Hace 11 años que todos los meses, sin falta, paso por dos días en los cuales siento morir. Capaz que exagero, yo que sé, pero a mí el dolor menstrual me saca las ganas de vivir. Por suerte cuando se me va, me vuelven.

Hoy, esperando que el ibuprofeno me hiciera efecto y me calmara un dolor que me tenía a punto de gritar en la oficina, les dije a mis amigas que tenía ganas de llorar, que me dolía todo el cuerpo y tenía mucho sueño porque la noche anterior me había costado muchísimo dormir por la misma razón. De repente me invadió y me angustió muchísimo el pensamiento de que todos los meses desde mi preadolescencia (mi primera menstruación fue en sexto de escuela) me pasa lo mismo, y me seguirá pasando por varias décadas más.

No es algo que le pasa a todas las mujeres que menstrúan, ni sabría explicar por qué algunas tenemos peor suerte que otras en este tema. Supongo que la explicación es la misma de siempre: todos los cuerpos son diferentes. Yo, en esto, tuve mala suerte.

Tengo infinitos recuerdos de menstruaciones en donde me pasé horas y horas agonizando en mi sillón tomando Actron 600 cada seis horas contadas a reloj como si fuera un antibiótico para que no se me pasara el efecto ni por diez minutos, con una bolsa de porotos calientes en la parte baja de mi abdomen (cuando descubrí que el calor ayuda a relajar los músculos del útero y así aliviar el dolor, mi vida mejoró considerablemente), apenas pudiendo moverme, deseando con toda mi fuerza que la tortura terminara de una vez. En más de una ocasión tuve que faltar a clase o incluso irme de donde estaba por esta razón.

Es un dolor que no sé bien cómo explicar. Básicamente es tu propio cuerpo expulsando parte de él mismo que no sirve, casi que suena y se siente bastante espiritual, considerando los gritos de dolor, la manera en que te tiemblan las piernas y los movimientos raros que una hace para intentar encontrar la pose menos dolorosa en la cual esperar que pase el temblor. Se siente casi como un ritual de expulsión de algún tipo de maldición maligna. Y medio que lo es.

La buena noticia es que con los años y la experiencia, un poco aprendí a dominarlo. Unos días antes de que me venga, ya empiezo a sentir algunas puntadas que me hice experta en detectar, como si mi cuerpo estuviera avisándome que va a atacar pronto, que prepare la defensa. Ahí me aseguro de tener las provisiones necesarias: junto una cantidad suficiente de ibuprofeno y lo espero rendida, rogándole a mi propio útero que me tenga un poco de piedad, que el dolor no sea tan fuerte, que se me pase rápido.

Es raro hablar de esto como si se tratara de un enemigo externo, cuando hablo de mi propio cuerpo. Me da bronca resentirlo, sentir que me odia. Es un dolor que dos días al mes, sin falta, me hace lamentar el ser mujer. El resto de los días, a pesar de que siga siendo difícil y vivamos en un mundo partiarcal, lo agradezco. Tiene sus cosas hermosas.

En mi próxima menstruación voy a empezar a tomar por primera vez en mis 22 años pastillas anticonceptivas. La ginecóloga me dijo que me van a ayudar un montón a aliviar el dolor, que son maravillosas (usó ese mismo adjetivo). Ni ahí pretendo idealizar unas pastillas que me pueden hacer bastante mal por cosas que he leído y escuchado, pero la realidad es que éste aspecto me tiene muy esperanzada. No veo la hora de no querer acuchillar mi propio útero todos los meses. Espero que así sea. Keep tuned.

Foto: Martina Vilar
Texto: Martina Vilar

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