Hacía un tiempo que quería escribir esta nota, acerca de esta persona y de este vínculo. Hacía tiempo que iba y venía la idea, dibujando la columna respecto a qué iba a decir y cómo iba a decirlo… Hacía tiempo que lo iba a hacer pero estaba esperando que se diera una instancia de cierre; algo así como un capítulo final, pero las circunstancias no se daban, la persona no aparecía y pues era algo así como una historia sin fin, pero sin el perro peludo volador. 

Meses atrás me mudé de barrio, de casa, de todo. Durante ese período disfruté de cambios, de reconocer el barrio, hacerme rutinas nuevas, descubrir cómo entra la luz del sol en cada cuarto, saber dónde tengo cerca las paradas de buses y los supermercados que abren hasta tarde. A uno de estos supermercados, el más cercano no así el más barato, lo frecuentaba con bastante asiduidad. La mayoría de las veces que voy al super, lo cual odio enfáticamente, voy apurada o voy un poco fumada. La primera me pone en modo “salir de ahí lo más rápido que sea” y la segunda me pone en “no me acuerdo a qué venía y espero no me requiera mucha interacción la compra”. En un super chiquito de barrio uno empieza a saludar; saludás a los vecinos, saludas a los empleados, saludas al de la caja. Siempre saludo, a todo el mundo todo el tiempo porque considero que es lo mínimo de amabilidad. Un día en los cuales caigo sin saber qué era lo que iba a comprar vuelvo a tierra cuando el que atiende la caja me pregunta a ver si también iba a llevar cigarros (como siempre lo hago y a veces me olvido), levanto los ojos y lo encuentro a él: el supermercadero. Un bombón rubiecito, de ojitos verdes y tan alto que podría sentirme tan feliz como un koala trepando eucaliptos. 

A partir de ese día que me anotó en el debe una caja de cigarros bajo mi nombre empezaron pequeñas interacciones: siempre había alguna excusa para algún chiste o algún comentario referente a qué iba a cocinar yo ese día o alguna trivialidad, íbamos de a poquito comentando cosas personales pero tampoco se podía generar mucha charla en un intercambio comercial de esa índole. Uno de esos días fui varias veces ya que me pasaba olvidando de cosas para festejar mi cumpleaños. Esperaba a todos mis amigos, estaba haciendo mi propia torta y ahí el supermercadero me recomienda determinada cobertura de chocolate con el comentario al pie: ¿Y mi invitación al cumpleaños? Con una sonora carcajada le contesto que no lo conozco como para invitarlo pero que si van mis amigos a comprar cosas que les haga precio y capaz que con suerte podría llevarle un pedacito de torta de chocolate. No mucho más. Cada oportunidad que tuvo a partir de eso fue para sacar charla reclamando la torta. Ahora que lo pienso, me alegro que haya sido bastante descarado en intentar sacar conversación y por mi parte, por más que tenía muchas ganas de coquetear y enterarme de la vida del supermercadero, tampoco quería hacer de mi tienda usual un lugar donde andar quemando todo. En esas breves interacciones me empecé a enterar que no era taaan supermercadero como yo pensaba, sino que de a poco me iba tirando datos, como quien tira información de su curriculum… Edad (sorprendentemente era un año mayor que yo… Finally!), Colegio, idiomas, viajes y vida. Me causó mucha gracia que quisiera impresionarme pensando que podría tener algún prejuicio respecto a si era fielmente empleado de supermercado o no. Pero cada pedacito de información me interesaba más conocerlo y tuvo el efecto logrado… Puede pasar a la entrevista personal. 

Una noche diluviaba, llegué casi al cierre del super toda empapada. Lo encuentro a él, solo y como siempre, un poco aburrido de las últimas horas cuando no va nadie. Empezamos a conversar y volvió a reclamar su pedacito de torta, como ese pequeño chiste usual, hasta que sin más le dije “Cuando vos me invites a comer algo ahí podemos ver que yo te cocine algo”. Claro, mucha charla mucha charla pero ahora estamos solos. Se ríe, y entonces cuando me estoy yendo me pide el teléfono, mis preguntas antes de darlo: ¿Estado civil?¿ Hijos? Lo dejé frío pero muy sonriente contestó que separado y que tenía dos. En la mayoría de los casos evito salir con alguien con hijos pero esta vez dejé pasar el detalle porque a esta edad la gran mayoría viene con exceso de equipaje en todo sentido, otra de las ventajas de salir con pibes menores que yo.

No hubo mensajes hasta un par de días después. Estaba saliendo del cine con un amigo cuando recibo un mensaje de un número desconocido que me saluda como “Vecina, que tal está la noche?” y ahí supe que era él; siempre me saludaba así. Me invita a tomar algo por el barrio. Me cuenta que está por cerrar pero que antes de encontrarnos (y cito) se va a “poner lindo” para vernos. Me maté de risa por el empeño y porque su descaro no tenía límites. Nos encontramos en un bar y fue demasiado natural y fluida toda nuestra charla. Birra va, birra viene; tenía una camisa de flores muy copada a decir verdad sobre ese cuerpito de ex deportista profesional: el perfumado esmero. Lo primero que le dije fue: Pase lo que pase o lo que no pase no pienso dejar de ir a al super, porque me queda cerca y porque abre hasta tarde, así que separemos los tantos, ¿ta? Muchas risas de por medio y concordando que ya no tenemos 15 como para pelotudeces ahí nos enteramos que nos gustan muchas cosas similares, lugares que frecuentamos sin habernos cruzado y bastante gente en común que no sabíamos que teníamos. Nos fuimos abrazados, sin siquiera un beso de por medio pero con ganas de dormir juntos. Sí, dije bien, más allá de que este artículo lo estoy escribiendo con un poco de baba, nos re pintaba dormir juntos, aún no sé por qué. Y así fue. Esa noche con la advertencia de “Mirá que no va a pasar nada hoy porque no me pinta” me quedé en su casa y dormimos demasiado bien: descubrí un mimoso que se dejaba apapachar sin sentirse acosado y que retrucaba al apapachamiento con una dosis doble.

A partir de ese momento empezó una rutina que de rutina sólo tenía la continuidad de los hechos mas nunca de lo tedioso: cerraba el super y venía para casa: a veces 2, 3 o 4 veces por semana… Según la semana, según su vida y según la mía. Es que dejenme explicar, era una de ser extremadamente parecidos en la manera de vincularnos que nos tenía enviciados. La receta perfecta entre el pegoterío mimoso y todas las chanchadas que pueden imaginarse y las que no también. Generalmente no se encuentra eso así de fácil, que se dejen en todo. La frase “dejate querer” suelo decírsela a mi gato antes de acosarlo a apretujones y no es nada más ni nada menos que “dejate hacer y me dejo hacer… Déjate ser y me dejo ser”. ¿Cómo es eso? Poder estar horas con la manos uno arriba del otro y dormir cucharita llenándonos de besos y al mismo tiempo si te descuidas hay tercer round a las 4am: sin piedad. Sí, leyeron bien, tercer round… Ahora entienden por qué la baba. Y al otro día el que se levantara primero mimoseaba al otro, besito, buen día y  saber que nos íbamos a ver en otro momento. No generaba ansiedad, no generaba “¿me escribirá?, ¿le escribiré?”. Sin necesidad de andar en conversación de rutina pedorra de whatsapp toda el día, sin andar inmiscuyendo en las 8 horas de hámster laboral del otro, sin siquiera andar preguntando de forma random a las 4 pm “¿En que andas? ¿Cómo va tu día?”. Algún meme medio cochino de mí hacia a él, como chiste interno, sabiendo que podía hacerlo reír era lo que me gustaba hacerle para sacarlo de contexto. El vínculo no era virtual. Esto era de carne y hueso.  Y cuánta falta hace eso en tiempos de tinder, eh. 

Puedo acordarme de todas las veces que tenía que ir al super y él se había ido de casa un par de horas antes, haciéndome pequeños comentarios al pasar, viéndome bostezar “Durmió poco, vecina?” riéndose entre dientes de cómo me molestaba que me dejara toda colorada y en falso. Con la amenaza de mi parte que algún día lo iba a dejar pegado frente a sus empleados. Cómo iba por el costado para alcanzarme algo y se hacía el boludo mientras me pasaba una mano por la cintura. De esta historia casi no sabía nadie, no por algo en particular sino porque no se sabía muy bien qué tipo de historia era. Los días se hicieron semanas y después algún que otro mes. En un momento al señor se le ocurrió caer una hora antes de lo acordado y quedarse ahí en la cocina con todos mis amigos que estábamos terminando de cenar. A partir de ese momento se tomaba la libertad de tirarme algún chiste interno en las idas al super con mis amigos, como el día que me trajo un vino de regalo y después me pregunta frente a una amiga (la cual no sabía nada de él) si me había gustado el regalo. Le advertí nuevamente, a él le divertía y a mí me ponía un poco nerviosa esa exposición; no estoy acostumbrada a andar haciendo alarde de lo que pasa por mi casa o mi cama. Incluso había aprendido a abrirse solo y a dejarme la llave arriba de la mesa en una jugada maestra que aún estoy por descubrir.

Para que puedan entender aún más lo peculiar y sorprendente que me resultaba toda esta dinámica, muchas veces he tenido un tema al respecto de los vínculos íntimos: la gran mayoría de las personas flashean con la intensidad física… Se piensa que la intimidad sólo refiere a lo sexual y no que lo sexual se refiere a toda la intimidad. O peor, que la intensidad en la intimidad es involucrarse hasta la coronilla de amor romántico y de novela.  La intimidad para mí es recorrer al otro, tomarse el tiempo de explorarle hasta los lunares en la espalda, hacerlo derretir de caricias o que al otro día a la mañana mi compañero de casa pregunte a ver qué le hice esta vez de todo lo que lo escuchó. Es que se ponga tu bata que le queda muy corta y divertida, es encontrarlo durmiendo boca abajo y morderle el traste porque sí. Es tirarse en el sofá a ver algo y terminar haciendo guerra de cosquillas, o rompiendo una mesa de vidrio por ser tan torpes los dos. Una cosa no quita la otra, al contrario… Puedo perderme en tu cuerpo y vos perderte en el mío, pero no puedo perderme solo con curtir. Con curtir la puedo pasar bien, mejor o peor. Y generalmente uno llega a una meseta de tres o cuatro encuentros con cualquier otra persona en los cuales piensa “ok, no creo que pasemos mejor que esto” y en este caso pasaron los días, las semanas… Y la vida me sorprendía con qué cada momento superaba al anterior.  Él confesaba que no era muy reincidente en ese sentido, generalmente no pasaba de las 2 o 3 visitas y yo le inventé el sobrenombre de Reincidente Calle ****** (mi calle). Y así íbamos,  de siestas o de noches compartidas. Incluso en algunos momentos medios jodidos en su vida y la mía (coincidimos con quilombos al mismo tiempo) de a poco, porque hasta en eso somos bastante parecidos, nos íbamos aventurando a contarnos algo y refugiarnos mutuamente sin invadirnos, como para darle contexto al otro de lo que había pasado en el día y así estar al tanto del ánimo mutuo. 

Las frases de este vínculo en esos meses fueron:

-Si andas curtiendo por ahí avísame.
-Esto puede seguir todo lo que vos quieras, pero no te involucres. 

Unos tiernos nosotros. 

Un día, pero no como cualquier otro, el supermercadero me clava el visto. Muy raro porque no nos escribimos con esa asiduidad de saliente primerizo, entonces le puse la fría: pelotudeces a mí no, si estás para esa avísame y chaucito, ¿qué pasa? A lo cual me entero que está para volver con una ex, que nosotros la pasamos divino y que no era nada conmigo pero que quería intentar esa relación y para ello tendría que encarar for real con varias cosas de su vida; incluyendo el andar picoteando por ahí. Sin gloria pero con algo de pena porque finalmente había dado con un supermercadero que me proveía de un surtido insustituible; dulce, salado, picante y una variedad inconmensurable  de productos que excedían la canasta básica a la cual una venía humildemente accediendo en otros centros comerciales. Se me escurría el proveedor de tantas alegrías sin cobrarme ni un solo dolor de cabeza, dejándome siempre en el haber y nunca en el debe. Pero bueno, a lo hecho pecho y de mi parte ni media intromisión en su nuevo proyecto. Le deseé mucha suerte y hasta siempre, amigos. De todas maneras lo iba a cruzar en el super, o al menos eso me imaginé.

Y un día ya no está más, no habrá sido ni una o dos semanas después que me dio de baja. Y ahí fssss… Desvaneció, como un espejismo. Gran parte de mí no se inmutó y pensó que mejor así. Ya que aunque yo seguía con otras cosas dando vueltas en mi vida, siempre que me lo cruzase no iba a dejar de acordarme de ese leoncito rubio trayéndome chocolate y dejándome su olor en la almohadita amarilla que me robaba de madrugada. Las semanas pasaron y un día de repente me lo encuentro en la meca de la electrónica montevideana. Sorpresa, alegría, saludos y unas ganas de charlar que quedaron colgadas en el ruido y en la noche. Al día siguiente lo invité a tomar una y que me actualizara de cómo es que cambió todo el super, los empleados y él tan rápidamente. Me tira que por respeto a con quien salía no le parecía buena idea y la dejé por esa, te invité a una cerveza outdoors, no a mi cama. Pero en fin, así quedó el último mensaje. Volví a cruzármelo en el mismo lugar con los mismos resultados, yo estaba mucho en la mía y él en la suya: somos parecidos, lo dije. 

Pasó el tiempo y quienes conocían la historia dos por tres me preguntaban qué era de la vida del supermercadero. Eso me hacía flashbacks de las noches eternas y las mañanas gloriosas que supimos compartir, añorando un poco todo ese revoloteo de sábanas y de risas y aún peor cuando seguía conociendo gente pero ningún otro supermercadero que hiciera honor a su apodo. No le escribí, no me lo crucé… Hasta hace unos días en la meca. Volvemos a saludarnos y la misma historia, alegría y cada uno en su mundillo. Tan en mi mundillo estaba que creo que me vio chuponeando con alguien más ninguno se percató de cuando el otro se fue ni con quien. Recibo un mensaje pasando el mediodía… Para dormir la siesta juntos. Casi me da algo. No hay mensajes del tipo “que si, que no” como en otras historias. Acá es sí o sí, si hablamos es porque sí. Viene para casa… Nos encontramos después del after. 

El rencuentro… ¿Cómo explicarlo sin ser gráfica? Digamos que fue para ambos el mejor after del after que hubo. Que todo el ruido que hubo en el after previo quedó en silencio después que nos abrazamos un rato y nos miramos. Que no había mejor lugar que ahí ni mejor momento que ese. Que fue de recordarnos las pieles, los olores, las miradas, las caricias… Parar y volver a empezar, como que no queríamos terminar para dormirnos sino seguir haciendo de esa cama y esa tarde nuestra isla en el mundo. No sabíamos la hora, no sabíamos ni cómo estaba afuera, no importaba. Por primera vez hablamos más de lo usual, de lo que fue estar sin vernos, de lo que pasó en la vida del otro en ese tiempo. Se terminó su relación; crónica de una muerte anunciada. Y aunque realmente lo lamenté por él, ya que le tengo cariño y jamás me generó nada negativo su presencia ni su ausencia, me alegré por mí. Fuimos, incluso para lo que nos cuesta a ambos, un poco más directos con las palabras y nos dijimos cómo nos hacía sentir el otro, cómo se echaba de menos todo eso que se había generado. La forma en que somos físicamente el uno con el otro no deja lugar a tanta elocuencia verbal, porque no hay espacio entre todo lo que nos manifestamos con los ojos y con las manos. La palabra de él para esa tarde/noche/mañana fue extasiado. Y mi frase fue, “todo lo que está bien está en esta cama”, mientras desnudos nos dabamos de comer el uno al otro un lemon pie como único alimento del día. Dormimos sin casi despegarnos durante 10 horas.

Le confesé durante el desayuno que lo había pensado y que seguro lo había invocado, porque la realidad es que hacia un par de semanas, no sé por qué, me andaba rondando por la cabeza. Me costó decirle directamente durante la noche que de alguna manera lo había extrañado, me cuestan esas cosas. También le confesé que estaba escribiendo artículos acerca de mi vida y que aún no quería escribir el de él porque sabía en el fondo que todavía le faltaba un final a esta historia. A lo cual me contesta sonriendo, con el té con leche en la mano, que ahora tengo el capítulo pero seguramente no iba a ser el final. 

Y lo sé porque se dejó su cargador en mi mesa de luz. La del 30.

Definitivamente esta historia por ahora es sin fin; babosa, pícara, cariñosa, confianzuda y con una sonrisa de gancho que no se puede disimular ni con un pasamontañas camuflado.

Ilustración: Florencia P.

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