¿A alguna le pasaba que de adolescente su primer acercamiento a la militancia fue querer que prohíban las clases obligatorias de educación física? Yo tenía la materia como tal, y además a la tarde, un deporte obligatorio. Odiaba ambos.

Caso aparte de que sí me sigue pareciendo horrible poner una clase de gimnasia en horario curricular y asistir todo chivado a matemática y literatura, con el tiempo dejé de pensar y reproducir el concepto de que la educación física no sirve para nada. Lo que sí, me llevó mucho tiempo poder amigarme con ella lo suficiente como para practicarla asiduamente en un lugar que me sintiera cómoda.

A raíz de un posteo reciente de la página de “Mujeres Que No Fueron Tapa” (síganlas porque es alucinante su laburo) me di cuenta realmente que esto que yo experimenté toda mi vida lo comparte un gran número de mujeres: desde gurisas en el liceo hasta de grandes yendo a gimnasios pagos. 

La realidad es que hay gente que ya de chica tiene la predisposición a ser buena en los deportes, ya sea por el físico, por la crianza, por los intereses, etc. Yo no era una de ellas, la idea de sudar, quedar roja, y jugar mal a un deporte competitivo frente a mis compañeros me daba mucha, demasiada vergüenza. Cuando practicaba un deporte, no tenía control alguno sobre cómo lucía, y mientras uno en un aula normal puede llegar a responder mal a una pregunta o decir una burrada, no es algo tan humillante. Ser malo para las materias más intelectuales resultaba mucho más cool que ser malo para los deportes. Además, soy de las personas más blancas que conozco y no tienen idea el tono de rojo bermellón que adopta mi cara solamente con la entrada en calor.

El problema acá, es la postura que toman los profesores respecto a estos sucesos naturales. Estoy segura que ellos saben que hay gente que le da vergüenza hacer gimnasia delante de sus pares, porque además, todo de adolescente te da vergüenza. Recuerdo nítidamente que en el período del año que juntaban a nenas y varones para jugar juntos al volley, nos ordenaban del peor al mejor jugador, para que el mejor hiciera equipo con el peor, el segundo mejor con el segundo peor, y así sucesivamente. ¿Qué clase de estima querés que tenga con mi desempeño físico, que es una manifestación de mi cuerpo -algo que seguro nos generaba pila de inseguridad a todos- si me estás catalogando como el peor jugador de la clase? Ni un bully se atrevió a tanto. Infaltable era, obvio, el agite de la profe, que intentaba ser canchera diciéndonos que si no hacíamos un ejercicio bien (ergo: no teníamos un cuerpo atlético) no íbamos a conseguir novio.

Más adelante ya, después de egresar del liceo, y disfrutar con mucha satisfacción de los dos últimos años de bachillerato “deporte free”, empecé a notar un cambio en mi cuerpo sedentario. Mi mamá por ese momento era profe de pilates en el extinto gimnasio Mujeres, así que me anoté allí.

Yo también… un gimnasio en pleno Pocitos… Me sentía una rea al lado de todas las mujeres que iban combineta con sus equipos Reebok, Adidas y Nike, con rimmel a prueba de agua en las pestañas. Además, ese sorprendente ADN de cheta que hace que además de no sudar ni una gota y permanecer regia e impávida frente a ejercicio extenuante, tampoco se te forme ni un rulo al lado de la oreja de tu pelo perfectamente lacio y rubio.

Ojo, acá no estoy bardeando a las mujeres que eligen adoptar una impronta súper ““““femenina”””” o por demás “““prolija””” en el momento de sus vidas que se les cante, quiero enfatizar esto. Aunque me encantaría pensar que estas mujeres cumplían con esas “reglas” canónicas porque les salía del coño, lo más probable es que lo hicieran para cumplir con la expectativa de género que la mujer tiene que estar impecable y ser deseable hasta en el momento más incómodo de su existencia. Después ves fotos de Lu Lopilato pariendo toda maquillada, y pensás que tenés que ser bella hasta cuando te sale una persona chica de la concha. Y todo esto lo infiero no porque se me cantó, sino porque más que que yo no me sintiera cómoda en ese gimnasio, es que ellas no me hacían sentir cómoda, porque se notaba su desaprobación. Siendo más chica, no tenía la personalidad para clavar una remera de los Redondos para ir al gimnasio. De verdad me importaba todo eso, y a algunos profes también, que solo le daban bola a las pibas que lucían bien en el gym, no sé si con intención de levante o qué. Pero no me duró mucho ese gimnasio, ni el siguiente, que además era en Punta Carretas.

En el posteo de “Mujeres Que No Fueron Tapa” se toca mucho todo este tema. Nosotras sintiéndonos inadecuadas haciendo ejercicio frente a otra gente, con todo lo que conlleva nuestra complicada valorización sobre nuestro físico. Expuestas a miradas mala onda o a comentarios despectivos de los profesores o alumnas, que en muchas ocasiones en los posteos que leí, opinaban abiertamente sobre los cuerpos femeninos, y hasta les ponían una rutina basada en lo que ELLOS creían era mejor para sus cuerpos, sin importar la opinión de la chica en cuestión: la DUEÑA del cuerpo digamos. La vergüenza es un sentimiento muy fuerte, y no la sentimos porque sí, sino porque nos la hacen sentir. No me voy a adentrar en la sexualización del cuerpo femenino y en la cultura del Photoshop, pero viene todo muy de la mano, y es un ciclo de sufrimiento jodido. Queremos vernos mejor pero pasando por el proceso que para muchas es traumático de ser la piba que no encara nada en el gimnasio, de ser la que está fuera de forma o la que se viste mal.

Decidí que todas esas circunstancias me bajaban más la autoestima de lo que me la subían los cambios en mi cuerpo, por lo tanto, no valía la pena. Intenté salir a correr por mi cuenta (spoiler alert: si no tienen práctica no lo hagan), hacer esa rutina imposible de Kayla Itsines en casa, que la empecé exactamente cuatro veces y lo máximo que me duró fue un mes (spoiler alert: te sentís una re boluda saltando una cuerda imaginaria en tu cuarto mientras el resto de tu familia siente ruido de golpes aleatorios tres veces por semana), y finalmente me entregué a mi amor por caminar de un lado al otro como único ejercicio (spoiler alert: no suele ser suficiente).

Hasta hace poco- que la nueva venida adultez me hizo ser un poco más confianzuda y cuidarme más a mí misma. Me hago chequeos, me testeo, me hago el pap (¡auch!), me hice una cuenta en el banco y soy toda una experta en aguardar en línea. Con todos estos cambios también acompañó una realidad: laburo en mi casa, sentada en una compu, y eso me genera ansiedad, quietud y mala postura por demasía. Hablando también con Tamara Acuña en esta entrevista que pueden leer acá, me di mucha cuenta lo relegado que tenía mi cuerpo a un segundo plano, cuando es la mitad de lo que me constituye. Cada vez más sentía que la actividad física era algo que tenía que hacer, además de para sentirme bien físicamente, y conmigo misma, para sentirme bien psicológicamente. Eso es el pico de la adultez, no hay con qué darle.

Después de considerar opciones, decidí sumarme a una amiga que hace funcional. El hecho de tener una amiga en la clase me hacía sentir 200% mejor. Menos insegura. Después me llegó la data de que eran clases mixtas y tuve un flashback de guerra del ranking de mejor a peor en volley del liceo.

Por suerte no fue nada de eso, y ayer hasta fui a clase sin mi amiga (lo cual para muchos es una gilada pero para mí es un logro). Nadie te mira, ni te da pelota, y no tuve que dejar medio sueldo en Nike para sentirme a tono. Los profesores son personas que se nota realmente que lo suyo es vocacional, y solo te hacen sentir bien.

Pibas, no se queden en un lugar que las haga sentir inadecuadas, ni valoricen algo por la persona que lo enseña. El ejercicio es importantísimo para el ser humano, y es normal quedar roja, o chivar, o estar fuera de forma. Trial and error hasta dar con el lugar adecuado, y preferible que les quede lejos a que les quede en frente y no vayan porque está lleno de gente insufrible de nariz respingada. Yo hasta poso para la foto del final de la clase, pasando infinita vergüenza, pero en definitiva, a nadie más le importa esta vez.

Texto: Florencia P.

Ilustración: Carolina Gil

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