En general no suelo contar con una cantidad muy grande de secretos sobre mi vida, cosas que nadie sepa. Guardarme cosas únicamente para mí es algo que (felizmente) fui desarrollando más recientemente. Siempre fui bastante de contar lo que me pasaba, más que nada en la adolescencia y sobre todo lo vinculado a relaciones sexoafectivas.

Hace un tiempo me acordé de algo que nunca había compartido con nadie, ni siquiera con mi psicóloga o mi mejor amiga. No fue para resguardar cierta intimidad. Lo que pasó es que sentí tanta culpa que sólo pude escribirlo en mi diario de madrugada (parece que estoy por revelar que estuve laburando como sicaria o que le di merca a une niñe de 3, pero no).

Tenía 14 años. Había tenido un acercamiento con un compañero de liceo que me estaba empezando a gustar. Es más, me había empezado a gustar el día anterior (literalmente). Una compañera nos preguntó si estábamos juntes. Contesté con evasivas mientras me preguntaba, avergonzadísima, en qué carajo me había metido. Volví del cumpleaños donde ese episodio había tenido lugar y no pude acostarme a dormir enseguida. Esa madrugada la culpa no me dejaba en paz ni medio segundo. Escribí en mi diario que como lo había ilusionado, ahora me tenía que hacer cargo de hacerlo feliz. Así. Nadie me lo dijo, pero la idea subyacente era la vieja y querida “sos una puta, ahora bancátela”.

El pibe y yo nos juntamos a hablar. Creo que no me presionó, ni me insistió, ni me hizo sentir que le debiera algo. Yo estaba súper tensa, él estaba relajado. Lo miraba e intentaba que me gustara más. Si le hubiera contado mis pensamientos a alguien de confianza, seguramente me hubiera dicho que si quería estuviera con él, que si no no. Me gustaría viajar en el tiempo y decirle a esa pibita que no, que no le debe una mierda a nadie, que no se tiene que hacer cargo de la felicidad de un flaco por haberle dado un abrazo demasiado largo (ni por eso, ni por nada). Obvio que nunca sentí que él me debiera nada a mí por haberme ilusionado. Tenía tanto miedo de lastimarlo por puta que no pude dar marcha atrás. Sí, tener en cuenta los sentimientos de les demás es sano y necesario. ¡Pero aguantá!

¿Qué pasó después? No pude zafar de mi rigidez culposa y me clavé el noviazgo más largo de mi vida siendo muy chica. Fuimos construyendo un vínculo y yo me terminé enganchando. Pero esa relación hacía agua por todos lados, empezando por que sentía que era mi obligación tenerla, siguiendo por el control que ejercía sobre mí (a veces sutil, otras alevoso), entre otros cuantos aspectos no precisamente sanos.

Sí, éste es el relato de algo que me pasó a mí como persona concreta. Ser culposa es parte de mi personalidad y las decisiones las tomé yo. Pero con los años me di cuenta de que esta historia tiene que ver con mandatos de género que internalicé. A las niñas/mujeres nos inculcan la autopostergación, la valoración del amor romántico duradero en contraposición al “pinte” de un momento. Nos pautan que tenemos que complacer a los varones y que tengamos cuidado al rechazarlos para no herir el orgullo masculino.

Mi intención no es dramatizar. Fue algo doloroso pero ahora lo veo como algo útil para entender mi historia, como un ejemplo más de cómo este mundo machista incidió en la construcción de mi subjetividad. Creo que repensar nuestras vivencias y visibilizar sus causas subyacentes sirve para deconstruir y construir. Y si es juntas mucho mejor.

Texto: Magdalena Larralde

Foto: Martina Vilar

 

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