El octubre pasado hice un hermoso taller de escritura, recuerdo que el primer día la mujer que lo guiaba nos hizo notar que quienes nos habíamos anotado éramos todas mujeres. El febrero anterior había hecho un taller de ilustración emocional y los varones tampoco estaban representados. Tal vez si hubiesen sido propuestas exclusivamente para nosotras se nos hubiese cuestionado por separatistas, pero es curioso observar que la mayoría de los varones se autoexcluyen de los espacios que invitan a crear, conocerse, expresarse, compartir (¡no vaya a ser que les cuestionen su masculinidad!). Así, al finalizar el último taller quedó una pregunta en mi mente: ¿qué hubiese pasado si un varón participaba?

Entonces me identifiqué a mí misma, de nuevo, poniendo el foco en ellos. Así que pensé en nosotras, en esas mujeres que sí habíamos elegido participar de los talleres y que supimos ser círculo -¿círcula?-, también pensé en las tantas mujeres con las que compartí círculos, y en las tantas otras que deben estar haciéndolo en otros espacios y en las que lo hicieron en otros tiempos.

Descubrí algo: soy fan de hacer círculos con mujeres, no es solo una postura política, el fanatismo se siente más de lo que se explica. Identifiqué que en mi vida he sido parte de muchos círculos de mujeres (incluso antes de saberme feminista): de mujeres que cantan, que escriben, que pintan, que estudian, que enseñan, que hacen política. A pesar de que no todos esos espacios se hacían llamar círculos, entiendo que compartían esa idea de circunferencia donde las participantes somos un punto de la línea que siempre dista lo mismo del centro, donde el centro no es vacío sino un espacio que se completa con nuestra propia creación colectiva, porque se potencia nuestra creatividad.

Cuando hacemos círculo no miramos nuestros pelos ni uñas ni ojeras, nos miramos a los ojos, nos vemos mujeres sin uniforme ni maquillaje. Así, despojadas de adornos, desnudas ante las otras nos habilitamos a sentir sin miedo -o a sentir el miedo-, lloramos, nos enojamos, nos abrazamos. La palabra se habilita, se escucha y circula, nos escribimos, nos leemos, nos cantamos. Nos animamos a compartir lo que creíamos nuestro para que sea del círculo, así vamos descubriendo el poder de nuestra palabra. Percibimos que lo personal es político cuando identificamos que nuestros relatos son más cercanos de lo que creíamos. Decimos, no nos callamos. Salen lágrimas, no paran de salir lágrimas, porque nos conectamos con lo profundo de nosotras mismas al mirarnos en las otras, porque narrarnos a nosotras mismas implica reconocernos, porque la creación cuando nace de la profundidad arrastra tempestades. Y duele, a veces demasiado.

Los círculos de mujeres son espacios de intimidad y libertad, de tejernos con otras mientras nos deconstruimos a nosotras mismas. Si bien es cierto que hay espacios pensados especialmente para que suceda eso, también las mujeres hacemos círculo sentadas en un sillón, en un parque, en una cama, en una vereda. Esos encuentros con otras nos ayudan a resistir y a animarnos.

También es cierto que no siempre las mujeres hacemos círculo, es cierto que muchas veces nos miramos las uñas, los pelos y las ojeras. A veces no habilitamos la palabra ni aceptamos preguntas. Nos enseñaron que somos competencia, que seamos celosas de lo nuestro, que no se necesita a nadie para estar bien, que los logros de las otras hay que envidiarlas. Y nos lo creímos (tenía razón Rita Segato cuando decía que a veces el patriarcado también se encarna perfectamente en las mujeres). He participado también de esos espacios con mujeres y me han hecho mucho mal, pero siempre hubo alguna otra que me miró de reojos, me dijo con su mirada cómplice que me entendía y así resistimos juntas. Esas resistencias son las que tejen red, y cuando nos sentimos parte de la red creamos cosas maravillosas que hacen temblar el mundo y a nosotras mismas.

Texto: Elisa Michelena Santini

Foto: Martina Vilar

 

 

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