No fui muy feminista de adolescente (o al menos no lo sabía aún). Me importaba demasiado la opinión de los hombres y sentirme validada por ellos, me comparaba con otras pibas, me ponía celosa de mis amigas. De seguro hice cosas poco sororas que hoy me dan un poco de vergüenza, actué mucho desde mis inseguridades de adolescente. Ahora que lo pienso eso no es no ser feminista, es más bien lo esperable cuando crecés en una sociedad que te empuja hacia esas cosas, pero sos demasiado chica para darte cuenta y querer cambiarlo. Hoy espero que sea distinto, que el revuelo que hace unos años ocupa las redes y el hecho de que todas estemos hablando del tema haga algún eco en les niñes y adolescentes. No sólo en las pibas, porque la responsabilidad no tiene que caer siempre en ellas, si no también en los pibes. Que se cuestionen, que conozcan los límites, que los respeten, que los repitan hasta el cansancio a sus amigos.

Tengo varias primas adolescentes que tienen de 14 a 17 años a las que me encantaría sentar un día y decirles mil cosas que aprendí como mujer y cosas que me pasaron a su edad que me gustaría que no experimentaran porque son una mierda, que aprendieran a evitarlas o a empoderarse a partir de ellas, pero realmente no sé por dónde empezaría. También sé que muchas veces las palabras no sirven y que hay que aprender las cosas en primera persona, dándose contra la pared. Al menos así aprendí yo las cosas de las que hoy estoy más convencida.

Me acuerdo cuando iba a las casitas de Punta del Este, por ejemplo, como toda quinceañera cheta promedio. Básicamente un montón de pibes de liceos caros alquilaban casas con la plata de sus padres y hacían fiestas todas las noches, dejando entrar casi exclusivamente a pibas (no importaba la edad), dándoles alcohol gratis, sin darle mucha bola al hecho de que el alcohol ilimitado en gurises de 15 años puede ser un poco peligroso. Sueno como una vieja, pero la verdad que hoy lo pienso y me suena muy turbio. Teníamos cerca de 16 años. Era normal para mí ver a pibas muy en pedo arrinconadas siendo persuadidas por estos pibes para chuponear. No quiero decir que siempre fueran víctimas, supongo y quiero creer que la mayoría tenía ganas de hacerlo, pero siendo mujer y habiendo vivido en esos ámbitos, no me parecería nada raro que se sintieran algo presionadas a darles algo a cambio. Sobre todo siendo mujer y habiéndome sentido presionada para estar con alguno de esos pibes varias veces, confirmo que esto pasa, que a veces decidimos que es más fácil hacerlo que sacárnoslo de encima y hacer un drama (esto no es así gurisas, tienen todo el derecho del mundo a armar dramas, y varias compañeras se lo van a agradecer).

Una noche con mi mejor amiga, en alguna de esas fiestas, nos servimos un vaso de whisky cada una y al rato, medio que al mismo tiempo, nos empezamos a sentir super mareadas y con calor, lo suficiente como para tener que salir a sentarnos a la vereda en busca de aire. Ni idea si le pusieron algo a los vasos, no voy a dramatizar y decir que fue así, pero hoy lo pienso y no me sorprendería, y en el momento tampoco me sorprendió esa posibilidad. Las dos pensamos lo mismo, sentimos lo mismo, pero decidimos no hacernos mucho la cabeza, no cuestionarnos nada. De hecho mi amiga y yo lo tomamos casi con naturalidad: algún día nos iba a pasar algo así, supongo. No pasó nada, obvio, porque al toque nos dimos cuenta y nos fuimos. Pero quién sabe.

Me embola ponerme en la posición que tanto le gusta criticar a los varones, esa de feminista enojada exagerada que critica absolutamente todo desde esa perspectiva. Sin embargo, lamentablemente, casi todo es bastante criticable. Es un laburo bastante cansador el empezar a analizar todo lo que vivimos desde ese punto, sobre todo cosas que ya pasaron, que en el momento no nos parecieron tan raras ni graves y que ahora no podemos cambiar. Capaz que antes me daba paja analizar todo, o no le veía razón a cuestionarlo, porque todo tenía grietas, todo había que cambiar. Sigue siendo así, pero creo que ya no me dejo otra opción que la de abrir los ojos.

Entiendo que la adolescencia no es la época para hacer todo a la perfección (ni cerca) si no para equivocarse y llorar como desacatadas y dar pila de portazos y charlar por horas de pibes o pibas que nos gustan con nuestres amigues y gritarles a nuestras madres por cualquier boludez como si fuéramos víctimas constantes de nuestra realidad. Y es que sí, es una época difícil, todo parece una mierda. Por eso no me quiero poner a darles lecciones de vida, porque en su momento yo tampoco las escuchaba, y porque todavía no tengo todas las respuestas; quiero estar ahí cuando se manden alguna cagada. Siempre les digo a mis primas que si alguna noche se pasan de alcohol me pueden llamar y las voy a ir a rescatar, porque yo lo hice varias veces y mis amigas de quince años no siempre sabían qué hacer. Pero bueno, nos arreglamos, aprendimos, y estamos bien. Confío en que siempre funciona así.

Texto: Martina Vilar

Ilustración: Joaquina Rivas

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