Hay gente que dice que la adolescencia son los mejores años de tu vida. Yo siempre pensé que a esa gente habría que encerrarla por sociópata y desquiciada. Esto es un cliché y todas lo sabemos, pero “adolescencia” tiene su raíz en la palabra dolor.

Todas las edades tienen sus complejidades, pero la transición entre etapas vitales es de las cosas más difíciles de atravesar; puedo afirmarlo con seguridad ahora mismo que estoy saliendo de esa especie de tardía adolescencia para meterme en la temprana adultez de terminar la facultad y decidir qué carajo hacer de tu vida.

Para todas las que tengamos memoria (o hayamos visto el show “Big Mouth”) hay algo un poco más difícil que la adolescencia, y eso es meterse en la adolescencia. La horrorosa y confusa pubertad.

Mi mamá siempre me dijo que cuando ella era chica, todas sus amigas estaban deseando que les venga. Una especie de rito que las iba a convertir en mujeres.
Las niñas desde que son chicas juegan a las mamás, tienen juguetes de bebés, obvio que es impuesto por la sociedad, pero generalmente lo tienden a disfrutar. Yo aborrecía jugar a las mamás, podías contentarte si siquiera accedía al juego actuando como una suerte de “hermana”. Siempre me sentía menos nena, de alguna manera, aunque no deseaba ni me hacía falta de ninguna forma, a mis tiernos diez años, sentirme más mujer.

Una vez una amiga mía se quedó a dormir en casa. Al otro día mi mamá me llamó al baño, dejé a mi amiga esperando en mi cuarto y fui con ella. Me sentó y me dijo que había encontrado una bombacha mía en el lavarropas, y que me había venido la menstruación. Yo tenía diez años recién cumplidos y no tenía ni idea qué era eso, nadie me había contado. Además, odiaba cómo sonaba la palabra. Muy larga y resonante para una niña. Mi madre intentó explicarme lo mejor que pudo lo que era en un plazo cortísimo de tiempo mientras yo lloraba, como quien estudia para un final el día antes y su profesor está descontento. Después de ese día menstrué siete días de corrido. Recuerdo que me llevaron a la gruta de Lourdes sintiendo que estaba usando un pañal, y completamente desdichada por lo mucho que me costaba caminar cómoda.

No sé si fui la primera de mi generación de más de 60 gurisas a la que le vino, pero si no fui la primera, fui la segunda. Mis amigas estaban lejísimos de eso, y yo me sentía completamente inadecuada. Mi otra amiga, la que estuvo en mi casa el día que lloré a los gritos en el baño, no era muy mi amiga en realidad. No sé si le contó a todo el mundo, pero le contó a varias personas, y enseguida de que empezaron las clases, ya eran muchas las que me preguntaban por el tema acusatoriamente adelante de todes en clase. No me acuerdo mucho mis reacciones, además de desmentirlas, salvo una vez que le conteste a una “¿qué es eso, Mery?”. Ya no sabía reaccionar.

Fueron años súper difíciles para mí. Tenía diez y tenía tetas. Cuando mi mamá evaluó que los corpiños de tela ya no eran suficientes me compró de los que tienen relleno, lo cual ocasionó otro llanto lleno de angustia en el baño. Una vez incluso, un tipo que vendía pareos en una playa en Brasil me chamuyó adelante de mi familia cuando tenía once.

Cuando somos pendejes todes queremos ser iguales, en mi generación de liceo medianamente cheto todas curtíamos mochila Jansport y Converse All Stars. Yo ya no me parecía a ninguna de las gurisas físicamente, salvo a un par que ni siquiera eran mis amigas, y también desmentían que les hubiese venido.

Alrededor de ese momento de mi vida fue cuando se separaron mis padres, y me mandaron al psicólogo. Mi mamá estaba super preocupada por mí y quería que hablara con mayor facilidad sobre las cosas que me pasaban; ella quería que tuviéramos la confidencia que para ella tienen las mujeres, la que ella nunca tuvo con su madre. Yo me sentía profundamente avergonzada, al punto que esa palabra larga y complicada que me generaba rechazo, “menstruación”, la tuve que sustituir por otras. La que quedó fue porque mi mamá, que en ese momento estaba bastante colgada con la medicina oriental, tenía unos cuadros con caligrafía asiática en su cuarto. Yo las vi mientras me sugería llamarle de otra manera. Durante un tiempo bastante largo nos comunicábamos en el código de “¿estás con letras chinas?”. Y no me refiero a necesariamente en público.

Con el tiempo me fui amigando con mi temprano desarrollo, mi papá estuvo un tiempo en pareja con una mujer a la cual también le había venido de muy niña. Mi madrina me confesó un día que a ella le vino a los nueve. Me sentía mucho menos sapo de otro pozo. Me empezaron a gustar los corpiños de copa, dejé de no querer salir de mi casa por no saber qué ponerme, pude utilizar la palabra “menstruación”, decir “me vino”, o pedirle toallitas a amigas. Me gusta pensar que hoy día las cosas están más a la mano, se habla y se sabe más, se naturalizan más cosas. Las mujeres, aunque sean niñas, se tratan mejor entre ellas. Capaz es una utopía en mi cabeza, capaz veo que gurisas de trece años son feministas pero son casos muy aislados. No sé, es la sensación que me queda, y me encanta imaginarme un futuro en qué menstruación no precise de eufemismos por la vergüenza que nos genera de forma inherente desde que somos chicas.

Mi mamá siempre me decía que cuando a mis amigas les venga, yo ya iba a tener años de experiencia. Nunca me sirvió ese consejo, porque nunca tuve confianza con mis amigas de chica como para hablar de esas cosas. Ojalá hoy o algún día sí, y las que les venga antes puedan charlar con sus amigas libremente, poder aconsejarlas o ayudarlas con estos temas, sin pudor. Ojalá dejemos de sentir vergüenza.

Texto: Florencia P.
Foto: Martina Vilar

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