Como mujer, desde que empecé a tener sexo, el tema de acabar durante las relaciones sexuales me resultó un enigma. Siempre había podido acabar sola bastante fácilmente y con otras personas (en mi caso hombres) me costaba, pero sobre todo siempre me hacía sentir mal por el otro el no poder hacerlo.

La primera vez que acabé teniendo relaciones llegó bastante después de la primera vez que tuve sexo. No es que considere que haya tenido mal sexo al principio, de hecho mi primera vez no me dolió en absoluto, la persona me transmitía pila de confianza y llegué a pasarla muy bien físicamente a pesar de la novedad que era para mí el estar teniendo sexo. Sin embargo, el conocerme a mí misma teniendo relaciones sexuales con otra gente fue, es y siempre será un viaje bastante intenso. De pique, lo primero que aprendí (y que muy recientemente desaprendí) era que tenía que sí o sí estar tocándome a mí misma durante el sexo para acabar; si no, era básicamente imposible. Lo hablé con mis amigas y muchas me dijeron que para ellas era así también, y que tampoco acababan en la mayoría de sus encuentros sexuales, incluso con parejas estables después de años de relación. Me creí condenada a aceptar el hecho de que si quería acabar, siempre iba a tener que hacerlo de la misma manera. Otra maldición de ser mujer, siempre la responsabilidad cae en nosotras. Por suerte no era tan así.

La realidad es que el acabar en sí para mí nunca tuvo mucho peso: podía y puedo pasarla perfectamente bien sin necesidad de llegar a eso, porque el proceso para mí vale más. El tema es que los hombres cis en general sí le otorgan muchísima importancia al orgasmo (en general más al suyo que al nuestro – qué horrible cómo el orgasmo del hombre siempre parece definir los tiempos -), así como le otorgan muchísima importancia al que no se les pare la pija – ok, lo entendemos, es un bajón para ustedes, pero por favor, dejen de frustrarse tanto, sepan que nos transfieren esa frustración a nosotras y la pasamos como el orto cuando no es nuestra culpa –. Por esa razón siempre me sentí un poco forzada, no a fingir un orgasmo (no tengo memoria de haberlo hecho explícitamente pero sé que es súper normal) pero sí a reconfortarlos si me preguntaban si había acabado y la respuesta era no. “Es normal, soy mujer, nos cuesta más”. Ok, sí, capaz que es “normal” que nos cueste más, pero hoy en día, estando en una relación donde al par de meses empecé a acabar con una frecuencia que jamás había experimentado sin tener que recurrir a hacerlo siempre de la misma manera, me doy cuenta de que lo normal como mujer no es tanto no acabar si no el sentirse mal y querer que el otro no se sienta menos, cuando a veces ni siquiera se esfuerzan en hacerte llegar, y cuando el 90% de las veces que cogí el hombre acabó sin problema y yo no busqué validación o reconocimiento alguno, obviamente. Lo que cambió en este caso fue que al principio de nuestra relación tuve una charla sincera con mi novio sobre cómo siempre me había costado tener orgasmos durante el sexo y de qué manera lo lograba más fácilmente, y él me supo escuchar de la manera en que necesitaba ser escuchada: ahí supe que a él no iba a tener que consolarlo en ningún momento, y pude sacarme ese peso de encima incluso antes de tenerlo.

Lo que aprendí con eso – no quiero ser careta y decir que tener una relación estable es necesario para tener buen sexo, porque no – es que la comunicación y la comodidad sí son clave; por lo menos en mi experiencia. Esto lo podés conseguir en cualquier tipo de vínculo, supongo que incluso con alguien que conociste esa noche en el bar, si se lo proponen. La cuestión es, como mujer, hacer el esfuerzo por dejar de tener miedo a hacerte escuchar. Siento que está muy profunda en nuestro inconsciente esa tendencia a cuidar del otro, a hacerlo sentir bien, a cuidar el ego de los hombres. Y no por “instinto maternal” ni por ninguna de esas boludeces, si no porque es así que nos enseñaron a relacionarnos. Siempre atendiendo a los demás, levantando la mesa, callándonos ante la agresión, yendo con la corriente, nunca diciendo que no. Por suerte los tiempos y las cabezas van cambiando, por suerte nuestra generación de pibas ya no es por default sumisa y vamos aprendiendo a confrontar lo que no nos gusta. De la misma manera podemos adueñarnos de nuestra sexualidad y decir qué nos gusta y qué no, qué nos jode y qué no estamos dispuestas a bancar más.

Yo me di cuenta de que fui una boluda en intentar hacer que los pibes con los que estuve no se sintieran mal al no verme llegar al orgasmo; quizás un par de veces dije que lo había hecho para evitar esa charla incómoda. Ahora lo puedo decir: no, no tengo que acabar para pasarla bien, ni eso significa que no seas bueno cogiendo. Sí, sí la paso mejor cuando te preocupás por que la pase bien así como yo me preocupo por que vos la pases bien todas y cada una de las veces, porque me parece lógico. Construir ese ambiente de confianza y transparencia en donde me sienta cómoda acabando y dejándome llevar es tema de los dos y no es un problema mío, eso es lo que aprendí: es un ida y vuelta, si no estamos juntes en ésta, no me interesa coger con vos.

Ilustración: Sofía Papadópulos

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