A los nueve años recuerdo ir al médico con mis primos para hacernos el carné de salud para la escuela. En ese entonces yo no era muy consciente de mi peso. Sí me comparaba un poco con mis amigas más flacas pero no era algo que me atormentara día a día ni mucho menos. Recuerdo que la doctora que me atendió me dijo que tenía un poquito de sobrepeso, que intentara comer un poquito menos. Es el recuerdo más temprano que tengo de sentirme mal con respecto a mi apariencia. Ese día llegué a casa a llorar a mi cuarto.

Puede que haya sido ese mismo verano que, caminando por la playa con mi prima que es un par de años más grande que yo y también era para ese entonces ya consciente de su peso, ella me dijo que si quería adelgazar tenía que hacerlo antes de que me viniera mi primer menstruación, que una vez que empezabas a desarrollarte era más difícil. Ni idea si eso es verdad, pero me acuerdo clarito de ese momento y me da una lástima inmensa pensar que hace trece años, siendo las dos unas niñas, este tema ya empezaba a calar hondo en nuestras preocupaciones.

A los 17 cursé mi último año de liceo. Cansada de mirarme repetitivamente al espejo y castigarme con la mirada, decidí ir a una nutricionista. La misma me dijo que bajando un par de kilos ya iba a estar dentro del peso correcto, aunque yo hubiera querido bajar diez. Me dio a seguir una dieta que al principio funcionó bien, la respeté, le agarré la mano, vi resultados, me emocioné. Un kilo y medio bajé la primera semana. Me acuerdo de contarle re contenta a mi abuela, que siempre que adelgazaba un poquito me lo hacía notar con mucha alegría. Ella siempre quería que sus nietas estuviésemos “en línea”. Luego de un mes y poco con esa dieta ya empecé a sentir un efecto negativo en mi manera de relacionarme con la comida. La nutricionista me controlaba todas las semanas, y cuando comía algo que no debía me venía terror. Tenía miedo de enfrentarme a la balanza el lunes siguiente y no haber hecho avances, se me caía la cara de la vergüenza. En unas pocas ocasiones me encontré vomitando en mi baño. Por suerte no le di tiempo para volverse algo serio; me obligué a dejar la dieta, a volver a la normalidad, a cuidarme la cabeza. Los seis kilos que bajé en esos dos meses los recuperé en el mismo tiempo.

Ese verano me fui de vacaciones con mis amigas por primera vez solas. Cuando no estábamos en la playa estábamos preparándonos para salir a bailar. Recuerdo un día sentirme como el culo conmigo misma, mirarme al espejo y decir “yo no puedo salir así, soy un asco”. Justo se dio que mis amigas de ese momento encajaban casi a la perfección con los ideales de belleza impuestos; yo me sentía por fuera, muy por fuera, y viéndolas intercambiarse la ropa sin temor a que no les entrara o andando en ropa interior por la casa sin ningún tipo de vergüenza a mí me partió en dos. Me di cuenta de lo que no tenía: más allá de la belleza, la confianza, la libertad, la comodidad con mi propio cuerpo. Era lo que más quería.

A los diecinueve estuve internada un mes por una apendicitis que me detectaron un poco tarde y la infección se propagó. Me operaron cuatro veces, me hicieron una cantidad incontable de exámenes molestos y dolorosos, tuve mucha anemia de principio a fin de la internación. Bajé como ocho kilos en tres semanas porque apenas podía comer, apenas podía moverme de hecho. Todos los días me enfrentaba a la sensación o más bien el hecho de que la vida es muy frágil y todos los días me faltaba una buena noticia que me hiciera salir de ese pensamiento. Tuve una depresión muy fuerte, aún así estaba un poco feliz por haber bajado de peso (spoiler alert: lo volví a recuperar). Mi mamá básicamente me obligó a empezar terapia cuando salí del hospital: la primera sesión lloré toda la hora.

De los diecinueve a los veinte hice terapia. Me ayudó un montón para varias cosas que me pasaban en el momento: mi reciente internación, la muerte de mi abuela por cáncer, la distancia con mi mejor amiga, el sentirme sola. Pero cuando mi psicóloga quiso girar la conversación hacia el tema de cómo me veía a mí misma, de dónde nacía mi inseguridad, cuándo había empezado todo esto, yo me enojaba. Me enojaba porque no quería pensar en eso, hace un tiempo que lo había bloqueado un poco de mi mente, esa era mi fórmula para que no me lastimara más: dejar de pensarlo. Recuerdo en las últimas sesiones sentirme incómoda, invadida, frustrada y malhumorada. Ella seguía queriendo hablarlo, yo seguía queriendo callarlo. En un momento me fui dos semanas de viaje, y le dije “te escribo cuando vuelva. Capaz podría empezar a venir cada dos semanas en vez de una”. Me dijo que si quería dejar, dejara. Que no rendía mucho ir tan poco. Nunca más le escribí.

No sé si considero que alguna vez fui realmente gorda, no creo. Pero en mi puta vida usé un talle S, ni nunca estuve muy cerca que digamos. Siempre tuve unos kilos de más que me rompían las pelotas y contra los cuales luchaba de forma constante. Hace poco más de un año descubrí que tengo hipotiroidismo genético, lo cual te genera inestabilidad emocional, cansancio, y obvio, dificultad para perder peso y facilidad para ganarlo. Mi mamá, nuevamente salvándome, me mandó a acupuntura y eso se me fue acomodando. Entre eso y el arrancar un deporte nuevo, hoy me siento más cómoda con mi cuerpo, ya no sufro por cambiarlo (la mayoría de los días), aunque me encantaría que esa comodidad y confianza no hubieran nacido del hecho de que perdí algunos de esos kilos que me jodían. Ojalá las pudiera tener en cualquier estado. Pero bueno, no es fácil.

Una vez cada tanto indago en Facebook mis fotos del 2009 hasta ahora y algo extrañísimo me pasa. Veo fotos de cuando tenía 14, 15, 16, y no me parezco tan terrible. Sin embargo me acuerdo que a esa edad no podía más de sentirme horrible conmigo misma. A veces pienso que me gustaría volver a la adolescencia con la cabeza que tengo hoy: probablemente hubiera sido mucho menos nociva; aunque mucho menos anecdótica también.

No tengo una fórmula para sentirme bien, y esa es una de las cosas que más me pesan cuando alguna amiga me confiesa que se está sintiendo mal consigo misma. No sé dar consejos sobre esto, no encontré la solución. Todavía me molestan algunas partes de mi cuerpo, atraen mi mirada en el espejo y me erizan la piel de miedo: miedo de volver a la incomodidad, a detestarme, a no querer mirar mi propio reflejo, a no soportar verme en fotos. Pero elijo creer que no hay vuelta atrás: ya conozco mi valor, conozco mi cuerpo en las buenas y en las malas, sé que siempre me acompaña, sé que debo acompañarlo también. Creo que me gusta así.

Texto: Martina Vilar
Foto: Lucía Noel

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2 respuestas a “Lo que nunca quise hablar

  1. “… me obligué a dejar la dieta, a volver a la normalidad, a cuidarme la cabeza.”
    Muy, muy, muy importante. Acertaste de pleno. Cuidar la cabeza es lo primero. El cuerpo (su forma) también, pero de manera accesoria. Antes el amor, las buenas amistades (no seré quién para hablar de estas, pero se entiende) y otras cosas que la forma del cuerpo. De tu cuerpo importa la salud. Y sobre todo lo demás que sepas conducirlo. Aunque duela.
    Eres una ganadora. ¿Te parece otra cosa? Pues no y no. Lo jodido es reconocer que uno no será perfecto y apartar a quienes no lo quieran entender. Es lo que nos enseñaron como una ley desde pequeños y cuesta un montón sacarlo de la cabeza o sujetarlo.

    Terminas con unas frases bien hermosas:
    ” … ya conozco mi valor, conozco mi cuerpo en las buenas y en las malas, sé que siempre me acompaña, sé que debo acompañarlo también. Creo que me gusta así.”

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