Tengo una amiga que se llama Alina. Ese es su nombre real. Primero pensé en cambiarle el nombre, en llamarla “A.” como hago cuando escribo sobre mi vida privada involucrando a un otre a quien no le pedí permiso para contar su historia. Pero después me di cuenta de dos cosas:

  1. Alina es brasilera, así que probablemente nunca vea esto y si lo ve lo ignore porque aunque entiende español no entiende mucho.
  1. Si Alina efectivamente alguna vez ve esto y decide leerlo, simplemente se va a enterar de lo que le tendría que haber dicho yo hace mucho tiempo.

La primera vez que la vi fue en las sillitas del aeropuerto de Lima, justo antes de tomar un avión destino Montevideo.

No sé bien qué me llamó la atención, por ahí fue su pelo negro en las raíces y rosado en las puntas, por ahí el boyfriend jean que siempre quise usar pero nunca me quedó bien, por ahí la mochila con esa tela peruana que me encanta, no sé, también puede haber sido que tenía puesto un gorro de esos redondos que usan las chetísimas, o capaz fue el piercing que tenía en el filtrum (obvio que aprendí cómo se llama el huequito ese entre el labio y la nariz por ella). Yo venía de México y ella parecía venir de la fábrica de gente hermosa pero ni idea dónde queda. Creo que en ese momento generé una situación incómoda para ambas, aunque no sé, capaz ella ni se dio cuenta, pero yo la miraba todo el tiempo sin estar muy segura de si quería ser ella o quería ser su amiga, pero me generaba una admiración que no podía manejar, me era físicamente imposible sacar la mirada de su pelo, de sus ojos negros enormes, de su sonrisa, de que se sentó y miraba a la nada. A veces hacíamos contacto visual y yo me escapaba de sus ojos lo más rápido que podía pero sin darme cuenta siempre volvía a recorrerla toda.

En ese momento pensé: ojalá me toque al lado de ella en el avión, así podemos ser amigas, que es más fácil que transformarme en ella. Juro que pensé eso, “ojalá nos toque al lado en el avión”. Y nos tocó al lado. Será casualidad, ni idea, pero para mí en ese momento fue magia. Cuando yo me subí ella ya estaba sentada en el asiento del medio de los tres que quedan a la derecha del pasillo (o a la izquierda según en qué punta del avión estés parada). Yo como siempre tenía la ventana, así que le pedí permiso y me senté en mi lugar. Debo haberle sonreído, pero creo que únicamente le pedí permiso para pasar. No soy tímida ni me cuesta entablar conversaciones, pero lo que sí me cuesta es darme cuenta de si la otra persona está pa esa. No me gusta ser la compañera de asiento densa que te charla todo el viaje cuando no tenés ganas de hablar. Pero con Alina sí estaba un poco nerviosa. Pensé en hablarle varias veces, pero al final desistí, Alina era demasiado cool para mí.

Cuando ya habíamos atravesado todas las nubes y hacia abajo sólo se veía blanco me quedé dormida. No sé bien cuánto dormí, pero yo calculo que una media hora por lo menos, o por lo menos lo que sea que demora una persona en entrar en el sueño profundo, y entonces me despertó una voz dulce y golpecitos en el hombro «do you want food? I got you some just in case». Me costó entender qué hora era y dónde estábamos, pero apenas mi cerebro se despertó del todo sonreí y le agradecí agarrando la bandejita. Ahí empezó la charla de siempre, que de dónde sos, cuántos años tenés, de dónde venís y a dónde vas, qué estudiás, qué hacés los domingos de tarde cuando estás sola en tu casa y qué superpoder elegirías.

Creo que el punto máximo de mis deseos de transformarme en ella o ser su amiga fue cuando de aburrimiento nos pusimos a hojear la revistita del avión. Las hojas las pasaba ella y mientras hablábamos mirábamos ambas páginas, la izquierda y la derecha, no había nada interesante, nunca frenó en ninguna página y nunca hubo nada que leer en profundidad o comentar al respecto. Sin embargo, al cerrar la revista, y de la nada, en medio de una charla sobre cualquier tema más irrelevante ella me dijo: «en toda esta revista, ni una mujer negra, ni una mujer gorda, parece que el mundo es solo para las rubias». Supongo que ahí fue que empezamos a hablar de feminismo. El feminismo nos une, nos hermana, nos hace sentir la complicidad de no estar solas. Como si nos conociéramos de otra vida o algo así.

Esa primera charla duró cuatro horas pero yo perdí la noción del tiempo. Es verdad que el tiempo es relativo. Cada vez que siento que algo que hice fue demasiado rápido, que 15 días es muy poco para estar enamorada, que cuatro meses es muy poco para mudarnos juntos, o que tres años es mucho para seguir extrañando, me acuerdo de ese vuelo. ¿Qué son cuatro horas? También me acuerdo del ejemplo choto que nos puso la profesora de literatura en quinto de liceo: ¿qué son cinco minutos para el que está adentro del baño y qué son cinco minutos para el que se está meando afuera? El amor es eso, si tenés suerte estás del lado de adentro, y si no, estás afuera esperando que te dejen pasar o que eventualmente te hagas en la ropa y pases al próximo amor, porque siempre hay un próximo amor. Creo.

La cosa es que aterrizamos en Montevideo y ella seguía para Florianópolis. O para San Pablo. Ni me acuerdo, lo relevante es que era lejos de Montevideo y mucho más lejos de mi casa. ¿Y cómo íbamos a hacer para ser amigas si vivíamos tan lejos? Me fui del aeropuerto pensando en cómo hacer para mantener esa amistad. Me fui en bondi y pensé durante todo lo que dura Avenida Italia en que ojalá funcionara su plan de irse a París a hacer un semestre porque yo en Montevideo también estaba solo de pasada y en realidad vivía más cerca de París que de Florianópolis o San Pablo.

Mis amigas me fueron a esperar a la parada y entonces bajando del 711 les conté que tenía una amiga nueva, que tenía el pelo rosado y que me lo quería teñir como ella, que tenía un montón de tatuajes todos parecidos a los míos y que ojalá la pudieran conocer, que ojalá viniera a Montevideo antes de que yo me fuera u ojalá ellas también pudieran venir a París. Yo le había dado mi número así que pasé toda esa tarde mirando mi celular a ver si Alina me escribía. Pasaron varios días y yo solo pensaba en formas de poder contactar a una persona a la que le diste tu número pero no te dio el suyo y de la que no sabés más que el nombre y un poco me estaba volviendo loca. Al final eventualmente mi celular vibró y era ella. Me dijo algo como «holitas ini, tu número se quedó incompleto en mi teléfono».

Aparentemente me faltó algo del 00598 pero ella lo averiguó y lo solucionó. Las siguientes semanas nos escribíamos casi todos los días, nos mandábamos fotos de nuestros gatos, nos mostrábamos nuestros nuevos tatuajes, escribíamos un poco en español, un poco en inglés. Un día me dijo que estaba leyendo un cuento de Cortázar aunque no lo entendía mucho, porque la protagonista se llamaba Alina. Yo no lo conocía, pero entonces lo leí. Por esa época leía todo lo que Alina me recomendara y Alina leía todo lo que le recomendara yo.

Pasaron varios meses, y un día me contó que efectivamente se iba a París a hacer un semestre, entonces otra vez sentí la emoción de cuando recién nos conocimos, ganas inmensas de ser su amiga o transformarme en ella. 

Me dijo que nos podíamos encontrar en algún lado en el medio y decidimos encontrarnos en Berlín.

A mi amigo Camilo ya le había hablado un montón sobre Alina mi amiga del avión, le había mostrado sus fotos, sus tatuajes y las fotos de su gata. Entonces le pedí que me acompañara «estoy segura –le dije–, de que Alina te va a caer super bien» y empecé a enumerar todas las cualidades de Alina. Cami me escuchó, aunque ya sabía todo eso desde antes y me dijo mirándome muy serio, «¿pero vos querés ser su amiga o te la querés coger?»

Recién en ese momento mi cerebro dejó de pensar y yo empecé a sentir. Alina me gustaba, me deslumbraba su belleza, su personalidad, su forma de hablar, sus pasiones y su acento trunquísimo mientras hablaba español.

¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Is this heteronorma? ¿Lo puedo romper?

 

Texto: Ini Müller
Fotografía: Violeta Capasso

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