Seguramente Colón se peleó con el jefe que tenía o la Reina Isabel le tiró la fría y en vez de un gap year para pensar dijo “A la mierda con todo, ¡me voy a India!” y terminó “descubriendo” un continente (permítanme la licencia narrativa y saquemos un poco todo el contexto histórico nefasto y el hecho que no descubrió ningún continente, blah blah).

Ningún intrépido ni aventurero se fue acompañado de un par, se fueron solos. Se fueron, como se dice ahora tan de moda, a encontrarse y terminaron encontrando algo más grande que ellos y mucho más grande de lo que dejaron atrás. Lo mejor que hice y que he vivido fue por aventurarme sola. Y como ya han leído en el capítulo anterior, eso pasó después de muchos años de vivir de a par. Imagínense a un caracol; así todo pegajoso y lento, que está tratando de armarse una casita de herramientas para la vida en una etapa etaria donde el resto ya tiene hasta la ferretería, (#¿ono?). Ya está todo inventado ¿qué querés inventar?  es una frase propia de mi familia. Aunque esté todo inventado, todo descubierto, por ahí vos no estás reinventado y no te redescubrís a menos que te tomes los vientos; literal o metafóricamente. 

Ese viernes de febrero me tomé los vientos por primera vez. Me subí a un bondi, sin saber muy bien a dónde iba ni cómo iba a llegar, pero me subí y ligué asiento contra la ventana y solari, como el Indio. Perfecto para dormir cuatro o cinco horas de ruta. Siempre digo que soy una mina con suerte, de tanto repetírmelo creo que la suerte también lo cree, viene y me hace compañía en todo lo que haga. Esa misma mañana estaba aprontando las cosas, cosas… no sabía ni qué cosas tenía que aprontar para irme de aventura a lo que para mí era desconocido, y me acordaba de la mufa y la frustración que tenía arriba debido al set mal armado y ejecutado del hippie-dj en el soundtrack de la película de mi vida. Me duermo saliendo de la terminal, como siempre. 

Siento voces y mi cara babeada y torcida de apoyar la cabeza contra la ventana hace un gesto de pocos amigos. Tenía compañía en el asiento de al lado. Medio que me activo y era un pibe, con otros dos pibes parados charlando. Después que hago sinapsis y calculo que ya estoy en la ruta 9, me voy a poner los auriculares y antes de hacerlo me cae la charla a la falda. Hola, ¿todo bien? Disculpame que me senté acá, es que el bondi está lleno y son pila de horas para Rocha ¿Vos a dónde vas? ¿Con quién viniste?

Hola, ah sí. Todo bien, no pasa nada. Voy a Rocha también. Vine sola, pero – mecanismo de supervivencia – me encuentro con unos amigos por allá. 

Y ahí ellos siguieron charlando y de vez en cuando me preguntaban alguna cosa trivial, a la cual (me lleva un tiempo mental la charla de bondi recién despierta) intentaba más o menos responder. Casi llegando a destino me cuentan que se juntan con otros amigos que los van a buscar en camioneta y que después se van todos a la Paloma o a no sé dónde por el carnaval. Cuando les cuento del festival, no tenían ni idea (como a todas las personas con las cuales después hablé del mismo) y me preguntaron cómo iba a hacer para llegar hasta ahí (ruta no sé qué, en el kilómetro no sé cuánto, entre los cerros y campo que van de Rocha a no sé dónde). Les dije la verdad, que todavía no sabía y que quizás me iba a tomar un taxi o algo iba a inventar, porque estaba cayendo la noche y no me pintaba hacer dedo. 

Bajamos en Rocha, sus amigos los estaban esperando. Muy buena onda todos, eran como cinco en total. En la plaza nos pusimos a charlar. Hacemos intercambio de viandas: yo había llevado escones caseros y ellos tenían pasta frola de una de sus madres. So far so good. Y en ese momento uno dice “No te vas a ir sola a esta hora. Nosotros vamos a comprar un asado por acá y te arrimamos antes de irnos”. Y yo pensaba, sola con cinco pibes en un auto, voy a terminar enterrada en una cuneta. Triste pero ese pensamiento me daba vueltas por la cabeza. Entonces ahí empecé lo que en el futuro de las citas virtuales se convertiría en hábito: ¿Nombre y apellido? ¿En qué laburas? ¿Cuál es tu número de cédula? ¿Y el tuyo? A ver, déjame buscarte en Face. Mostrame la placa del auto. Pará que le estoy mandando una foto a mi hermano; y terminé subiéndome con el mensaje “Llamame en una hora y no pares hasta que atienda”.

Vamos por la ruta al medio de la nada, todo oscuro y yo que converso tranquila, converso el triple cuando estoy nerviosa: los atomicé. Llegamos a lo que parecía mi destino. Los pibes, unos amores, no sólo me llevaron sino que cuando hice el ingreso a través del bosquecito todo señalizado con guirnaldas y lucecitas, me acompañaron y me ayudaron a armar la carpa a oscuras, pues esta novata se fue sin linterna. Después de quedarse un rato conmigo mientras terminaba de aprontar mis cosas en lo que parecía algo así como “buscate un lugar por ahí, donde hay más carpas y nada… pone la tuya donde te pinte”, se fueron con un abrazo cada uno y mi eterno agradecimiento. La suerte, muy pilla ella, me guiñaba desde el hombro y me decía “Esto recién empieza”.

Medio que agarro las cosas para encaminarme hacia donde había un fogón o al menos más humanos que carpas y veo salir del bosquecito a un ser… un rubio de 1.80 con una túnica azul hasta los tobillos y una corona de girasoles en su cabeza. Esto es real, no estoy inventando, juro que aunque quisiera no tengo tanta imaginación. Se acerca y con un acento indescifrable me dice “Hola, ¡bienvenida! ¿Te gusta el ácido?”. Mi cara debe haber sido digna de un sticker porque se acercó y me dejó un regalito en la mano y se fue por donde había venido.

Arranco a tratar de reconocer el terreno, entre señalizaciones precarias, bosque nativo, música y algo luminoso en el cielo que indicaba que era por ahí la jugada. Un escenario modesto pero rodeado de instalaciones con símbolos de cubos y triángulos en color neón por un lado, un tipi gigante (carpa indo-americana) por otro lado y cerrando la terna un fogón gigante. Mando un mensaje a mi mamá y mi hermano: “Estoy bien. Creo que llegué a hippieland”.

Me encuentro bailando con la pareja de escoceses que me habían saludado el día anterior, me reconocieron al toque y me ofrecieron whisky con pomelo caliente de una botella de plástico. Me puse a charlar con una japonesa vestida de cardo y a fumar al fogón con un artesano chileno que había viajado por el mundo. Esa noche los colores del festival eran los colores de mi mente. El ser rubio de girasoles me había advertido; te va a transformar. Ahora sé que no era por el ácido.

Al otro día me levanté bastante temprano y el día era una cagada. Medio lluvioso, medio húmedo, hasta los cigarros me habían mojado. Y yo sin mate. Gileé fuerte. Pero no quería cargar al pedo. Me encontré con la bajada de toda la emoción previa y entre reflexiones nubladas me llega un mensaje del hippie-dj haciéndose el copado y preguntándome qué tal iba todo por ahí. Jamás le iba a decir que estaba por quedarme vegetando en mi carpa y esperar que pase lo feo. Al mismo momento también me llega un mensaje de mi hermano. Que vamo arriba, que esto es re zarpado para vos. Que salí de esa carpa y andá a buscarte algo para comer y ponete a recorrer. Okay… Vamos vamos, pequeña exploradora, te sobra cabeza y te falta práctica: just do it

Llego al lugar principal donde había gente vendiendo comida, a un precio que ni ellos tenían idea cual ponerte “¿Y qué se yo? No sé cuánto cobrarte… dame 50 pesos y ta” en acentos raros. Comí algo y veo llegar más gente; con instrumentos, con telas, con cosas. Empieza mi recorrida. Desde los baños secos hasta el recinto principal, supongo donde estaba todo el yeito administrativo de esa gran comuna hippie que prestaba su hogar para el festival. Me entero que hay actividades durante el día: clases y práctica de masajes, taller de permacultura, taller de percusión, taller de danzas africanas. Me fijé en los horarios y a cuál iba a ir. 

El primer taller después de haber recorrido un poco los campos y las cascaditas y el arroyo, fue el de percusión. Había un domo de adobe. Un domo hermoso, que tenía como un deck todo de madera pulida a su alrededor y por dentro era de barro. Circular pero terminaba yendo al cielo como en un cono. Mucha gente se acerca al taller y terminamos todos tocando distintos instrumentos, a distintos ritmos que en un momento empiezan a rodearnos y a armonizar al unísono: la pura vibración de todos los elementos en una sola frecuencia. Extasiada.

Antes del segundo taller me voy a procurar comida, el agua era gratis y había un gran tanque para que todos rellenáramos nuestras botellitas. Vuelvo a caminar, a todo esto ya había salido el sol y un calorcito pegajoso era el invitado que se había hecho desear. Encuentro otra cascada…y poca gente. En ese momento no tuve mejor idea que pensar que mi carpa estaba lo suficientemente lejos como para que me diese paja ir a ponerme el traje de baño, por lo tanto si tan hippie somos todes acá yo me desbolo y me refresco. Dicho y hecho. Sin moros en la costa me gocé como una nutria en los humedales. 

Segundo taller: danzas africanas. Otra vez en el domo. Esta vez en la parte del deck. Descalzos todos. Instrumentos de viento y percusión bastante primitivos, ancestrales podríamos decir. Nos explican distintos movimientos y cadencias. Nos invitan a dejarnos llevar por ellos y por lo que nuestro propio cuerpo siente que está bueno hacer. Quisiera poder explicar con palabras lo que hizo mi cuerpo en ese momento pero por más que lo intento no encuentro un término exacto para decir que se me fue el cuerpo y se me entró el alma. 

Termina el taller. Termina la tarde. Me baño, me cambio. Me apronto y me voy a ver si consigo algo caliente para tomar (noches de campo en Rocha, amigos). A todo esto ya había hablado con la mitad de la comuna de alemanes que había cerca de ahí y estaban de visita, con unos masajistas de Montevideo, con unos holandeses que venían exclusivamente de Brasil para este festival y con otro tanto de brasileros que andaban en esta movida desde hace años. Me acerco a pedir algo así como una sopa y en un acento muy fuerte y patinoso me preguntan en inglés cuánto sale lo que me estoy tomando. Levanto los ojos y me encuentro con la imagen de dos hombres totalmente fuera de lugar: uno de ellos de camisita de vestir blanca, rulos color miel y ojos azules como el cielo de verano antes del anochecer. El otro, una montaña pelirroja y barbuda de 1.85 con la sonrisa más relajada que había visto en años. Nos ponemos los tres a conversar inmediatamente haciendo chistes acerca de nuestro pelo y nuestros looks tan distintos pero a su vez tan similares. Me entero que son fotoperiodistas franceses, que estaban residiendo en Brasil pero vinieron a Montevideo por no sé qué y en una charla con un hippie en Ciudad Vieja le pasaron el dato del festival, alquilaron una camioneta y ahí estaban. Sin mucho más de por medio nos quedamos los tres juntos yendo y viniendo, hablamos de absolutamente todo y de nada, haciendo intercambios de especias tal como un colono en tierra indómita.

Fogón, música, luces psicodélicas del escenario salían por todos lados. Conocimos a un chamán irlandés que iba predicando sus verdades por el mundo. Le sacaron fotos, me sacaron fotos. Hablamos de los planetas, los cometas y las estrellas; aprendí que la Voie Lactée es la Vía Láctea en francés y nunca más me lo olvidé. Esa noche después de tanto tour cósmico, los planetas se alinearon para un poco de amor francés. Es que después de tanto moverse durante el día al ritmo de lo que el cuerpo pedía… el cuerpo pedía más. Esos rulos color miel y ojos azul Francia me dejaron balbuceando ‘uh la la’.

Terminamos yendo no se bien a qué hora pero sí sé bien en qué estado, hasta mi carpa. Ahí el intercambio cultural fue intensivo, profundo y multilinguístico. Las exclamaciones eran en cualquier idioma menos el propio. La noche se hizo día y a ambos nos costaba un poco dejar en paz al otro, al punto de que tuve que salir a tomar aire y del boleo mental y físico que tenía me afirmé de la carpa y le rompí una de las varillas en tres partes…a mi madre le dije que fue una tormenta. No podíamos sacarnos las manos de encima y eso nos hacía reír demasiado como para poder frenarlo. Necesitábamos agua, eso fue lo que nos frenó. Maso que nos levantamos, nos activamos, nos encontramos con el vikingo colorado y nos pusimos a charlar. Ya era el día del regreso y yo todavía no sabía cómo iba a llegar a Rocha. El francés me propone llevarme, él y su compañero, hasta la ciudad. Pero antes querían recorrer un poco esa ruta y parar en un lugar donde le habían recomendado ir. Antes de irnos me llevo de recuerdo un colgante que uso desde ese momento y toco con mis dedos cada vez que pienso que la vida no sorprende, con el símbolo que colgaba en colores neón por toda la fiesta. 

Feliz, todos felices escuchando hip hop y rap en francés arriba de la camioneta, llegamos a una casa hecha de adobe. Tremenda casa, tremendo terreno. El dueño, un español que después de dejar su trabajo formal y vender todo se había venido con su familia a vivir acá y había puesto una especie de restaurante a la carrera en su casa. La mejor tortilla española que me desayuné en mi vida, con un café y después una cerveza casera. Seguimos viaje después de dos horas contándonos anécdotas e historias y de que los franceses sacaran fotos. Llegando hacia Rocha pasamos por el puente y vemos que con el tal calor que hacía un montón de pibes estaban tirándose de ahí al rio. Frena la camioneta. El amor francés que me pide que les hable y les pida permiso para sacarles fotos. Yo empiezo a charlar y les pregunto la altura del puente, lo profundo del agua… ella siempre académica, todo dato; vaya a la práctica, señorita. Y ahí se me ocurre, ¿por qué no tirarme? Ellos se están tirando, lo veo bastante seguro. Hay agua. Tirate. Mis acompañantes internacionales no podían creer que en cuestión de diez segundos, decidí, miré, me saqué los championes, se los dí al fotógrafo y me tiré. No solo me tiré, el pelirrojo con su tamañote estaba un poco acobardado pero cuando me vió se tiró momentos después, sino que cuando nadaba para volver a la orilla me encontré 100 pesos en el agua. 

Me dejan en Rocha, aún sorprendidos y a las carcajadas de la locura que se vivió ese fin de semana. Intentando convencerme que no vuelva a Montevideo, que me vaya con ellos a hacerles de guía por el Cabo Polonio y por Valizas, intercambiamos datos, redes sociales y promesas de volver a encontrarnos en cualquier parte del mundo los tres nuevamente. Aún ahora seguimos en contacto y de vez en cuando nos queremos convencer los unos a los otros de ir hasta Normandía, a San Pablo o a Montevideo. Fue de lo único que me arrepentí a partir de ese verano hasta ahora: no haberme tomado en ese mismo momento los vientos del Este. 

Y ahora hago eso, me tomo los vientos; literal y metafóricamente. Me tomo los vientos de la cotidianidad, de la falta de espontaneidad que se pierde cuando pensás que solo yéndote físicamente a algún lado podés ser feliz. Y me acuerdo de Colón y de Marco Polo y de cualquier otro que haya pasado por algo y sentido la necesidad de tomarse los vientos; y descubrir sabores, colores, olores y personas, pero sobre todo de haberse descubierto a sí mismos a través de cada día que pasa, acá o en donde sea. Mi primer viaje empezó en el Inchalá, pero aún no terminó.

Ilustración: Florencia P.

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