Cuando tenía dieciocho me enojaba mucho con mi papá cuando me catalogaba de “idealista”. Voy a quebrar una lanza por mi “yo pendeja” y argumentar que él le llamaba idealista a tener conciencia de género, de clase, de raza, y ta… lo perdonamos porque ya tiene edad para jubilarse. Sin embargo un poco de razón tenía; cuando salí del liceo me metí en Comunicación, y después de dos años anodinos decidí dejar lo que yo consideraba “tibieza” y ponerme a estudiar cine. Cine cine: no audiovisual, no publicidad, no televisión, no: cine a secas. Siempre tuve un lema interior medio boludo que creo que viene de mi feminismo bebé de que mujer feminista = mujer que todo lo puede, y era que todo lo que yo me propusiera lo iba a lograr. ¿Cómo? Si querés algo le ponés muchísima onda, si le ponés muchísima onda lo vas a hacer bien; si hacés algo bien y con muchísima onda, ¿cómo no vas a poder?

El cine es hermoso, estudiarlo a fondo, ya sea de una forma práctica, con talleres que forjan la creatividad y el pensamiento crítico, con teoría e historia, es todo un viaje único y re mil copado. Aprendí infinitas cosas en mis cuatro años de carrera, una de ellas estando estrechamente ligada a mi estima como mujer artista y/o profesional: no puedo con todo, ni tampoco quiero poder.

Hay algo bastante intuitivo, y es que el cine no es una industria que tenga mucho trabajo en Uruguay (shocker), ni es de fácil acceso: lo mismo que la pintura, que la música, que cualquier arte, digamos. Me gustaría hacer un censo de la gente que vive del arte expresamente acá, y preguntarles cómo mierda hacen. La verdad es que conociendo a la gente correcta, te salen cosas, pero muchas de ellas (ahem, la gran mayoría) no pagan.

¿Se imaginan eso en otra circunstancia? Aprobaste una carrera de por lo menos cuatro años, te formaste y laburás en tu área. Los invito a imaginarse a un abogado trabajando gratis, a un médico, a un arquitecto. Reconozco que hay algo mágico en un grupo de gente reuniéndose y trabajando doce horas por día, a veces hasta sin conocerse previamente, para que salga un corto, un videoclip, en definitiva la visión artística de otra persona. Es súper valioso, y si se le pagara a todos los técnicos, básicamente no se podría filmar.

En Montevideo hay un solo fondo para cortos, abre todos los febreros y tenés pocas chances de ganarlo. No por eso digo no se presenten, está demás hacerlo, pero la probabilidad de que un grupo humano esté filmando un cortometraje con el dinero que realmente conlleva es bastante ínfima.

No estoy inherentemente en contra de todo esto, he sido productora muchas veces de proyectos con escasos recursos, y sin la onda de la gente no hubiera salido ni uno solo de ellos. Pero al terminar mi 2018, miré para atrás y me di cuenta que estaba teniendo casi que crisis nerviosas diarias de la cantidad de laburo que estaba tomando y encarando, y que todavía tenía que pedirle plata a mi viejo para salir a tomar una birra. Con 23 años, Y trabajando (esa es la parte complicada), no podía pagarme el boleto yo solita. Es más, la poca plata que llegué a ganar la invertí en otros proyectos. Pagaba por laburar. Volvamos al ejemplo del médico: ¿se lo imaginan pagando por dar consulta? ¿Que lo suyo sea tan vocacional que pague por hacer un PAP?

Hay un concepto muy complicado de que el arte no genera dinero acá. Después tenés a gente en Estados Unidos que cobra un millón de dólares por filmar un capítulo de 20 minutos para una serie, pero el cine de acá “nadie lo ve” (nunca entendí por qué al uruguayo no lo mueve la sensibilidad uruguaya) y que si no generás guita, no ganás guita. Eso hace que el arte, que permitirse hacer arte, tienda a ser un lujo, una actividad burguesa. Yo me di cuenta que el amor al arte no me paga las salidas, ni el gimnasio, ni eventualmente la independencia. ¿Y qué joven uruguayo no se quiere independizar, con todo lo que cuesta? Y qué difícil es verlo lejos aún trabajando un montón.

Después de estar peleada un tiempo con la carrera, e incluso un tiempo con el cine (hasta hace un mes por ejemplo, casi que ya no veía películas), mi resolución fue seguir haciendo cosas por amor al arte, pero muy limitadamente, vivir de otra cosa. Podrán preguntarse, ¿quién estudia cuatro años una cosa de la que no quiere vivir? No sé si volviendo atrás hubiera elegido otra cosa. Me sorprende mirar para atrás y pensar en mi yo apenas más chica, convencida que podía con todo por lo que realmente amaba y me movilizaba, y ahora mirar más hacia acá y ver como soy un ser más pragmático, más frío quizás, más bajado a tierra. Odio admitirlo pero mi padre tenía razón, y yo, por suerte, no le encuentro nada desvalorizador ni de “vendido” a hacer publicidad, redes sociales, ni laburar en una oficina seis horas por día, si siempre sé que día del mes cobro y cuanto. Mi salud mental está mucho mejor dentro de ciertos parámetros que conllevan cierta constancia, cierta rutina, ciertas seguridades, y poder pagarme yo esa birra (no hay nada más triste que tomar con plata de tus padres).

No cambio haber estudiado arte porque te forma de una manera sumamente sensible y crítica, y a apreciar cosas cotidianas que es mi motor de todos los días, de encontrarle el yeito a la vida por esas cosas chiquitas pero hermosas que vemos y sentimos en una película, en una pintura, en una canción. Por puro romanticismo.

Por eso no voy a mentir, igual, a pesar de que aprendí lo que funciona para mí, un poco los envidio a los que disfrutan de esa incertidumbre aventurera, romántica, la que yo siento (es probable que infundadamente) que hace a las personas ser más “interesantes”, o a las mujeres más ese estereotipo mío de “mujer fuerte con convicciones que todo lo puede”. La realidad es que como mujer no tengo por qué ser “fuerte”, es decir, arriesgar mi salud mental y la tranquilidad o paz que quiero tener en mi día a día por algo que me gusta. Y eso seguro es tener convicciones.

Texto: Florencia P.

Foto: Martina Vilar

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