Suena el teléfono. 

Estoy acostada con las piernas apoyadas en la pared. Esta pirueta, digna de un circo ruso, es mi inútil intento de que bajen las buenas ideas o de agitar a las que se están refugiando en algún rincón inhóspito de mi cuerpo para que decidan venir a mí. 

El teléfono sigue sonando.

¿Qué hora es? ¿Le di de comer a Pachicha? 

Miro para el costado y ahí está. Noble canino de tres patas, con el pelo más enredado que el mío y una pintita negra en el ojo izquierdo. 

Sí, le di de comer dos veces hoy. 

El teléfono y su timbre que, a esta altura, ya forma parte del ambiente y me da hasta un poco de pena contestarlo y suprimir esa vibración que como una abeja enojada llena el ambiente. 

—¿Hola? 

—Cecilia, hola, soy Gustavo. Te llamo porque me quedé con un sabor amargo luego de nuestra última charla. 

—Ah… Sí. Estuviste un poco duro conmigo a decir verdad.

Había sido cruel como nunca. Si ella hubiera sido la personificación de uno de esos jueguitos donde hay varios agujeros y un topo mecánico sale aleatoriamente de alguno, Gustavo, sin dudas, era el martillo que incesante buscaba la cabeza del próximo que fuera lo suficientemente valiente como para asomarse, con la intención de devolverlo al agujero oscuro del que había salido. Y no le había errado a uno solo; tenía el mejor puntaje de todo el juego. 

—Ya sé. No fue mi intención, en verdad, y quería aclarar todo porque….

A esta altura ya me imagino toda la perorata que se viene a continuación. Él pidiéndome perdón, buscando alguna excusa—porque siempre la tiene—que valga por su comportamiento, una rutina casi ortopédica de la cual no hay forma de escapar. 

—…te juro que no lo había pensado hasta ese entonces, pero ahora lo veo todo con una claridad…

Miro el vuelo de una mosca con una concentración digna de un monje. La miro tan detenidamente que hasta creo que hay cierta ósmosis entre nosotras. Con su batir de alas tan efímero y sutil, guía mi vista hacia puntos de la habitación en los que usualmente no reparo jamás. Aquella vieja cuadernola Papiros del 2005, el detalle del florero de mi abuela, los pelos de Pachicha en la silla azul, mi propio reflejo en el espejo. 

—…y esto hace tiempo que lo vengo pensando, en serio, o bueno, más bien sintiendo…

De repente, como si algo en mí supiera que se acerca un huracán, salgo del modo automático en el que me encuentro y empiezo a escuchar con detenimiento las palabras de Gustavo. Es la calma previa al desenlace de la tormenta. 

—…no necesito que me lo digas vos también, ni mucho menos…

Siento como los músculos de mi mandíbula se tensan. Ahora, esa misma tensión la siento cerca del pecho. 

—…la verdad es que yo…

Mis puños se cierran como si quisiera triturar mis propios huesos.

—…te…

La mirada se me nubla y ya no puedo reconocer ni a Pachicha, ni a la mosca, ni al espejo, ni a mi cuarto. 

—…a…

Me falta el aire. Como si mis pulmones súbitamente hubieran decidido cambiar de estado, de materia. Ahora todo es piedra, granito, asfalto, mármol. Mi respiración se apaga lenta, pero segura, como una computadora con Windows 98. 

—…m…

Ya no siento los dedos de las manos ni de los pies. Ya no soy una bípeda presencia viviente. Todo lo humano me ha abandonado y dejado a la merced de este nuevo suceso paranormal. El tiempo ha desistido de su temporalidad; las palabras, de su significado. Algo desconocido brota con la fuerza de mil soles. Es imparable. Siento como los átomos de mi cuerpo se dicen “adiós” para luego romper el vínculo que los une. Se separan y yo me abro con ellos.

—…o…

¡PUM! Exploto.

 Miles de papelitos de colores brotan de las profundidades de mi ser: rojos, azules, amarillos, alguno que otro turquesa, un par verdes. Despiertan a Pachicha que empieza a ladrar como loco con una perplejidad que ni siquiera creí posible en un can. Todo está suspendido en el aire, en el tiempo, en el momento. Cada papelito traza un recorrido que solo él sabe y que afronta con tanta confianza como si supiera exactamente cuál es el próximo giro que debe dar. Atemporales flotan entre los rayos que se cuelan por la rendija de la ventana y las partículas de polvo que son típicas de esta época en Setiembre. 

—¿Hola? ¿Ceci, estás ahí?

Autora: Mokosa
Foto: Martina Vilar

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