Me encantaría haber crecido en esas familias de izquierda o liceos progres en lo que te enseñan desde chica todas las atrocidades cometidas por los países imperialistas, que ser latinoamericana es digno de orgullo, y a consumir bandas uruguayas para poder ir a toques todos los meses en vez de una vez al año en el Primavera 0.

Obvio que no fue mi caso, aunque si tengo una familia de izquierda, y mi hermano me regaló “Las venas abiertas de América Latina” en mi cumple de catorce, pero nunca lo leí. De chica me re embolaba Uruguay, sentía que no había nada de lo que a mí me gustaba, que no venían las bandas que yo escuchaba, que los boliches que habían eran todos una mierda, y que mi vida era demasiado diferente a la de los botijas de Skins (gracia’adio).

Tenía una amiga, Jose, que había vivido un tiempito en Miami, y ella me entendía a full. Uruguay le parecía… trash. Una vez hablando con ella me dijo que le generaba mucho aburrimiento y una sensación de ordinariez leer un libro que se llamara “Detectives en el Parque Rodó”. Yo estaba de acuerdo, que burdo y vulgar era el Parque Rodó. Nada que pase allí podía ser digno de escribir en un libro. Una vez le dije a un amigo de mi hermano, que reaccionó con una mezcla de entre sorpresa y diversión, que los Grammys Latinos eran una mierda sólo porque… eran para música latina.

Entre mis aspiraciones de vida para el futuro estaban, ser licenciada, comprarme un auto (pues odiaba los bondis), y mudarme a otro país. Obvio que el sueño era Estados Unidos, pero Inglaterra también servía.

Escribiendo todo esto podría hablar del lavado de cerebro que nos hacen para pensar que todo lo de afuera es lo más y lo de acá es un bajón, y como los uruguayos tenemos un autodesprecio imponente, pero no es lo que preocupa a este artículo.

“Julia Wels y los efímeros” en la Feria IDEAS+

Yo de Uruguay me enamoré, me llevó su tiempo, pero me enamoré. Nada me parece más corriente pero por lo mismo, precioso y valioso, de lo que puede pasar una tarde en el Parque Rodó. La altura de Gonzalo Ramírez donde hay un carrito de comida siempre abierto, la feria y los toques de IDEAS + en diciembre cuando empieza el calor, el museo de artes visuales que siempre digo que voy a entrar pero no lo hago, el parque andaluz donde ves personas haciendo coreografías de los Redondos. Qué sé yo, es hermoso en su simpleza e inherente buena onda. Me quedó seca la billetera después de darme cuenta de la interminable cantidad de artistas musicales que uno puede ir a ver acá. Mi mejor amigo se mudó a Australia hace como cuatro meses, y me dijo que la única vez que realmente deseó estar en Uruguay desde que llegó, fue cuando tocaron los Buenos Muchachos en la Hugo Balzo.

Buenos Muchachos en la sala Hugo Balzo.

Llegué a un arraigo cultural tan fuerte, tan extremo con Uruguay, que ya estoy preparándome psicológicamente para irme, y me falta más de un año. Muchos de mis amigos me dicen que se “quieren ir a la mierda”, no porque no les guste Uruguay, ni Montevideo, ni mucho menos, sino porque no pueden esperar a ir a tener experiencias de vida emocionantes a otro lado.

Nosotros, mi grupo de amigos, todo compuesto de músicos, comunicadores, gestores culturales, realizadores cinematográficos, obvio que tenemos el bichito de ir a especializarnos a otro lado, másters o posgrados que acá no hay de repente, con una formación topísima a nivel mundial, que nos acerque un poco más al sueño de poder vivir acá de lo que nos gusta, un poco más despegados que la media. También, ir a laburar a un café en el que te pagan cuatro veces más que acá y volver con un colchón de guita que te permita mudarte más cómodo, o qué sé yo, comprarte una batería nueva. Cada cual.

Todo eso lo tengo que racionalizar, porque es “el paso correcto”, todo me lo dice. Pero igual no implica que no me cague de miedo. Yo camino por Montevideo y todas las calles son mías, me mudé ocho veces desde que tengo memoria rodeando toda la costa y tengo recuerdos en todas las alturas de la rambla. Si quiero, tres o cuatro veces por año, puedo ir a ver a los Buenos Muchachos a La Trastienda, y hablo el español rioplatense con la mayor cantidad de slang millennial posible. En Europa no tengo nada de eso, y también me da un poco de miedo enamorarme así de otra ciudad, porque no quiero tener otro Parque Rodó, ni otro grupo de amigos, ni otra banda favorita. Y me cuesta pila estar lejos de mis viejos, y de mi gata, y de mi apartamento.

Rambla República del Perú.

Pero con todo el miedo que eso conlleva, los veinte también son la década para tirarse al agua. De más chica también, como ya dije más arriba, era una boluda, pero las cosas me daban menos miedo. En una de esas era menos consciente de mi propia mortalidad, y era menos feliz entonces apreciaba menos las cosas. Pero cuando viajé en avión por primera vez, y fue sin mis viejos, no sentía nada de miedo. Hasta estaba en paz con que si se pasaba algo, yo había estado en Inglaterra. Cinco años más tarde, la siguiente vez que me subí a un avión, me tuve que tomar dos copas de vino y ponerme ASMR para dormirme, porque me daba abundante miedo. También me da miedo el Buquebús, la ruta, y la última en meterse en la lista, las películas muy tristes. Estudié cine, yo tampoco entiendo.

Pero apuesto que a pesar de ese miedo, esa incertidumbre a lo desconocido y a lo poco cómodo, a no manejar bien el idioma, a que los franceses te hablen mal, o los catalanes te miren de arriba, es la decisión que tiene sentido para mí ahora, como también la está teniendo para la incontable cantidad de gente que se está yendo a hacer la working holiday. Uruguay es precioso pero también puede tener el techo muy bajo, y el sueño es poder laburar de lo que a uno le gusta.

Tampoco me iría a cualquier lado. Hace poco con mis amigos que se van conmigo, descartamos Suecia. En invierno hay semanas que el sol sale dos horas por día. Ya me cuesta suficiente irme de Uruguay como para encima cagarme de frío y de depresión. Le vengo encontrando la vuelta aprendiendo francés y consumiendo películas europeas, y por ahora, le estoy agarrando el gustito al intercambio cultural y al prospecto de volver siendo trilingüe, o políglota, mi sueño desde el vientre.

¿Nadie más quiere irse pero le cuesta un montón? A veces siento que a nadie le duele tanto desprenderse y que ya está con un pie en otro continente antes de irse. Hasta dejar con una pareja me parece más fácil. 

Amiga, soltar.

Texto: Florencia P.
Fotografías: Martina Vilar

4 respuestas a “Yo también me voy a mudar a Europa

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