Una reflexión sobre el feminismo en la actualidad

Hace varios años que me considero feminista, una muy imperfecta, claro está. Pero son bastante pocos los años que hace que voy a la marcha del 8 de marzo. Empecé como la mayoría de las feministas, dándome cuenta de las opresiones aparentemente arbitrarias que tenemos sistematizadas y aceptadas desde siempre en nuestra vida cotidiana, como cuando Morfeo le da las pastillitas a Keanu Reeves y elige la que le muestra toda la mierda. ¿Es así no? Nunca vi Matrix.

Obvio que eso implica que primero oscilamos hacia un feminismo más individualista, y cuyas preocupaciones están orientadas más hacia dentro: hacia lo que sufrimos nosotras mismas, nuestras amigas, nuestras madres, nuestras profesoras. Nos empoderamos un poco a la cortita, hablamos de GRL PWR y pensamos que la #GirlSquad de Taylor Swift y el “self love” de Jimena Barón son el pico de la lucha feminista. No es algo que esté necesariamente mal, siempre es mejor que nada, pero es la puntita del iceberg.

Este tipo de feminismo es uno bastante vacuo, a la larga, si se sostiene siendo ya adulta y una no se involucra más. Se considera a veces que esta faceta del feminismo es desencadenada por el feminismo liberal. No podría afirmar ni negarlo, simplemente es una expresión que me resulta sumamente reductiva. Personalmente nunca toqué un libro de feminismo (algo que quiero remediar), y cuando pienso en las corrientes, las olas, y en las formas de ser feminista, me remito a lo que he aprendido en la vida, en las redes sociales, y en los hilos de tuiter (cuarta ola, sorry about it). Sin embargo en este último tiempo, pero puntualmente este último año, según lo que he visto más que nada en las redes sociales, hablar de corrientes feministas es moneda corriente, pero casi siempre viene acompañado de una connotación negativa. Yo por ejemplo, considero que simpatizo más con la teoría radical, me considero abolicionista, estoy en contra de la pornografía, y considero que la mujer es el sujeto político del feminismo. Ojo, no soy biologicista ni quiero excluir a las mujeres trans de la lucha feminista, pero cuando me dicen que quienes nacimos mujeres tenemos privilegios, o que hoy paramos “todes”, tengo que admitir que me rechina un poco.

He visto otras chicas hablar de esto mismo que digo en las redes (que no es el discurso hostil hacia disidencias que muchas veces sí se lee) y que varones y otras mujeres las acusen de terf, de transodiantes, de transfóbicas. Entiendo ambas partes, porque con esta reflexión no pretendo tomar un lado, ni hacer un ensayo exponiendo mi ideología puntual. Este debate se está dando muchísimo entre mujeres feministas super informadas, super militantes, super instruidas, super involucradas en la lucha. No es la típica controversia que se genera cada año cuando los varones feministos se quejan de no poder hacer paro y marchar con nosotras. En esa circunstancia sí nos ponemos todas (espero) de acuerdo.

La cuestión este año es que el aire está turbado de tensión. Y eso no es atípico en una lucha que cuestiona, interpela, y quiere dar vuelta todo. Lo que sí está muy zarpado es cómo la tensión existe entre nosotras. En Argentina hace poco, en una asamblea del “Ni Una Menos” una mujer trans golpeó a una feminista radical en la mitad de un discurso abolicionista y el colectivo no se hizo cargo. Algunas radicales hablan de mujeres trans usando la palabra “macho” y convocaron a marchar hoy en un solo bloque radical, conformado únicamente por mujeres cis. Todo esto me resulta una especie de trip tipo plan macabro del patriarcado, que se nota asustado por la cantidad de mujeres militantes y fuertes que han venido marcando nuestra generación y ha dicho “peleaos entre vosotras”.

Los matices dentro de una ideología son super importantes, y nunca vamos a ser una masa homogénea, ni pinta serlo tampoco. Pero hay una presión enorme absolutamente todo el tiempo comparando feminismos, y desacreditando mujeres constantemente, cuando debería ser al revés. A mí, por ejemplo, me da bocha de cosa escribir este artículo y plantear cómo me siento y cómo pienso sobre esta lucha que es una parte importante de mi vida, y eso que no considero que mi ideología sea dañina, que tenga odio, ni que esté cargada de prejuicios. Tampoco considero que sea perfecta, y eso me interpela todos los días: por ejemplo, antes de lanzar Hera, una de las cosas que más nos preocupaban colectivamente era que nos tildaran de cuatro chetas escribiendo sobre problemas de chetas. Y en definitiva un poco es eso, pero creo que la autoconsciencia hace que también sea muy válido, y si la militancia acompaña, y somos conscientes de los privilegios que tenemos no debería ser necesariamente algo malo. Es algo parecido al debate que dice que las compañeras canónicamente lindas, flacas, etc, no pueden manifestar sus propios problemas que vienen de la mano con ser mujer. Obvio que pueden, si no invisibilizan al resto y son conscientes de que el movimiento no gira alrededor suyo. Expresarse como feminista siempre acarrea un peso enorme de todo lo que podés estar haciendo mal, y está bueno en cierto punto porque te empuja a ser mejor, pero también genera que nos enemistemos entre nosotras, que haya bardo de “un bando al otro”, que estemos preocupadas y agobiadas por marchar hoy: que a pesar de que para mí no es un día feliz, ni motivo de celebración con mis pares, que no me siento identificada con pintarme la cara de violeta y ponerme brillitos en los párpados, sí debo respetar a mis compañeras que lo hacen, porque son formas.

Este 8M quisiera que si vamos a tener problemas, que sea por pintarrajear una iglesia, porque nos mueven del asco los carteles de “femenina sí, feminista no”, por los viejos con megáfonos nos están rompiendo las pelotas, y en el peor de los casos, porque vemos a algún pelotudo con una remera que dice “smash the patriarchy” y nos dan ganas de colectivamente pegarnos el balazo. Pero que no haya bardo entre nosotras, apliquemos todos esos conceptos sororos tan bellos sobre los que leemos (aunque sean expuestos por hilos de tuiter).

Texto: Florencia P.
Fotografía: Martina Vilar

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