguien de tu FFC, vos podés interceptarlo y empezar tu aporte con “Perdón Raúl, pero María estaba diciendo algo importante justo cuando la interrumpiste” o “Perdón María, qué estabas diciendo? Porque Raúl te interrumpió”.

Desde que me reconocí feminista y di los primeros golpes a los machunos, me di cuenta que -a causa de lo poco acostumbrados que están a nuestras respuestas-, cuando los ubicamos caen como moscas reventadas por la paleta eléctrica. Es que realmente, no lo pueden creer. Por eso creo que, cuando empecé a hablar y a fijar límites para el marco laboral, mi lugar en la oficina cambió significativamente. Cambió al punto que mujeres más jóvenes se acercan para pedirme consejos. Y mejor aun: creo que ahora los machunos me tienen miedo, porque saben que los voy a enfrentar, los voy a exponer, los voy a acusar y los voy a ridiculizar. Y si hay algo que al macho le da temor, es la ridiculización. Menudo favor le hacés al sistema, Raúl.

Lean el libro, subráyenlo, ejercítenlo. PÁSENLO. Formen su FFC en el trabajo y sigamos tejiendo redes, que no hay mayor placer que la cara de tu jefe abriendo los ojos cuando le mandas la primera respuesta irónica a su pregunta machuna. Te veo en la cocina o nos escribamos por el chat para reírnos juntas.

Texto: Mandioca

Foto: Martina Vilar del Valle

 

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One response to “Sexismo en el trabajo: cómo evitar comprar un megáfono

  1. Increible blog, muchas gracias por la información, me gustaría agregar que
    el trabajo en equipo es muy necesario para lograr
    buenos resultados en cualquier parte de nuestra vida, en la vida personal, laboral, estudiantil,
    etc., sin embargo colaborar en equipo en algunas ocasiones es complicado porque
    no lo hacemos de la manera correcta, mil gracias de nuevo por compartirnos estos
    conocimientos.

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