Nota de HĒRA: Este artículo refleja una perspectiva que se adhiere a determinadas ideas dentro de una ideología perteneciente al feminismo. La revista no declara estar de acuerdo ni en desacuerdo: es un espacio que alienta la diversidad de opiniones.

Siempre fui una persona muy introspectiva. Generalmente las cosas que me pasan no se gestan en mi cuerpo sin antes tocar la puerta de mi cerebro e informarle que van a pasar por allí para quedarse un ratito. Por ser así, generalmente, siempre hablo las cosas a tiempo, siempre las exorcizo cuando es debido, e ignorar algo que me pasa no es algo sencillo para mí. Sin embargo hay cosas que me suceden, que me cuesta más llevarlas a otra preocupación diaria que hablar con mis amigas porque la hallo más abstracto. Quizás sin solución. No sé cómo exorcisarlo, no sé cómo hablarlo, es un conflicto interno entre mi socialización y mi toma de conciencia que me deja imposibilitada.

Siempre he escrito bastante sobre mi viaje como feminista. Desde los principios conflictuados, hasta el asentamiento de ciertos ideales sobre los cuales no lograba pronunciarme antes, vengo siempre constantemente chequeando conmigo misma cada paso del camino para entender cómo me siento. Empezar a identificarse con la palabra “feminista” es algo que sacude nuestra identidad y socialización desde los cimientos, cambia la forma en que comprendemos el mundo, nuestros vínculos, nuestra relación con nosotras mismas. 

Hace bastante poquito que me considero ideológicamente anti-pornografía y abolicionista. Fue un proceso largo que nació en la liberalidad, luego en un conflicto interno conmigo misma por no tener una opinión formada de ninguno de los extremos, y que lentamente tomó partido por estas ideas. No entraré en temas de radicalismo y sus controversias, porque ya me he pronunciado al respecto, y no es lo que a este artículo le interesa. Pensemos, para facilitar las cosas, que no estoy hablando de teoría radical (de la cual no puede decir que sé tanto tampoco) sino solo de estas dos ideas y cómo me impactaron. A su vez, también porque intento no ser camisetista y embanderarme de algo ciegamente sin aceptar que entiendo perfectamente porque hay gente que piensa distinto.

Abolicionismo no es prohibicionismo, es una distinción importante. El hombre de por sí está socializado para que nosotras le importemos un huevo, imagínense además la estima que pueden llegar a tenerle a una mujer que ejerce la prostitución. Hay mucha gente que compara a la prostitución con otros trabajos físicos, con la construcción, con ser deportista. O incluso con trabajos que consideran tienen facetas humillantes, como quién te limpia el baño químico de un evento multitudinario. Ni idea, siento que todas esas visiones simplifican de una manera tremenda la cantidad de complejidades que tiene el sexo, el consentimiento, el sometimiento del hombre a la mujer, la trata, las mujeres empobrecidas. Y, sobre ese último punto, veo mucho apoyo desde dentro de la industria de unas pocas mujeres burguesas que desean ven a la prostitución como libre elección. En mi criterio eso no debería lograr que se regule para ellas algo para lo cual son la clara excepción.

La pornografía como concepto no me parecería mal, en un mundo post-feminista. Porque filmarse cogiendo y ver a dos personas (o más) desconocidas cogiendo en internet no es algo que considero que esté inherentemente mal. El problema, claro está, es en los ideales que residen en el porno. Para empezar, cualquier adolescente hormonal va a naturalmente sentirse atraído a consumir pornografía- está literalmente al alcance de tu bolsillo, y llena una curiosidad nata. Pero la llena de ideas completamente irreales y erróneas, que obvio son en detrimento de la mujer. Las categorías son espeluznantes (la cantidad de pibas de 18 años que apenas lucen adultas con el pelo atado en dos colitas para parecer menores de edad es un claro ejemplo), y el nivel de violencia sexual que se maneja es suficiente como para 15 millones de estudios sociológicos (pensemos que inmediatamente después de la muerte de Natacha Jaitt, su nombre era tendencia en páginas porno). Hay muchísima violencia en el porno, muchísimos cuerpos irreales, muchísima desinformación, y las chicas que están metidas en eso, no necesariamente viven cosas menos reales y horrorosas que las prostitutas.

¿Por qué hablo de todo esto? Porque como mencioné tomar conciencia, lo que yo considero para mí tomar conciencia, nos sacude por completo. Sería extraño que tomar posturas que son consideradas radicales no influyeran en nuestra vida cotidiana, pero no pensé que me fuera a calar tan hondo. Claramente que la mujer es sexualizada hasta el cansancio es algo que todas sabemos, hasta por inercia, desde que existimos. Todas en algún momento vimos algo de Tinelli, todas fuimos alguna vez a bailar y vimos a nuestras amigas cagándose de frío. Pero a mí personalmente ver hasta qué punto y en qué manera tan profunda esto está metido en lo más salado de nuestra sociedad y de nuestras cabezas, me partió. 

Es difícil poder señalar cosas que a las mujeres nos excitan que tienen raíz en ser oprimidas. A mi me genera un conflicto bestial porque a pesar de que no fui criada a porno nunca vi ningún problema con consumirlo. Nunca me dio expectativas irreales del sexo per se, pero sí te encontrás naturalizando cosas que van mucho más al hueso y son bastante más imperceptibles. Los gemidos desaforados de las actrices porno, las miradas de deseo desde un plano picado que sitúa al hombre por encima y a la mujer de rodillas completamente desvivida por chupar una pija. Los tirones de pelo y los “puta” o “putita”, “hija de puta”, “pendeja”. ¿Por qué nos excitan esas cosas? ¿Nos socializaron para que nos exciten? ¿Las bucaneras hasta arriba son para parecer colegialas menores de edad? No termino de entender donde está la línea de lo que nos creemos por todos los siglos de abuso.

Encuentro estas cosas hasta en lo más cotidiano, y me pregunto si es biológico o es el mundo del porno. Que el tipo sea más grande y más alto que vos, que tenga las manos más grandes para ponértelas alrededor del cuello. ¿Es el cachote ocasional un juego de adrenalina? ¿O qué mierda es?

Detesto decir y admitir que todo el cuestionamiento con raíz sexual que tiene el feminismo, la apertura de ojos, la toma de conciencia, ha resultado quizás en eso de lo que nos acusan los incel: me la baja. Me la seca. Me deja frígida. Lo que me pasa es algo así como si uno de los perros de Pavlov hubiera entendido lo que hace la campana, pero igual tuviera hambre.

Si vamos un poco más a lo hondo, a prácticas quizás más estandarizas de violencia y dolor consentidas dentro del sexo, he hablado con diversas personas, hombres y mujeres, que disfrutan estar tanto del lado del que lo recibe como del que da. Lo hablo pila, porque está cada vez más normalizado y me cuesta entender desde qué lado viene. Aunque hay quienes opinan que el juego dominación/sumisión va por el lado del control, de la adrenalina, de que el dolor y el placer están estrechamente ligados, también veo que es alarmantemente más grande el número de mujeres a las que le gustan que las ahorquen, y quizás más alarmantemente, más grande el número de hombres que disfruta de ahorcar mujeres.

Consumo, me imagino como la gran mayoría de la gente, muchos medios estadounidenses, y veo como su “new normal”, digamos, su revolución de las cosas que nos están tocando ahora: el feminismo, la comunidad LGBT, etc, los llevan a vivir la sexualidad con los que ellos llaman “sex positivity”. La noción controversial de que seguir sexualizando mujeres porque esta vez son ellas las que se sexualizan es empoderante. Entonces tenés videos estilo BuzzFeed que hacen a una persona elegir entre un grupo de personas quién es o no “un/a trabajador/a sexual”. Ellos pasan adelante y narran su experiencia en la prostitución y la pornografía como un trabajo cotidiano. Esa es su forma de seguir adelante y construir una sexualidad que para ellos contempla a las mujeres, a los gays, a los bisexuales, a las lesbianas, a la gente trans. No me parece mal per se, pero yo no me siento identificada con esa forma mas no sé cómo construir la mía.

¿Cómo se construye un deseo sexual sano y feminista si ni siquiera sabemos qué deseos son inherentes a nosotras y cuales están enraizados en una tradición machista y profundamente abusiva?

Les dejo la pregunta porque no tengo la respuesta.

Fotografía: Carolina Fynn

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