Con Lorenzo nos conocíamos hacía casi seis años. Yo me había enamorado la primera vez que lo vi mientras leía sola en una cafetería del centro de Milán y él cayó con un mate y un termo chiquito abajo del brazo. Le hablé porque me pareció muy uruguayo pero en realidad era italiano, hablaba un español cuestionable con un acento muy tierno que había adquirido en sus meses viajando por Latinoamérica, y como los últimos tres meses de su viaje los pasó en Argentina, hablaba de “vos” y pronunciaba la ye y la doble ele como yo.

Me senté con él y tomamos un café, y cuando pedimos la cuenta, me invitó a cenar a su casa. En ese momento me invadió la misma emoción de cuando matcheo con uno de tinder que me gusta mucho, pero mucho más intensa porque con él ya habíamos superado la incertidumbre de la primera cita.

Cuando salimos de la cafetería me mencionó muy alegremente que él también andaba en bici así que nos podíamos ir juntos directo a su casa, y como Lorenzo realmente tenía los ojos muy verdes y los dedos muy largos y había leído muchos más libros de los que es necesario haber leído para gustarme, me daba muchísima vergüenza decirle que no creía que mis piernas fueran capaces de pedalear 75 cuadras, es decir 68 cuadras más de las que jamás pedalearía, así que le respondí que sí, que obvio, que awesome. Es que yo odio andar en bicicleta y sólo la uso si la cantidad de cuadras hasta mi destino son tan pocas que no se justifica siquiera subirme a un bondi, y mi límite de distancia caminable es bajísimo porque me gusta menos moverme que laburar, así que que mi regla personal es más o menos así: de 1 a 3 cuadras, caminata; de 3 a 7 cuadras, bicicleta y más de 8 cuadras, bondi o subte o cualquier cosa que me traslade sin mayor esfuerzo.

La cafetería que había elegido me quedaba a unas cinco o seis cuadras de casa así que siguiendo esta lógica, había ido en la bici. La regla de Lorenzo era igual a la mía pero cambiando la palabra cuadras por la palabra kilómetros, y su casa quedaba a la distancia límite entre bicicleta y bondi de su regla, es decir 7 kilómetros y medio, pero ante la duda, para Lorenzo siempre es bici, (y de más está decir que para mí, ante la duda siempre es lo que implique moverme menos).

Desde ese día y todos los días que le siguieron a ese café, quise impresionar a Lorenzo con cada una de mis actitudes, así que esa fue sólo la primera vez que hice algo que no quería hacer para impresionarlo, y a esa la siguieron incontables otras veces durante los 6 años que estuvimos juntos, como la vez que se metió al agua helada del Mar Báltico y yo me desnudé aun siendo pleno invierno y lo seguí, y abrazada a mí misma adentro del agua con la piel toda erizada le dije lo ridículo que me parecía estar cagados de frío pudiendo estar calentitos y él me respondió lo hermoso que le parecía que me metiera al agua helada para acompañarlo a pesar de que sabía que es algo que yo jamás hubiera hecho. Quizás ese fue el momento que lo arruinó todo. Él supo que yo estaba haciendo algo que jamás haría por iniciativa propia simplemente para hacerlo feliz, para acompañarlo, y eso le gustó, lo celebró, y yo, que nunca fui muy fuerte, supe que de ahí en más siempre iba a tener que anteponer ser la novia piola a ser la persona que hace lo que tiene ganas de hacer. Me pasé seis años siendo una novia piola, anduve muchísimo en bicicleta, aprendí a comer verduras y sobre todo aprendí a comer verduras crudas, me desperté temprano para salir a caminar absolutamente en contra de mi voluntad un montón de domingos, salí a bares hasta la madrugada, tomé incontables litros de cerveza y la cerveza no me gusta, jugué al volley con sus amigos todos los días de aquellas vacaciones en la montaña, leí no sé cuántos libros que me recomendó a pesar de que mi cerebro solo aguantaba leerlos de a 3 páginas porque me aburrían, acaté al pacto que mantuvimos sin excepción de que él cocinaba y yo lavaba los platos, cogía absolutamente todas las noches aun si no tenía ganas y accedí a adoptar un gato, animal traicionero si los hay. Esto último fue lo único de lo que no me arrepiento: todos mis prejuicios sobre una mascota que jamás había tenido fueron masacrados por el amor incondicional que aprendí a sentir por nuestra gata Raúl. La adoptamos pensando que era un gato, pero resultó ser gata, era negra con algunas manchas blancas en el hocico y las patitas, perdía un montón de pelo y me despertaba pidiéndome comida casi todas las madrugadas, pero a mí nada de lo que hiciera Raúl me molestaba y todo lo que hacía me parecía digno de sacarle fotos.

No es que todo con Lorenzo fuera horrible, su compañía y su presencia me hacían genuinamente feliz y también por eso me esforzaba tanto en asegurarme de que eso no se acabara nunca.

Ese año habíamos decidido irnos de viaje a Islandia y yo estaba muy emocionada, me imaginaba lo lindo que sería dormir en una carpa en el medio de la nada, coger a la luz de las auroras boreales, leer durante horas con mi cabeza apoyada en sus piernas, caminar por las montañas y sacar las fotos más espectaculares que haya sacado en la vida. En esas cosas por suerte siempre nos entendíamos, nos gustaba hacer más o menos las mismas cosas cuando estábamos de viaje. Él se podía pasar horas y horas escribiendo cosas que después me leía en voz alta, y yo que siempre viajaba con mi cajita de acuarelas podía aprovechar todas esas horas para dibujarlo a él o lo que sea que tuviéramos a nuestro alrededor. También a los dos nos gustaba caminar y sacar fotos y en esas caminatas encontrar algún lugar random en donde yo le chuparía la pija for the lols.

Sacamos los pasajes casi tres meses antes así que con la impaciencia que me caracteriza me pasé contando 84 días uno por uno hasta que llegó el día del vuelo. Es curioso que volar no me dé miedo a pesar de que le tengo pánico a las alturas. No puedo mirar para abajo desde mi propio balcón y sería incapaz de vivir en un piso más alto que el segundo o tercero porque solo mirar por la ventana me resulta peligroso. Tampoco soy fan de las escaleras ni muchísmo menos de los juegos de ningún parque de diversiones. Fui a todos los Disney del planeta, Orlando, California, París, Tokyo y Hong Kong, pero jamás me subí a ningún juego al que no se subiría un niño de tres años. No puedo cambiar ni las lamparitas de luz de mi casa porque subirme a una silla ya me hace imaginarme mínimo fractura de cráneo o muletas por el resto de mi vida. Una vez una bruja me dijo que seguro en otra vida me morí en un accidente de avión, pero repito, yo a los aviones no les tengo miedo. Tuve que buscarme una explicación a esto porque me harté de la gente. La gente me harta por muchas cosas, pero esto fue realmente algo que me llevó a discutir a los gritos con quien dudara de mi propio trauma argumentando que cómo voy a decir que tengo miedo a las alturas si he volado en avión miles de veces. Es insólito que una tenga que dar explicaciones de algo tan personal, pero la gente suele ser muy imbécil y me llevaron a preguntarme a mí misma cómo puede ser que pueda subirme a un tubo gigante que de la nada vuela pero no me anime a pararme en el water para pasarle la escoba a las telas de arañas del techo del baño. Así que me aprendí un argumento de memoria: mi miedo no es a estar arriba, mi miedo es a chocarme con lo que está abajo, y cuando estoy arriba de un avión y miro por la ventana solo veo nubes esponjosas que me recuerdan más a un algodón de azúcar que a un politraumatismo o la muerte cerebral.

Un martes de mañana aterrizamos en Reykjavík y con una mochila no mucho menos pesada que mi cuerpo me dispuse a seguir a Lorenzo hasta el hostel en donde nos íbamos a quedar la primera noche. Yo nunca aprendí dónde queda el norte y no me ubico ni mirando google maps, así que siempre que puedo me dejo guiar por un otro, y Lorenzo era especialmente bueno en eso de siempre saber dónde estaba parado. Él lo atribuía a no sé qué gen que supuestamente arrastran los hombres desde tiempos ancestrales cuando eran cazadores mientras las mujeres criaban hijos, y entonces el macho alfa tuvo que aprender a orientarse para volver al hogar. Yo le decía que sí claro porque siempre hacía cualquier cosa con tal de no discutir con Lorenzo, asentía sin chistar y onomatopeyando un “aham, aham” cada vez que él reforzaba algún estereotipo machista alabando su pito mágico y todopoderoso. Lorenzo no era malo, sólo era un pelotudo al que yo amaba muchísimo.

Después de caminar unos 20 minutos llegamos al hostel, nos bañamos y salimos a buscar algo para comer. Nos queríamos acostar temprano porque al día siguiente a la mañana salíamos hacia las termas naturales Myvatn Baths, en donde supuestamente el ambiente era helado pero el agua era calentita, tan caliente que si entrabas muy de golpe casi que te quemabas.

Después de dar vueltas por el centro un rato nos sentamos en un restorán que ofrecía descuentos para estudiantes y compartimos un plato de hákarl que es tiburón curado para eliminar el exceso de ácido úrico. Llenos y contentos nos fuimos a dormir en una habitación compartida con seis personas más.

Al otro día nos despertamos antes de que saliera el sol y nos fuimos a la terminal a esperar el bondi que nos llevaría a las Myvatn Baths. El viaje duraba cinco horas de las cuales dormimos al menos cuatro. Al llegar decidimos ir directo a las aguas termales sin antes pasar por el hostel para poder aprovechar mejor el día, no teníamos tantas cosas pero sobre todo nada era muy valioso y además Islandia está catalogado como el país más seguro del mundo así que nada malo podía pasar.

Llegamos al lugar, hicimos campamento en donde nos pareció más cómodo y con el frío más frío que sentí en mi vida me puse un bikini. Esperé a que Lorenzo se cambiara con la parsimonia que lo caracterizaba mientras tiritaba y me iba poniendo violeta de a poco.

–Dale, amor, me cago de frío.

–Andá yendo si querés, yo ahora voy.

Pero yo odiaba “ir yendo”, odiaba que a él nunca le importara mucho separarnos en ninguna situación, y obviamente que en este caso era una boludez y no me afectaría en nada, pero el cúmulo de situaciones en la que a él no le importaba que yo fuera yendo hacían que hirviera de bronca cada vez que eso pasaba, pero por supuesto, como siempre, no decía nada, lo miraba y lo esperaba, como mucho revoleaba un poco los ojos como señal de enojo, (señal que por supuesto nunca notó).

Cuando yo ya no sentía los pies y casi no podía mover la boca, Lorenzo terminó de acomodar sus pertenencias y empezamos a caminar hacia el agua, que era una especie de lago que se encontraba en un valle entre dos montañas no muy altas pero sí lo suficiente como para que hubieran puesto una especie de miradores que también funcionaban como trampolines. Habíamos dejado nuestras cosas bastante en lo alto de una de las montañas y empezamos a bajar de a poco, temblando y con dolor en los pies y las manos, pero con la tranquilidad de que pronto estaríamos cubiertos de agua calentita. Mi idea era bajar hasta el final de la montaña y meternos a las termas cuanto antes, pero Lorenzo quiso acercarnos al mirador. Yo hubiera preferido bajar lo más rápido posible, pero junté fuerzas y lo seguí, tampoco implicaba caminar mucho más y con el frío que hacía seguro él tampoco iba a querer quedarse mucho tiempo ahí. El mirador era una construcción de madera parecida a un muelle pero a once metros de distancia del agua. Once metros significa cinco jugadores de la NBA, siete yos, 31 perros salchichas. Significa 69 inodoros apilados uno arriba del otro. Es mi miedo a cambiar una lamparita multiplicado por infinito. Miré para abajo durante una milésima de segundo y sentí cómo mi corazón se paraba y yo me olvidaba del frío. Lorenzo, sin embargo, como si no hiciera seis años desde que me conocía me propuso saltar. Otra vez, Lorenzo no era malo, pero era tremendamente boludo. Me miró ilusionado y me dijo –¿Saltamos?–, como si realmente se olvidara de que me estaba pidiendo algo que para mí era literalmente imposible. Mi cerebro entonces se debatía entre la muerte cerebral y la desilusión que iba a sentir Lorenzo si yo no lo acompañaba a tamaña aventura, “que para eso estamos”, “que para eso viajamos”, “que para eso vivimos”, eran siempre las frases que usaba cuando me veía dudar en alguna de sus ideas y a las que yo siempre, indefectiblemente terminaba accediendo, porque antes muerta que no lo suficientemente piola para él. La adrenalina is a thing, y en esa lucha interna entre morir o desilusionarlo mi mente se olvidó del frío, pero yo no lograba olvidarme de mi miedo a las alturas. Lo intenté, hice el esfuerzo, pensé cierro los ojos y salto y si me muero me muero y si sobrevivo me gano el amor incondicional de un Lorenzo agradecido y fascinado por lo tremendamente audaz que resulté ser. Cerré los ojos y pensé, perdí la noción del espacio y el tiempo, no era yo la que pensaba, era como si una yo todopoderosa me hubiera poseído y estuviera atando cabos y tomando decisiones por mí. No sé cuántos segundos pasaron, quizás fueron minutos, sólo sé que mi cerebro funcionaba sin que yo lo estuviera haciendo funcionar, así como los que estuvieron cerca de la muerte cuentan cómo les pasó toda su vida por delante, a mí en ese momento me pasaron por delante los seis años de noviazgo, todas las comidas horribles que comí para no decepcionarlo, todas las veces que tuve que lavar los platos, los libros que leí con tedio para no admitir que me aburrían, las veces que me dejé coger para que él se fuera a dormir contento, cómo en cuatro años de convivencia él jamás lavó el baño y todas esas veces que dijo que a él algo le salía mejor porque para los varones es más fácil.

Entonces le dije –Saltá vos primero y yo salto después–, y Lorenzo saltó. Yo me di media vuelta, subí hasta donde estaban nuestras cosas, me puse el jean, un buzo, dos pares de medias, la campera, y las botas, arranqué un pedazo de mapa y con un sharpie negro escribí: “Me voy yendo”, y me fui, volví a la terminal, me compré el primer pasaje de vuelta a Reykjavík y de ahí me fui a Vík a ver auroras boreales con el ruido del mar de fondo. En cuanto tuve internet cambie mi vuelo para 3 días antes y aproveché para ir a nuestro apartamento y sacar todas mis cosas.

Arriba de la mesa le dejé mi juego de llaves y otro papelito que decía “Me fui”.

Texto: Ini Müller

Foto: Martina Vilar

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