Cruzarse con esas delicias en una ciudad empapada en mercurio no es cosa simple. Ahí entra la fantasía, sudada, empujando a la supervivencia. Cada uno crea y acondiciona la suya por diferentes vías. Algunos comprando objetos, ropa, accesorios, alcoholes en gel de colores, carcazas de celulares, dispensadores de bolsas para caca de perros. Por eso el consumo no tiene fin. Porque todos precisan su fantasía. Y ahora se puede comprar.

Yo también lo hago. Con pocos pesos y una imaginación hiperansiosa. Hace poco entendí por qué me gustó siempre jugar con la ropa que uso, y cambiar de lugar los muebles de mi cuarto. Justamente porque son ampliaciones de esa fantasía. Es como, bueno: hoy quiero ser esta. Y listo. Te ponés una camisa con lunares, te pintás los labios y te sentís de repente una galerista japonesa que tiene peces plateados voladores de mascotas y un jardín amarillo y violeta lleno de mariposas de dulce de leche que suenan como xilofones al volar. Y te encantás por un rato. Y te desentendés del peso de las porquerías terrenales que arrastrás a diario. Otros se pierden en historias románticas y se olvidan del resto del mundo. También lo hago, o quiero creer, lo hacía. Por eso, al igual que el consumo desaforado de objetos, la idea del amor romántico es tan exitosa y atemporal. Es un escape perfecto.

Otros confeccionan la suya coleccionando vivencias románticamente: la memoria poética de Milan Kundera. Todos hacemos eso, supongo. Medimos, atesoramos en línea cronológica, ordenamos en diferentes niveles de drama, amamos u odiamos situaciones, personas; todo lo que se nos cruza, según el dictado de nuestra construcción fantástica. Elegimos nuestro número favorito, colores preferidos, héroes y antihéroes, vicios y lugares. Todos flotan orbitando nuestra esfera fantasma.

El año pasado, que creo, para todo el mundo fue un delirio – o la vida es un delirio siempre y no nos acostumbramos– un día paseando por la feria de Tristán Narvaja compré por algo así como 200 pesos un libro ilustrado antiguo que se llama Viva la Fantasía. Meses después, atando ese cabo suelto con andá a saber qué otros que no recuerdo, me di cuenta de lo importante que es para mí esa palabra. Es una linda palabra, ahora que pienso, fantasía. ¿La Fanta se llamará Fanta por esto? Bueno, lo acabo de googlear y parece que hay muchas teorías al respecto, pero una de ellas es esa. Ok, a nadie le importa eso igual. A mí sí en verdad, un poquito. Bueno. Volviendo o algo así, el librito que mencioné está compuesto por una sección principal de historietas, y otra más breve llamada naturaleza fantástica, que básicamente informa sobre distintos animales e insectos medio que increíbles.

No lo pensamos todo el tiempo, pero existimos en un contexto absolutamente psicodélico. La cotidianidad puede disfrazarlo de ordinariez, pero en verdad, es rotundamente extraordinario. Piensen por ejemplo en la existencia de los arcoíris. Reformulé mil veces la frase que iría acá, describiéndolos, pero simplemente no sé. Ni eso puedo. Deben ser el presagio de un mundo maravilloso. Diría que son fantásticos, pero el chiste es horrible.

Rebobinando constantemente en mi divague, vuelvo otra vez al libro. Su primera página ilustra la vida de las mariposas. Todos sabemos que las mariposas viven poco. Pero hay algo que al menos yo ignoraba (esto puede no significar nada porque yo no sé todas esas cosas que sabe la gente). Justo antes de morir, las mariposas dejan pegados en ramas, en sus propios capullos u otras superficies varios huevos, de los que al año siguiente salen nuevas orugas, que se transforman en otras mariposas. Y así sucesivamente. Entonces, por ahí la creencia popular de la vida corta de la mariposa es sólo eso, una creencia popular. O capaz eso le gustaría pensar a mi memoria poética, para escaparle al menos en artilugios fugaces y delirantes a la idea de ser otra humana insignificante, de esas que compran ropa, accesorios, alcoholes en gel de colores, carcazas de celulares, dispensadores de bolsas para caca de perros. Y también pienso, esa fantasía, es en verdad lo más uno. Lo más real. Si me preguntaran hoy quién soy yo, no sabría más que mi fantasía.

Texto: Carolina Gil (Polyquien)
Ilustración: Andrea da Silva

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s