Hace un par de años, andaba en vueltas con un cadáver de otra época. Cómo ya he mencionado antes, hay períodos de Halloween y en algunos de estos sucumbo a mi faceta Frankenstiana y le meto un poco de electricidad a algún muerto que caiga sobre la mesa, como para darle emoción a la vida de ultratumba. 

Este muerto era un hippie, pero no era taaaan hippie cuando yo lo conocí en otra vida. Era/es DJ (ja, ¿qué novedad no?) como para no faltar a mis issues de asociarme sexoafectivamente con músicos, pseudomúsicos y demás (estoy a punto de hacerme un Tinder que diga “Si tocás algo, me podés tocar a mí también”).  A este señorito lo llamaremos El hippie-dj.

El hippie-dj fue una ilusión de fan. Fui asidua de un local bailable (léase con voz de informativo de Radio Carve) en una época de mi vida, y todo lo que él ponía yo lo bailaba. Al principio creo que él pensó que era por sus destrezas con las bandejas, pero al tiempo se dio cuenta que soy capaz de bailarte hasta la musiquita del camión del gas cuando pasa por tu cuadra. De todas maneras, se había dado este ida y venida de miradas, de señalar el uno al otro cuando la música la estaba rompiendo o cuando yo le estaba sacando lustre al boliche con mis pasitos atómicos. Baile va, seña viene, complicidad, guiñito: un día me invita a acercarme a su cabina. Cero botinera, mi objetivo era conocerlo más de cerca: verle la cara, y también observar cómo era que hacía esas cosas con la música. 

Así se fue dando un vínculo basado en “admiración” mutua y de intercambio de pareceres respecto a artistas, géneros y técnicas de lo que sea referente al mundo musical. Charlas hasta el cierre del boliche y acompañadas hasta la parada del bondi (no, no había Uber, queridos lectores). Era más chico que yo, tampoco me sorprende ni se sorprendan de eso porque la mayoría de estas historias están protagonizadas por “más chicos que yo”. Tampoco tanta diferencia, unos tres o cuatro años nomás. De todas maneras, él tenía novia y yo medio que podía respetar eso. Pero me intrigaba estar horas charlando, o dejando mis cosas en la cabina, o la rutina de esperar a que se termine todo e irnos caminando hacia el bondi o hacia su auto hecho paté, todo latoso, más parecido al auto de los Picapiedras que a un auto per se. Me hizo una rasta en la nuca, con la cual luché todo un verano cada vez que me peinaba para no quedar enganchada en el cepillo. Mi cabeza rodeada de nubes rosadas idealizaba toda esa circunstancia porque, me caía re bien el hippie-dj, y porque definitivamente soy así. Todo fresa.

En algún momento se dio que a ambos no nos importara su novia y fue un hecho más anecdótico que erótico. Nada relevante para decir al respecto excepto que por primera vez en mi vida comí empanadas de carne con azúcar. Imaginense el resto. De todas maneras, la atención era lo que a mí me interesaba y estaba con mi mente y cuerpo puestos en eso: I’m your gogo dancer.

El tiempo pasó, no se dieron más instancias. De a poco dejé de ir a ese recinto y dejé de verlo. Me puse en pareja y creo que él se mudó a la costa.  En uno de mis cumpleaños, el número 25 para ser exacta, mi ex pareja y una amiga decidieron hacer una fiesta sorpresa en un boliche. Decoraron, hubo banners hasta en el baño, pegotines, destapadores con logo y copy: memorabilia de ese cuarto de siglo a puro brisho. El DJ encargado de musicalizar mi cumpleaños era el hippie.

Mi ex sabía que yo lo conocía y que me gustaba mucho su música, no sabía que hubo una historieta detrás o al costado de eso y por eso decidieron buscar el boliche donde trabajaba para poder festejar ahí. Un “hola, ¿todo bien?” de ambos lados y una charla amistosa y cómplice pero sin más condimento que la sorpresa. 

Muchos años pasaron desde ese momento. También pasó la pareja y entraba nuevamente al club de las solteras cuando me lo encuentro en las redes sociales. Nos empezamos a seguir y de a poco a hablar o intercambiar músicas y boludeces de antaño. Me dice que me invita a su casa en ese balneario costero a visitarlo. La imagen: soltera luego de cinco años y con menos vida social que un agorafóbico. 

Una noche de primavera me voy a visitarlo a su casa. Su casa no era tal casa. Era un rancho, de lata; sí, de lata. Bastante precario pero en fin, era algo distinto a lo que venía pasando en mi vida hace casi ocho años. Fogata, charla, vino, nos pusimos al día charlando de un montón de cosas y volví a ver a esa bailarina encendida que había debajo de todos esos años de vida casera. Obviamente me quedé con él esa noche y a los siguientes días seguimos hablando y empezamos a vernos un poco más o un poco menos. Empezaba de a poco el verano y con éste empezaba a desperezarme de la modorra a la cual estaba acostumbrada. Idas y venidas, mucho de terminal de Río Branco, mucho de ir caminando kilómetros hasta la playa, mucho de charlar horas y no tanto de curtírmelo. Era extraño el tema. No era que me gustara tanto él pero me encantaba la persona que yo volvía a ser cuando estaba con él. Estaba adicta a eso. Adicta a su desinterés por todo e incluso por mí. Adicta a sus posturas radicales en las cuales yo me replanteaba mi paso por esta vida y qué quería hacer con la misma. Adicta a como se movían mis pensamientos dibujados con los colores que él estaba poniendo arriba de la mesa. Todo esto lo entendí después, obviamente, en ese momento yo estaba copadísima y mi madre en un soponcio, pues estaba saliendo con un hippie. 

Lo acompañaba a sus toques, lo ayudaba a llevar y traer sus petates. Conocí a sus amigos y empecé también a vincularme con ellos. Salimos todos juntos muchas veces y otras tantas el hippie-dj me dejaba tirada sin siquiera avisar. Lloraba como si me hubiesen partido el cora y en realidad lo que más me partía era sentirme perdida. Perdida después de haber estado tanto tiempo en pareja, perdida después de haberme abierto a absorber todo lo que esta versión recalentada de microondas de mí se desvanecía cada vez que estaba sin mi adicción.

Entre tantas de esas idas y vueltas y de esa hermosa aventurilla de verano, de tantas fiestas y tantas noches de fogón, de tantas charlas con gente que de otra manera quizás no hubiese conocido (muchos de ellos siguen en mi vida hasta este momento), de tantas tardes en la playa bailando hasta que se ocultaba el sol y las estrellas hacían de luces psicodélicas; en una de esas vueltas me dice que él en realidad estaba re metido con otra piba. Una piba, que escuchándolo a él, era poco más que una deidad en la tierra. No lo dudo, cuando uno está metido idealiza hasta una mandarina y piensa que es bergamota. ¿Y yo qué hacía? Lo escuchaba, lo contenía, lo consolaba, lo apoyaba, le daba el placebo. Le daba de mí eso que en ese momento el pibe necesitaba y dejaba de mí lo que me parecía que yo necesitaba: atención. Por dentro no sabía qué mierda pasaba y no la estaba pasando muy bien que digamos. Gente de su entorno no sabía cómo toleraba la situación, ni por qué andaba con ese mugriento que se creía el Che Guevara del House. 

Un día de verano, pensando en el carnaval que se venía, todos los que estábamos acompañándolo en su rancho, terreno, co-camping de amigos y amigas; empezamos a hablar de un festival el cual no tenía ni idea que se hacía en Uruguay ni mucho menos de qué trataba. Charlamos, nos manijeamos. Qué sí, qué llevamos las carpas, que caemos en el bondi a Rocha y después hacemos dedo hasta llegar al kilómetro Narnia. Que podemos llevar comida hecha, que llevamos cosas para cocinar, que llevamos cosas para tomar. Faltaban unas tres semanas del dicho al hecho. 

En esas tres semanas que siguieron, siguieron las fiestas en la playa y también se intensificó la contenida y consolada del pobre hippie por la chica con la cual no podía estar ya que ella estaba en su viaje mental y él en ese circuito de que sí, que no. De a poco se iba disolviendo el vínculo, no así las amistades que habían venido con él. Pero sí se disolvía lentamente mi lugar en todo eso que él manifestaba. Mis visitas al rancho cada vez eran menos, pero iba igual. Aunque supiese que no iba a pasar bien, aunque supiese que mucho de su entorno siempre estaba ahí y que yo era un accesorio más en todo ese circo. Aunque supiese que en realidad era el premio consuelo de un amor no gestado entre el hippie y su diosa. Intentaba que él viniese también a mi casa. Venía cuando no tenía donde caer. Se iba cuando le pintaba y caía cuando le faltaba. Le escribía, ni mucho ni poco, pero le escribía y muchas veces no me contestaba. Y cuando lo hacía, yo contestaba enseguida. A veces iba igual, esperando la invitación de él o que se fuese a hacer algo en el terreno entre todos. En una de esas instancias, dejé mi carpa en el rancho porque me la pidieron algunos de sus conocidos que estaban quedándose allí por un par de días. 

A todo esto faltaba una semana para el festival.

Intento hablar con él, para recuperar mi carpa, y porque ya la situación me estaba dejando con una mufa tremenda por la vida. Mufa conmigo, mufa por todo lo que implicaba moverme al ritmo del DJ y no al mío propio. Que sí, que no, que no estoy en el terreno, que después te la traigo, total si el festival es el finde, que primero hay que sacar los pasajes y que hay que gestionar eso. 

En un arranque de frustración lo encuentro donde sabía que paraba en Montevideo cuando no paraba en mi casa, le toco el timbre a las diez de la noche y le digo “ya nos vamos al terreno, voy a levantar mi carpa y listo”. El pibe, como siempre, desinteresado de la vida, nada es un problema, nada que no le salpique a él era un drama y todo el resto del mundo tiene frustraciones y asuntos por resolver. Lo levanto a él, vamos al terreno. Me quedo esa noche ahí… Lo sé, lo sé. Sé lo que están pensando: qué pedazo de boluda esta piba. Recuerden el contexto: señorita de probeta durante cinco años y después sale al mundo con las mismas herramientas que un feto. 

Al otro día me desayuno que el hippie no va al festival, que sus amigos tampoco y yo ahí en la ruta esperando el bus para volver a Montevideo. Bronca, frustración, decepción, unas ganas de morderme hasta los pies como Stitch en la peli animada. Sabía que todo lo que venía haciendo estaba mal, estaba mal porque a mí me hacía mal. No por otras razones. Estaba mal porque me movía como libélula en una tormenta de manipulación y de baja autoestima. 

El ómnibus va llegando a Montevideo. Lo freno de golpe. Me bajo en Tres Cruces. En cuanto me acerco al mostrador y calculo la plata, las dudas, los miedos de ir sola a hacer algo a donde no conozco nada ni nadie me habla una pareja con acento extranjero:

“Excuse me, ¿tú vas al Inchalá? Somos de Escocia y llegamos ayer ¿Sabés dónde hay que bajarse?”

Y en ese momento desaparece todo a mi alrededor, llamo a mi vieja y le digo con ese tono de niñita que se le corta el aire de emoción y expectativa: Mamá, mamá…me voy a un festival de psytrance.

Continuará.

Ilustración: Florencia P.

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