“La bicicleta hizo más por emancipar a la mujer que cualquier otra cosa en el mundo, Le da a la mujer la sensación de libertad y seguridad en sí misma. Cada vez que veo una mujer manejando una bicicleta me alegro, porque es la imagen de la libertad”

Susan Brownell  (líder feminista norteamericana).

Hace un tiempo ya que llegó a mis manos La Colo, mi bici; estaba abandonada en el subsuelo de la casa de un amigo y en cuanto él vio mis ojos maravillados por aquel hermoso cachivache oxidado me la regaló. Unos meses antes de ese episodio me había vuelto a mudar sola, volví a ser independiente, a sacar la basura y putearte a vos misma por no poner el rollo del papel higiénico a mano; fue entonces que cuando llegó La Colo, un paso más hacia la autonomía. Fue un momento especial, hacía tiempo que quería conseguir una bici pero tenía mis temores de andar en Montevideo, el tránsito, la gente, lo despistada que suelo ser. Hasta que me acordé de que la bici no es el tema; era yo. Estuve de viaje por Londres y anduve en bici todos los días, ¡por el otro lado! Al punto de meterme en el distrito financiero en plena hora pico y pedirle un ‘High five’ a un yuppie mientras andaba entre los buses y taxis. ¿Por qué allá sí y acá no? Y ahí empecé a sentirlo, cada vez que me iba por ahí a pedalear, lo bien que me hacía, lo fuerte que me sentía, lo decidida que me convertía y lo asertiva también. La bici en Londres me sumó seguridad a ese viaje que estaba haciendo sola y quería desafiarme a sentir lo mismo acá.

Y empecé a salir por la rambla, despacio, rápido, eludiendo señoras y sus perritos. Y empecé a sentirlo y a sentirme, cuántos de mis problemas o de mis divagues mentales dejaba atrás mientras giraban las ruedas, cuánto del viento en la cara y del pelo desordenado necesitaba en mi vida para darme cuenta que me llevo a donde quiero, cuando quiero y como quiero. Y comencé a observar a muchas pibas en chiva. Pibas que iban o venían de sus trabajos, con sus trajes y sus morrales. Pibas que salían a pasear, a sacar fotos, a escuchar música, a hacer ejercicio o a fumar y cantar en bici. Pibas como yo, que seguramente tenían mil cosas dándoles vuelta en la cabeza, como un hámster sin otra actividad que la de darle a la ruedita del traqueteo, pibas que hacían de esa bici su vehículo para muchas más cosas que trasladarse.

Cada una de estas pibas iba en su mundo, vestida como quería o como la situación se lo requería, cada una de estas pibas pedaleaba con ganas, con fuerza, con dirección. Cada una de nosotras íbamos a algún lado sin ir a ningún lugar en específico. La libertad de ser quien querés ser, la libertad de no depender de un ómnibus, un auto, o que algún amigue te arrime; la libertad de cantar a todo trapo Believe de Journey parada en los pedales pensando que sos esa hermosa small town girl, living in a lonely world; y se la cantas a todos, se la cantas al mundo pero más importante: te la cantas a vos. Porque el resto es paisaje cuando estás en la bici. Porque no te importa si se te clavó el short en el traste o si los lomos de burro hace que se te sacuda la pulpa y te sientas una caja de tomate perita a punto de caer y hacerte salsa de pizza. El resto es paisaje; si te ven, si no te ven, si hay nubes o no. Vos seguís pedaleando hacia adelante, hasta encontrar ese pastito que tanto te gusta para descalzarte, sentarte y mirar que todo a tu alrededor está ahí sólo porque vos te llevaste a verlo.

Texto: Sofía Cotelo Comba
Ilustración: Carolina Gil (Polyquién)

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