Uno de los mandatos que recibimos quienes fuimos socializadas como parte del género femenino es el de agradar a les demás, sobre todo a los varones. Tenemos que gustarles, desear gustarles y alegrarnos cuando sucede. A veces, cuando nos quejamos del acoso callejero, hay quienes nos contestan que al menos alguien nos mira (ese señor me invitó a cagar a su casa, ¡qué alegría!). En el ámbito de la publicidad es evidente. ¿Cuántas veces vimos cómo una mujer a través del uso de cualquier tipo de producto obtiene como retribución final la atención, el cariño o la aprobación de un varón? Limpiar el piso, lavarte los dientes o comerte un flan: todo parece poder relacionarse con agradarle a los hombres. A continuación van algunos episodios de mi vida vinculados a este fenómeno.

Tenía dos años, iba a venir el pediatra a verme a mi casa porque estaba enferma. Mi madre me cuenta que le pedí que no me dejara con la remera blanca de algodón, que me pusiera linda. Dice que me alisaba el vestido mientras lo miraba con cara de enamorada y que le “serví té” con mis tacitas de juguete.

A eso de los cuatro o cinco años empecé a sentir mucho rechazo por algunas cosas tradicionalmente asociadas a lo femenino. Recuerdo mis 5 como un momento donde me sentía bien siendo como me salía de adentro, donde no me interesaba ni me pesaba no encajar en lo que se esperaba de las niñas. Sabía que era diferente y me plantaba con orgullo cuando me lo señalaban. Obviamente no quiero decir que escapé del mandato de gustar ni de otros. Simplemente fui un poco más libre en ese momento de mi vida. Lamentablemente esto no podía durar para siempre.

El mandato de gustarle a los varones volvió manifestarse violentamente a eso de los seis. También comí del tupper con el amor romántico y me apenaba, por ejemplo, que nunca me dieran un beso en el juego del conejo de la suerte. Me acuerdo de un día en que un compañero de clase dijo que le gustaba una compañera, y que más tarde otro dijo lo mismo sobre otra. Esa tarde me puse triste porque nadie gustaba de mí. Y yo sabía por qué: no me ajustaba tanto a lo que se esperaba de mí como niña como esas dos compañeras. Obvio que no lo pensaba en esos términos, pero en definitiva era eso y yo me daba cuenta. Me dolía porque yo quería ser como se me cantara, pero también anhelaba la mirada y la aprobación de los niños. A partir de ahí oscilé mucho tiempo entre esos dos polos: intentar adaptarme más al modelo de feminidad imperante para gustarle a los varones y ser como era y listo. Claro que todo es más complejo que esto, pero a grandes rasgos la cosa iba por ahí.

Un día, también a los seis, en un ámbito distinto al del colegio, un niño de siete años que no conocía manifestó que yo le gustaba. Dijo textualmente que estaba buena pero que era muy chica. (¿Que qué?). Aunque no me interesara él, me alegré por recibir su aprobación.

A eso de los nueve, una amiga tenía un par de libros sobre sexualidad ilustrados para niñes. Hace unos años tuve la oportunidad de volver a ojearlos y quedé de cara. En un momento en el que habla de las tetas, dice que hay tetas de distintas formas y tamaños. Lamentablemente tuvieron que embarrar ese mensaje súper positivo diciendo que “a los niños y a los hombres les gustan”. 

Entre los nueve años y la adolescencia temprana mis tetas fueron todo un drama para mí. Primero me daba mucha vergüenza que empezaran a manifestarse y luego sufrí porque no eran del tamaño que se espera de acuerdo a las exigencias de belleza femenina en occidente en general y en el Río de La Plata en particular. Este tipo de mensajes que dan valor a partes de nuestros cuerpos a partir de la mirada masculina no me ayudaron una mierda. Ese libro no hablaba de placer femenino pero sí nos decía que nos teníamos que alegrar porque a los niños y los hombres les gustan las tetas. Aunque no manejara la noción de “objeto sexual”, sí pude sentir (con miedo) mi ingreso temprano al mundo de los cuerpos tratados como tales.

A los diez, para una muestra de danza, nos habían pedido que nos puisiéramos ropa negra y rota para una coreografía. Un compañero me miró y me dijo que parecía una prostituta.

Cuando se lo conté a mi mamá, ella estaba con un compañero de trabajo que no tuvo mejor idea que decirme que ese niño me había querido decir que estaba linda, que si los niños nos decían cosas así era porque les gustábamos. En definitiva, que tenía que ponerme contenta aunque me hubiera incomodado el comentario.

Empecé a menstruar en sexto de escuela. Ese año en el colegio íbamos a natación. Manejábamos el tema de la menstruación como el tabú que era (es). Un día en que me quedé afuera de la piscina por la “visita de Andrés”, una compañera me dijo que si nuestros compañeros varones se enteraban de que ya menstruaba, me iban a ver como más grande y por lo tanto más atractiva e interesante, alentándome a que lo explicitara.

A eso de los 16, un amigo me soltó que yo era linda pero no atractiva. Lo dijo con mucha seguridad, como si su punto de vista (que nadie había solicitado) fuera objetivo y su comentario una realidad universal. Años más tarde, se lo comenté a una amiga y me dijo que a ella un pibe le había dicho lo contrario: que era atractiva pero no linda. El cuerpo (y las decisiones, y el estilo de vida) de las mujeres es desde hace mucho territorio opinable de forma constante, y los varones tienen canilla libre. Ésa es la otra cara de la moneda: a ellos les inculcan que tienen la autoridad de estar evaluando mujeres (de todos modos es también es la exigencia constante de estar demostrando que sos bien macho y heterosexual y que mirás al tipo de mujeres que tenés que mirar para estar a la altura de la inalcanzable masculinidad hegemónica… pero eso es otro tema).

A los 18 conocí a los amigos del que en ese momento era mi novio en un cumpleaños. Estuve un rato y después me fui. Me acuerdo muy bien de cómo me miró uno de los pibes y cómo me incomodó. Al día siguiente supe que me habían puesto una nota entre todos: 9 sobre 12. El que más había manifestado su aprobación era el de la mirada. Mi novio estaba re contento con la aprobación de sus amigos machirulescos y, aunque me revolvió las tripas haber sido evaluada y todo lo que eso conllevaba, fingí alegrarme yo también.

Por suerte con los años pude deconstruir un poco estas cuestiones, acercarme un poquito más a la libertad de mi yo de cinco años e intentar permitirme ser más como me salga y no tanto como se espera de mí como mujer. Obviamente no vamos a poder deconstruirnos y descolonizarnos de una, pero está bueno preguntarnos por qué hacemos las cosas de ciertas maneras, si queremos seguir haciéndolas así, qué nos llena a nosotras más allá de los mandatos y de las otras miradas.

Me quedó medio largo, disculpen. Por un momento me olvidé que calladita me veo más bonita.

Texto: Magdalena Larralde
Foto: Martina Vilar

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