Cuando finalmente, y después de un tiempo, rendida y exhausta llegué a la conclusión de que nadie iba a entenderme fue porque era cierto: nadie iba a entenderme. Tal vez alguien que hubiera pasado casi exactamente por la misma situación que yo, o por alguna muy similar podría comprender y creer en mis relatos. Aún así no faltarían las dudas, los cuestionamientos, las indicaciones sobre qué hacer y cómo. Siempre con animosidad de ayudar, claro. Se compararían situaciones para ver si los maltratadores que nos hicieron daño se parecían, si ambos tenían características psicopáticas, si nuestros hijos lo vivieron de la misma manera, si en ambos casos las repercusiones fueron iguales. Si fue “sólo” maltrato verbal, si hay pruebas o testigos, si exagero, porque claro que todas las parejas tienen problemas, entre otras.

Las personas que más buena voluntad han tenido, han hecho el mayor de los esfuerzos, pero no lo han logrado. Sin querer, se les escapan ingenuas preguntas que denotan su desconocimiento acerca del tema, lo que me alivia en parte, ya que no les ha tocado vivirlo. He recurrido a profesionales de la salud especializados como psicólogos y psiquiatras, que por su formación y vivencias con otros pacientes habrían de entenderlo todo, pero los mismos lógicamente, no están en mi piel. Los más respetuosos callan para que así al menos mi voz parezca que cobra algo de importancia. Es como un gesto de respeto, o delicadeza, me gusta llamarle empatía. Esa humildad de saberse ignorante en cuanto a un sentimiento ajeno y dejar espacio al menos, para que mis palabras no parezcan mudas. Por otro lado vuelven a aparecer las mismas preguntas: “¿Te pegó?”, “¿Hiciste la denuncia?”, “¿Por qué no le dijiste a nadie?” “¿Por qué seguías con él?”, entre muchas otras… Y entre ellas, mi aliento y mis ganas y mi desesperación tratando de explicar lo mismo una y otra vez desaparecen, eso que no se entiende, y que hasta que no te sucede, vos tampoco entendés.

La violencia psicológica es un tipo de violencia doméstica, igual de grave que cualquier otra, que se puede presentar en presencia de otros tipos de violencia, o no. Comienza de manera muy sutil, y de a poco termina por acabar con tu integridad, mental y física. Hay quienes piensan que es imposible que no te des cuenta de que estás siendo violentada, sin embargo, no te das cuenta. También escuché en este tiempo, que los maltratadores eligen víctimas con determinados perfiles psicológicos, dejando entrever, que si psicológicamente sos una persona fuerte, esto no te va a pasar. Pues lamento informar que no es así. Esto nos puede pasar a todas. Le puede pasar a cualquiera. En mi caso sufrimos muchísimo mi hijo de tres años y yo.

Cuando me di cuenta de que algo malo estaba pasando con mi pareja ya se habían pasado los límites de lo “soportable”, pero siempre quise proteger a mi familia. No quería que nadie supiera que este tipo nos trataba mal a mi hijo y a mí. Nadie me iba a creer que era para tanto.

Este hombre se presentó en mi vida hace poco más de un año atrás como un hombre muy sensible, padre de tres niños chicos, amante de sus hijos. Y así, tanto mi familia como mi hijo y yo comenzamos a quererlo. Decidí apostar.

La primera vez que me gritó fue en diciembre del año pasado. Fue un hecho completamente aislado que nunca entendí. Mi hijo dormía y hacía unos meses que nos conocíamos. Nunca había pasado algo parecido. Ni siquiera recuerdo el motivo que desencadenó la reacción. Sólo recuerdo que dijo que yo no podía decirle lo que le estaba diciendo. Y como jamás había ocurrido nada parecido, supuse que había tocado un tema muy sensible o algo por el estilo. Me puse muy mal, levanté la voz, di la orden de que nadie me grita y de que si eso volvía a pasar iba a hacer la denuncia correspondiente. Pasaron meses sin que volviera a ocurrir algo similar. Sin embargo, eso es lo que una cree a simple vista, ya que el abuso psicológico es progresivo y no se detiene ni se deja ver.

Mi pareja siempre me hacía creer que todo lo hacía por mi bien y por el de mi hijo, por amor. Que quería a mi hijo como si fuese suyo. Que estando con él jamás nada malo iba a ocurrirnos y nadie iba a hacernos daño. Y el niño aprendió a sentirlo parte del hogar rápidamente.

Comentaba al azar cosas con pretexto de levantar mi autoestima (cuando lo que le servía era anulármela) como por ejemplo que él sabía lo “elegante” que yo era aunque no me cuidara, y que él me amaba a pesar de todo, lo que traía inconscientemente aparejado que nadie más me iba a mirar. Y aquí empieza todo tipo de manipulaciones que se van dando muy de a poco y con el correr de los meses. Tu pareja logra que te sientas segura a su lado pero te aísla de todo tu entorno para que no tengas a quién recurrir. Por ejemplo me decía cosas que yo no creía como que sabía que mi hermana me tenía celos y mi madre competía conmigo, que mi padre tenía doble discurso y no se podía confiar en él, que mi mejor amiga no había estado presente cuando yo la había necesitado, que si tomaba alcohol me cambiaba la personalidad, que con determinada ropa y corte de pelo lucía mejor o peor determinando qué vestimenta debía usar, que determinados trabajos no me servían, que mi psicóloga ya no me era útil, que la decoración de mi casa no estaba a la moda, que debería de comer determinados alimentos, que mi hijo no respetaba mis límites ni los de nadie, y eso lo habilitaba a él a imponerse violentamente frente al niño porque “era como su hijo”, que yo escondía información en mi celular y él podía revisarlo. Con el pretexto de querer acompañarme para que no me sintiera sola, terminé pidiendo permiso hasta para bañarme o ir al baño sin darme cuenta.

Finalmente terminás sintiendo culpa por todo lo que le pasa a tu pareja y hasta lo justificás. Lo único que no querés es que pase mal o que se levante de mal humor. Hacés cualquier cosa para que su enojo descienda. Le cocinás algo rico, le das sorpresas, le hacés algún regalo, tratás de tener tiempo “a solas” con él, incluso satisfaciendo sus necesidades sexuales independientemente de tus deseos, lo que significa un abuso real hacia tu persona física y sexual. Pensás siempre en qué es lo que quiere, o que debe de estar cansado. Mientras tanto él se encarga de manipularte, despreciarte, insultarte, gritarte, desvalorizarte a vos y a tu hijo, y a vos delante de tu hijo.

¿En qué momento ocurrió todo esto y cómo llegaste hasta acá?

Es imposible de saber, porque todo fue tan paulatino… Y ahí pensás “esto es sólo una etapa, ya va a volver a ser el de siempre, la persona de la que me enamoré. Lo tengo que ayudar, no puedo dejarlo en este momento que está tan mal…”. Pero no hay esperanza. Te convertís en un fantasma. Tu vida no tiene valor y ya no hay nada que puedas decidir por ti misma.  Es momento de pedir ayuda a quien más confíes, lograr salir de esa relación y saber, que cuando salgas, querrás contarle a todo el mundo lo horrible que has vivido y buscarás desconsolada una solución, y nadie entenderá demasiado. Que después de esa tortura no se termina el sufrimiento, pero es el comienzo de la libertad.

Las secuelas de la violencia psicológica son de toda índole porque sea por el tiempo que sea, tú estás sometida a un estrés límite, presa en ti misma de no equivocarte en nada o decir algo incorrecto, En mi caso, generé lo que se llama el síndrome de estrés postraumático con una depresión mayor sostenida en el tiempo. Tuve ataques de pánico, de ansiedad, agorafobia, trastornos severos del sueño y de la alimentación, apatía y cansancio crónico. Sé que hay gente que experimenta otros síntomas y que la sanación varía dependiendo de cada uno.  Lo importante siempre es pedir ayuda, rodearte de gente, y aunque te sientas incomprendida, recordar, que muchas pasamos por esto y estoy a las órdenes siempre para leerte.

Texto: Lucía Degregorio

Foto: Martina Vilar

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