Me acuerdo como si fuera ayer la primera y única vez que me hicieron esta pregunta tan simple pero que me dejó en un ruido de 0,001 segundos mientras pensaba qué responder. Fue en uno de mis trabajos, y por su naturaleza por ahí se estilaba identificarse verbalmente cada vez que se entraba o se salía del recinto, con la gran mayoría ya me conocía pero un día a mi salida alguien nuevo me pregunta: Señora, ¿cuál es su gracia? Hasta ese momento yo no sabía que la pregunta se refiere a tu nombre (te regalo este dato) y ahí, mientras esperaban mi respuesta yo me hacía un planteo digno de un libro de autoayuda. ¿Cuál es mi gracia? Al principio, cruda y honestamente, pensé que podrían ser mis chistes o los eructos en confianza de los cuales se quejan algunos amigues, pero no podía responder eso. Ante mi perplejidad, el interlocutor repregunta: ¿Cuál es su nombre, señora?

Durante todo el trayecto del bondi a casa no podía dejar de reírme de mi ignorancia pero por otro lado no podía dejar de pensar en la pregunta: ¿Cuál es tu gracia? Gracia como gracioso, gracia como peculiar, gracia como lo que te hace grácil o lo que te vino de fábrica como un barniz que en vos agarra determinado tono. Conté la historia en casa y obviamente, mi familia también se burló y nos pusimos a pensar cuál sería mi gracia. Surgieron muchas anécdotas y todas terminaban apuntando a lo mismo: suerte. Me recordaron de varias oportunidades en que me he ganado cosas: compré un ticket para mi propia torta en la época de los sorteos de escuela y me la gané (imaginen la cara de mi madre cuando volví con lo que me había llevado). Gané una cuatrifecta en el hipódromo solamente eligiendo a los caballos por sus nombres y colores. Gané un televisor en una fiesta de fin de año en un club al cual era la primera vez que iba. He encontrado plata, ganado plata de arriba, hasta Antel me dijo una vez que me debían dos mil pesos.  Y en esas anécdotas encontrábamos más, no sólo era el azar. Mi gracia es la suerte, la alineación de determinadas circunstancias para un resultado que siempre de alguna manera es sorprendente y positivo. Esto no quita que no tenga equis cantidad de episodios de bajón, cagadas, malas decisiones y pelotudeces propias de un humano normal; pero son sólo episodios, y como ya han leído en otra oportunidad, me considero una mina con suerte. Haters van a decir que es mayormente manguear, otros que es ligar y verse beneficiada en algo de forma propiciada o no: dependiendo del día podría concordar con ambos. Pero no funcionaría esa gracia sin dos factores claves: arrojo y simpatía. 

Situaciones como ir de viaje con tu hermano en el ferry, hacerle chistes entre ambos a uno que trabaja ahí y terminar viajando en la VIP dos veces más. Es no tener plata para una fiesta que te morís por ir y un conocido te regala dos entradas porque le habías comentado que te encantaba el artista. Suerte es pensar en voz alta y hacerte cabeza con el tipo de apto que amarías y terminar encontrando uno así; es estar medio sin laburo pero pensar que cuando la pegues fijo vas a encontrar ese que te queda a 15min de bondi y en un horario perfecto, y que suceda. Es estar de viaje y por pedir fuego terminas fumando uno con unos barras brava de un cuadro croata que te adopta como amuleto de la suerte durante tres días. Es lo que hace que una amiga te pida a vos de regalo de cumple y te mande un pasaje a Centroamérica cuando estabas que no sabías que ibas a hacer de tu vida ese verano. Suerte es conocer gente increíble porque te acercaste o porque simplemente estás permeable. Podría hacer un raconto de todas esas situaciones y aun así me quedaría sin alguna por mencionar. 

En esta ocasión estaba de vacaciones en Santa Teresa: feliz, naturaleza, sol, todo eso que está bien. Fui sola, era la primera vez que acampaba muchos días sola (la única vivencia sola de camping fue en el festival de psytrance) y fue de las mejores experiencias que he tenido, altamente recomendable. Las preocupaciones se vuelven ocupaciones (comida, hacer fuego, etc) y no hay espacio para traqueteo mental. La noche anterior había aprontado las cosas con un ex con el cual tenemos muy buena relación mas no somos pareja hace ya bastante. Tomando y charlando me ayudó a armar todo el tetris. Me había dado no sé cuántas recomendaciones, mi madre también, todo el mundo. Un amigo me prestó un hacha, para supervivencia y defensa. 

Llegando, mientras pienso cómo mover mis petates de la entrada hasta donde quería ir, y de curiosa hablando, encuentro a alguien que también venía solo y que no sabía cómo llegar a destino. Nos combinamos y nos fuimos en una camionetita de esas internas. Arrancamos bien, sino me salía carísimo llegar. Yo sabía exactamente donde iba a acampar y poner la carpa: ni muy lejos ni muy cerca de los baños, almacén y playa, bosque a la espalda y un claro al frente. Ahí mismo llegué y armé todo. Hice mi fogón, con piedras y una parrillita en la que había invertido 250 pesos en Tristán Narvaja. La sillita de flores. Estaba orgullosa y me sentía una vikinga zen.  

Al terminar levanto la vista y veo el “barrio”. Conté a unos pocos vecinos. Había un grupo humano bastante grande a una distancia prudencial. Nadie muy cerca, nadie muy alejado. Mis rutinas eran las más básicas: me levantaba temprano, activaba el desayuno, pasaba por el almacén (estaban de vivos a veces y te abrían a cualquier hora), calentaba agua y me iba a la playa. Volvía pasando el mediodía, comía algo, siesta, y después a meterse al bosque con el hacha a sacar bastante leña caída y ramas como para un bautismo pagano. Volver a la playa, subir, bañarse, hacer el fuego, cocinar, escuchar música durante todo el proceso, leer, tomar algo, fumar algo y cuando se agotara la leña, a dormir. Modo repeat durante varios días: felicidad en formato paz. 

Un día pasó lo que iba a pasar: una lluvia que se cagaba. Estaba anunciado y me preparé cual romano en expansión: canaletas profundas a morir. Un detalle no menor fue no haber separado leña bajo el toldo. La mañana siguiente a la tormenta, de la cual salí invicta y feliz lavándome el pelo con un chorrete que caía del árbol más cercano, me doy cuenta que no puedo calentar el agua. Todo mojado, almacén cerrado y yo recontra tempranera como para mirar a la nada pensando en todo mientras se escucha a Zitarrosa. Miro alrededor y encuentro que en el otro camping, que usualmente había más gente, estaban dos pibes calentando agua. Me acerco y como quien pide una tacita de azúcar fui y pedí calentar el agua ahí. Mientras esperamos, todos recién levantados y reflexivos, nos ponemos a charlar y de a poco van apareciendo unos más. Después que armé el mate, agradecí y me fui, tampoco la idea era crashear su espacio. Consideré al gesto muy amable de su parte y a la vuelta de la playa me ofrecí a traerles algo del super, ya que iba para ahí y son como tres cuadras de camping. Pidieron azúcar y tabaco. A partir de ese momento, empezamos a interactuar más, eran como nueve, diez u once… Dependiendo del día. Un grupo humano maravilloso que con los días se volvió mi familia adoptiva de vacaciones. A partir de ese día sólo iba a mi carpa a dormir y hasta por ahí no más. Uní fuerzas, llevé mi silla y lo que podía aportar a la causa. Malabares, almuerzos juntos, fogatas eternas y tequila del parlante. Caminatas, bailes de caipiriña a las 5 de la tarde en la playa y bidones hechos tupper de comidas comunitarias. Ese grupo humano hizo del comienzo del 2019 lo que sería el lema del resto del año: Abundancia y gratitud. 

Se terminó el verano. Intercambio de instagrams y rutina. Hablábamos muy esporádicamente pero seguíamos en contacto. Siempre pensando en esos días de calor en los cuales la única preocupación era quedarse sin hielo. Con algunos interactuaba más y con otros no tanto. Con una de ellas hablábamos más, pero nos parecía que no era suficiente. Era como una suerte de amor de verano pero de amistad (canten conmigo a Airbag acá). Luego de meses de siempre agitar y nunca realmente vernos tuvimos esta conversación sentadas en mi balcón:

-Nos llevamos re bien. Yo te quiero conocer, quiero pasar tiempo contigo
-¡Yo también! Somos unas pelotudas, tenemos que vernos más seguido. Salgamos juntas a lo que sea.
-Quiero ser tu amiga
-Yo también quiero ser tu amiga

Y surgió esa dinámica de cita friend-like. Ambas estábamos pasando por varios cambios de nuestras dinámicas de amistades más cercanas y lo que antes parecía que no había espacio para hacer que crezca, se terminó abriendo completamente para ambas y empezamos a vernos. Tan seguido que a partir de un momento empezamos a ser parte de la rutina semanal una de la otra. Desde ir a la plaza a tomar una, hasta pasar el día del niño juntas, compartir pensamientos, horas charlando y descubrir todo lo que te une al otro y todo lo que podes aprender del otro está ahí: si te das y si das. Apoyarnos, contenernos, escucharnos. Pasar de no hablar nunca hasta saber cuando le va a venir. Conocer su vida, su historia, contarnos nuestros temores y sueños. Hacer proyectos juntas y reírnos de lo que nos cuesta llevarlos a cabo. Es darle espacio a una nueva persona en tu vida con la cual ahora sabés que podés contar y que ella puede contar. Es salir de tu casa a las una y media de la mañana un día de semana a tomar una porque fue su primer día de trabajo y querer hacer algo especial de ese momento. Es que te insista con cariño e interés a expresarte de todo eso que te duele y que te abrace mientras descargas ese moco. Esa misma amiga cumplía años en breve y como pedido de pre-cumple quería ir a un festival de rock juntas.

Los festivales de rock los dejé a los 20 y algo… Me gusta el rock, me copa el rock, no me copan mucho los ambientes con taaanta gente y con varios escenarios. De todas maneras, era importante para ella y por ende era importante para mí. También iban a ir otros del campamento y ya veníamos juntándonos bastante seguido. Ella ya tenía su entrada, y a mí que era más que nada por acompañarla me puse como objetivo participar en cuanto sorteo haya ya que no me pintaba pagar. Si fuese, que fuese de arriba… ¡Que sea rock! Y ahí se me ocurre. Casualmente vivo frente a una productora musical que sabía iba a estar participando en el festival. Nunca los veo, o cuando los veo están en horarios raros y yo también. Nos saludamos con algunos, de balcón a patio y no mucho más. Dos semanas antes del festival los veo y ahí como un flash hago un cartel que dice: “Vecinos, ¿Sale una entrada para Cosquín el sábado? Puedo cargar equipos”. Les hago señas para que vean el cartel. Me miran y empiezan a reírse. Me dicen que todavía falta pero que esté atenta. La historia quedó como chiste y le mandé la foto del cartel a mi amiga. Seguíamos participando en sorteos, ella empecinada que tenía que ir con ella. Que teníamos que compartir ese momento. Yo cada vez más manija pero aún negada a querer comprar la entrada. Viernes previo al festival estoy sentada en casa después de mi jornada: señora-like tomando la merienda y mirando “La ley y el orden”. Suena el timbre. A ver, 2019 nadie toca el timbre; a mí me gritan desde abajo o me mandan mensaje. La dejé por esa. Vuelve a sonar el timbre. Salgo al balcón y me gritan de en frente: Necesitamos tu nombre para dejarte las entradas en boletería. ¿Cómo, cómo? Sí, te vamos a dejar dos entradas a tu nombre en boletería. Empecé a saltar en el balcón y a agradecerles con mil expresiones de excitement. Llamo a mi amiga en pleno horario laboral y después que no me atiende me escribe enseguida. Qué cuál es la urgencia. Me llama preocupada, a ver qué me pasó que la llamo como si fuese de vida o muerte, y le digo en un chillido: “Vamos al festivaaaaaal”.

Después de un viaje de bus mirando toda la costa y poniéndonos al día, bajamos y una pareja de mendocinos nos pregunta cómo llegar al predio. Arrancamos todos para el mismo lado y luego nos encontramos con unos amigos. Minutos después compramos la ganga del siglo, un pack para la ocasión en un lugar que solo vendían eso: $150 una cerveza helada y una caja de cigarros. La tarde no podía empezar mejor. Solcito primaveral. Llegamos a la boletería y pedimos la entrada. ¿Nombre? Mmmm… Vos sabés que acá no me aparece. ¿Quién decís te las dejó? Mmmm… ¿Sabés el apellido? Entré en pánico. Nunca había preguntado. Empecé a contarle la historia a la chica de cómo había conseguido la entrada. Entre mis desvaríos, la cara de “me importa un pedo” de la de la boletería, y mi amiga que ya estaba buscando una reventa cerca de la puerta, yo seguía insistiendo. Hablé con gente usando remeras de producción, volví a preguntarle a la muchacha y después de 20 minutos de espera -no sé si por lástima o porque realmente aparecieron- me dio dos entradas. Otra vez, empiezo a saltar de alegría y llego toda muy contenta a que me revisen para poder entrar. 

– ¡Qué alegría! La única que viene cantando y saltando- Me dice el de control.
-Claaa… Estamos en festival, ¡¡¡woooo!!! Mañana son distintas las entradas, ¿no? De otro color.
-Sí, pero sabés qué… Mañana yo voy a estar acá, así que pasá por este mismo lado y entrás.
-EH ¡¿Estás seguro?! 
-Sí, sí, mañana vení que con esa alegría pasás.

El festival iba de mejor en mejor. Felicidad, saltando, tomando. Grupo de amigos de Santa Teresa, amigos que después conocí gracia a los amigos de Santa Teresa. A gritos de ¡Festival wooooo! Todos cantando, todos viviendo ese barro woodstockiano. Subo una historia solamente del brazalete obtenido con mi gracia y me cae un mensaje: ¿Estás ahí? ¿Tenés por casualidad entrada extra? Estoy con mi novia acá en la puerta y no tamos para pagar el full price. Guiño guiño a mi amiga: plata para el choripán y la cerveza. Facilité la entrada en una maniobra permitida por el mismo seguridad que me iba a dejar pasar al siguiente día.

Viví momentos increíbles en el festival. Ver la cara de felicidad de mi amiga mientras le hacíamos coreo ranchera a una canción. Extasiadas al momento en que Babasónicos empieza su show, abrazadas, emocionadas; felices de compartir ese momento mágico. Entre risas y luces nos miramos y le digo: Mirá si no hubiese ido a manguear agua caliente…

Ilustración: Florencia P

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