#4

Hace unas semanas me acordé del verano anterior, cuando todavía vivía en Córdoba, y me quedé una noche en tu casa de la infancia. Aunque las otras habitaciones no estaban ocupadas, por alguna razón decidimos dormir en la habitación de tus padres, vos en una punta de la cama, yo en la otra. Y así nos quedamos un montón de tiempo, y por tu respiración podía adivinar que dormir se te estaba haciendo una tarea complicadísima, y si podía adivinar esto, ergo yo sufría la misma dificultad. Entonces nos rendimos, y nos pusimos a charlar, y charlamos hasta dormirnos. Este recuerdo, o el de la vez que te conté mi decisión de vivir en Alemania antes que a nadie (y me preguntaste, insististe, en que te dijera por qué a vos primero, y yo no supe esconderme), me vienen cada tanto, cada vez que pienso en qué será esto que siento.

Pasaron tantas cosas entre los dos, que me cuesta pensar que aún no nos decidimos. Y hay tantas cosas desearía decirte, pero el miedo de estar viendo algo donde no hay nada me ataca y me enmudece. No puedo poner en palabras lo que siento aunque lo intente, se traduce entonces en cosas como en el cambio de cara cada vez que me llamás o me escribís, cómo me dolió cada chica con la que saliste y no funcionó, o cada chico al que le agarré la mano deseando que fueras vos. No sé si será tu mirada, o tus dedos de pianista, o la sensibilidad con la que hablás, pero me hacés sentir de una manera tan rara, que aunque me haya mudado de país, a catorce mil kilómetros de vos, aún está presente, y se me estremece el corazón cada vez que algo chiquito me recuerda a vos. Aunque a veces también me planteo si no será mejor dejar las cosas tal cual están y seguir con nuestras vidas… Quizás sea esa incertidumbre entre los dos la que hace de esta relación algo sumamente especial.

#5

1 mes.

1 mes desde que nos despedimos en el aeropuerto de Cuzco aguantando las lágrimas. 1 mes que te pensé cada vez que escuché música, que vi uñas pintadas de negro, tatuajes, pecas, pelo de colores, que escuché hablar en inglés. 1 mes en el que cada vez que me drogué, el bajón y la depresión me transportaron a esa cama en Cuzco donde nos abrazamos y lloramos por última vez. 1 mes en el que 3 veces por día comparé cada comida con lo que había comido contigo y nada fue tan rico. 1 mes en el que siempre que conté sobre mi viaje hablé de vos. 1 mes en el que cada vez que salía o me juntaba con amigos deseaba que estuvieras ahí también porque seguro te divertirías. 1 mes en el que quise fotografiar todos los atardeceres para compartirlos contigo. 1 mes en el que no paré de pensar a qué lugares te podría llevar a conocer si estuvieras acá. 1 mes en el que no paré de hacer hipótesis de qué estaríamos haciendo si estuviéramos juntos en Cuzco o en cualquier otra parte del mundo. 1 mes en el que ahorré cada centavo que pude, pensando en gastarlo viajando contigo. 1 mes en el que no pasó 1 solo día sin tener la imagen de tu sonrisa en mi cabeza y revivir cada segundo de cada momento que viví contigo. 1 mes de pensar en todas las casualidades del día en que nos conocimos. 1 mes de extrañarte sin parar.

1 mes menos para volver a verte.

#6

Mientras me doy vueltas en el minúsculo y poco ergonómico asiento de avión pienso cuán mejor sería que vos estuvieras acá. Podría levantar el posa brazo de mi asiento y recostarme en tu pecho más peludo que musculoso. Eso me importa poco y nada igual. 

Enamorarse creo que es como ir en un avión donde no hay nada que puedas hacer más que dejar tu vida en manos de otra persona, en el aire donde todo parece suspendido, el tiempo pasa lento y no te importa nada más que llegar de una vez. Y digo creo porque nunca me enamoré. 

Pienso que paso en el avión sobre tu casa y sos muy chiquito, insignificante, y yo estoy allá arriba por primera vez. Sé que es un pensamiento mezquino, pero me satisface ahora que estoy triste. 

En este país maravilloso no puedo dejar de pensar todo lo que estoy viendo, y todo lo que podría perderme si me paro a pensar un minuto más en vos. Igual me pierdo de nuevo y fantaseo con un amor de guerrilla, clandestino, fugitivo. Los dos huyendo como Bonnie y Clyde en un auto robado, precioso, brillante. Sin armas porque no me gustan. 

Me tiro en la reposera a leer un libro que estoy estirando porque no traje otro, al que le quedan diez páginas, lo que quizá sea una analogía de lo que me entrega este vínculo. 

Pienso en tu reposera al lado de la mía, la cerveza ligera como agua engañando nuestras gargantas, el mareo por el sol y la sal del mar que me corta la cara, debe ser ésta la tortura cósmica que merezco por quererte. Nuestros cuerpos pegados y la arena que cae sobre ellos, como la escena inicial de “Hiroshima mon amour”, sólo que esta arena no es brillante ni suave, raspa y pica, se clava en todas partes.

El agua caliente y transparente aparenta engañar el fuego que me invade todo el cuerpo, y haciendo la plancha me doy cuenta que no escucho nada, ni siquiera lo que me dice mi cabeza. 

Creo que me voy a quedar para siempre. 

Podés mandarnos tu carta a cartas@hera-mag.com

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