Curioso objeto mi celular, no sólo está parcheado con cinta adhesiva en algún sector sino que también se empeña en tener ciclos de notificaciones totalmente aleatorios. A veces está más seco que el desierto de Atacama; hasta mi vieja me clava el visto, y a veces empiezan a llover mensajes de desaparecidos en acción como un diluvio. Específicamente a ese ciclo yo lo llamo Halloween. 

¿Por qué Halloween? Porque surgen mensajes de cada fantasma que ni para la sábana le alcanza y porque es en el ciclo donde resucitan los muertos. La necrofilia no es lo mío y generalmente saco captura y me río con mis amigos,  pero a veces mi curiosidad es más fuerte que el morbo. Este año, como casi todos los años, Halloween se adelantó. 

El otro día a una hora muy decente cabe decir (generalmente los muertos resucitan después de las 2am, aún no sé por qué) recibo un mensaje de un cadáver refrescado. Como ya mencioné en la intro, voy a dar uso a sobrenombres íntimos que sólo esas personas y yo podríamos identificar: el muffin.

El muffin había sido cocinado y consumido hace ya casi 10 años (¡ay Dios!). Una historia de las casualidades del mundo; conocido de conocido, va y viene virtual muy light y muy divertido que primero se convirtió en encuentros a tomar una y después decantó en una aventurilla (léase con acento caribeño) intermitente durante unos meses/años. Un on and off característico de estos vínculos. El muffin era un pibe rockero, de esos que me gustaban cuando era más pendeja; pelo largo, remeras de rock, piercing y algún tatuaje. Un pibe con el cual se podía hablar de un montón de cosas entretenidas y de nada profundo al mismo tiempo; no porque no le diera el relleno sino porque simplemente no estábamos para meter la cuchara hasta el fondo. Incluso en un momento para identificarlo tenía su propio ringtone. Como siempre en mi vida, me encantaba pasar tiempo con el pibe y tratábamos de escurrirnos en horarios para vernos; nunca en un ambiente social, nunca salir a tomar una, nunca juntarnos a ver una peli. Un Netflix and chill sin Netflix.

En un momento de estas idas y venidas el muffin da un vuelco a su vida y su carrera; decide cambiar su trabajo de oficina en Montevideo por un trabajo menos oficina, hacer facultad en Buenos Aires, y por supuesto con eso se fue nuestro postre ocasional. Una despedida sin grandes demostraciones pero con la tranquilidad de que estaba todo bien porque esos momentos encapsulados estaban buenos y no afectaban ni obstruían la vida diaria de uno ni de otro. Podría contar muchas anécdotas de las múltiples veces que nos encontramos; como cuando volví de una fiesta disfrazada de policía y me estaba esperando en la puerta de casa con una expresión facial que se debatía entre la calentura y el desconcierto, o como cuando lo hice salir descalzo a las cinco de la mañana de un martes, para que la vecina de enfrente (la Gestapo hecha señora de 80 años) no me vendiera con mi vieja. Pasaron algunos meses y quizás lo llegué a ver en Montevideo en alguna que otra ocasión que venía a visitar a su familia y amigos, pero por supuesto no daban los espacios en general como para las maratones de conversaciones desnudos fumando un pucho y escuchando música hasta que amaneciera como antes.

En una de esas ocasiones de hace años me acuerdo que me llega un mensaje de él que iba a andar por Montevideo y quería saber si yo andaba sola cómo para vernos. Yo estaba en un cumpleaños que la verdad me importaba poco y nada pero la estaba pasando bien. Sin embargo quedamos en que después de su juntada con amigos y de mi cumple nos juntábamos en algún lugar. Pasan las horas y me encuentro en un va y viene de mensajes del estilo:  “Tengo re ganas de verte pero estoy medio muerto, aguantame un cacho a ver qué hago”, “Me voy mañana o pasado y no vuelvo hasta fin de año”, etc, etc. A lo cual, mi respuesta era meterle levadura a ese panquecito para que creciera y se activara la magia. “Ah, no jodas…no venís nunca, me escribís para vernos y después me tiras esa”. Aparte yo ya estaba mentalizada, y cuando digo mentalizada quiero decir bellamente acicalada y con el motor pronto para arrancar. No way que esto se va a quedar así como así. 

Finalmente en una de esas vueltas de mensaje, yo todavía en el cumpleaños que me importaba un corno, me dice que me pasa a buscar pero que no puede quedarse mucho porque el auto de la madre bla bla, y porque mañana madrugaba para tomarse el buque bla bla. ¡Patrañas! “Querer es poder” le contesté yo. La piba no daba el brazo a torcer porque le gustaba bastante y porque le parecía un rato ameno desde todo punto de vista.

Creo que fue su primera vez en un telo, no la mía. No era la idea original, por cosas de la vida yo tenía a mano una casa prácticamente vacía y le dije de vernos ahí; creo que le dio un poco de temor dejar el auto en la calle y por eso me terminó convenciendo de movernos a otro lugar. Obviamente, siendo como siempre fui de adaptable, no tuve problemas en que resolviéramos ir a un lugar cerca de donde estábamos y  que tuviese garage. Me pasa a buscar: alegría, cambios de look en ambos y muchas cosas para ponernos al día; sonaba The Who de fondo. Llegamos y después de cagarnos de risa inspeccionando el lugar medio berreta al cual no le pondría la luz azul de C.S.I. ni en pedo, terminamos en ese hermoso estado de desnudez, música y puchos. Recuerdo específicamente ese momento porque el espejo del techo reflejaba (no lo noté hasta que él lo dijo) la imagen de ambos como la tapa de los Rolling Stones de John Lennon en bolas abrazado de costado a Yoko Ono. Menciono todo esto para que se hagan una imagen del tipo de vínculo amistoso, relajado y erótico al mismo tiempo que supimos tener. 

De esta situación habrán pasado casi diez años, después nos seguíamos en redes, pero las vueltas de la vida, vidas en pareja y faltas de coincidencias nos diluyó a simplemente conocidos que saben más o menos en qué anda el otro pero que tampoco invierten mucho tiempo en averiguar realmente en qué anda el otro. No daba para andar charlando porque sí. Increíblemente supimos estar en los mismos lugares, por ejemplo un fin de año en un balneario de la costa sin saberlo hasta al día siguiente que yo ya no estaba ahí.  Y casualmente en verano de este año me lo crucé en Parque Rodó a las 4 am una noche que me encontraba con un amigo caminando y charlando de la vida; charlamos los tres juntos no más de 20 minutos y me soltó poco más de que estaba en pareja desde hacía ya un tiempo. Mi interés en ese momento era nulo, vale destacar. Podría comer ese muffin por matar el hambre pero calorías vacías de anhelo, no llenaba la panza. 

Volvemos al momento actual en que pocos días atrás me cae ESE mensaje, en el cual dice (y cito) “Sí, estoy soltero. ¿Tendrás algún espacio para vernos y tomar una?” Así, directo, literal y sin un hola de por medio. Me mato de risa y en voz alta clamo con el puño al aire “¡Halloween se adelantó!” Por supuesto que siempre la curiosidad mató al gato y a esta gata la curiosidad siempre la deja zumbando, así que le contesté que justo las condiciones para juntarnos a tomar una estaban dadas; terminé relativamente temprano de trabajar y la casa estaba habilitada en caso de que ese “tomar algo” me decantara en otra cosa. Me contesta al toque, re contento: que tenemos que ponernos al día, que andaba por Montevideo y que como hacía un frío de cagarse podía venir a visitarme. No estaba muy convencida pues pasaron diez años y a menos que tengas algún truco nuevo bajo la manga, la vida pasa y con ella pasan más cosas por el camino. No sabía si me iba a gustar como me gustó el pibe en su momento. Pero por los viejos tiempos, y porque siempre es divertido charlar con gente con la cual las cosas quedaron bien, me pareció una idea estupenda para salir de la rutina semanal. 

Me dice que viene para casa a las diez, que trae un vino y algo para fumar. Muy deseable todo, hora temprana en pleno día de la semana y la expectativa de hacer algo diferente con un viejo conocido. Ya me imaginaba charla, vinito, musiquita, porrito y después si pintaba el bajón bien y sino también.  Pero, obviamente, ya cuando encaro para la ducha, me voy mentalizando que si pintaba el bajón hay que estar preparada. Forros, checked. Esmero en el acicalamiento, checked

Me escribe cerca de las diez que estaba un poco retrasado por una entrega para el laburo. Mmmm okey, no problem. Me pongo a cocinar… Termino comiendo… Me dice que sigue atrasado pero que va a tratar de venir. Cero estrés, mi rutina nocturna seguía igual: me pongo a ver documentales. Apronto las cosas para el otro día. Empiezan los mensajes de va y viene; que estoy atrasado, que la hora, que lo tengo que entregar mañana 7 am. Respuestas cómo “traete la compu y lo terminás acá”; no va a ser la primera vez que sucede eso (una entrega urgente de facultad en Buenos Aires y nosotros de gira hasta las 10 am es el precedente). Que sí, que no, que soy un pelotudo por agitarte y ahora no poder ir. Pero que vuelvo la semana que viene y ahí nos podemos ver. Que tengo pila de ganas de verte, que yo sé lo que me estoy perdiendo por pelotudo: No, querido…si supieses lo que hicieron 10 años de vida ya estabas en camino (esta fue una respuesta literal de mi parte), porque claro, yo no alardeo pero ya me conocés sino no agitarías. 

Entonces ¿Qué pasó? Vi otro documental, me tomé un té y le dije que la semana que viene coordinábamos si venía. En otro momento de mi vida me hubiese fastidiado por el tiempo y la inversión de horas de sueño versus horas de espera pero en este caso no sucedió y sentí por un segundo que había madurado mínimamente en esta década, al menos en eso. Y aunque la madurez tiene una linda sensación, mientras ponía la alarma para dormir cuatro horas hasta la mañana siguiente pensaba: me batieron para merengue y no me pusieron el azúcar.

Texto: Coco
Ilustración: Florencia P.

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