Voy a generalizar y decir que todes crecimos creyendo que hay dos tipos de mujeres, las trolas y las tiernas. Parece que cuando nosotras entramos en la adolescencia (al menos en mi generación) había que elegir si pertenecer a un grupo o al otro.

Las trolas son las que se comportan en cierto sentido con la moral de un hombre, las que no tienen problema en tomar la iniciativa, las que disfrutan de mostrar su cuerpo porque no sienten que hacerlo las desvalorice, las que les gusta tener sexo y lo buscan sin mucha vuelta, las fiesteras, las pajeras, las que hablan sobre sexualidad sin pudor y cuando cogen se divierten porque como se conocen saben lo que quieren hacer o que les hagan. Se nos enseñó desde chiquites que esas son para la joda porque para algo “serio” está el otro grupo, el de las tiernas. Las que aman “de verdad” con compromiso y lealtad, las que son difíciles, las que queres presentarle a tu familia y deseas como madre de tus hijos.

Esa dicotomía me generaba dudas. Por un lado mientras mis amigas tenían sexo yo aún esperaba a alguien especial para mi primer beso y llenaba mis cuadernolas con poemas de amor -que tierna-. Pero por otro lado me hacía pajas todos los días y siempre me gustaban por lo menos tres –que trola-.

Finalmente me quedé con este último grupo, porque la rebeldía adolescente pegó bravo y me mandé con todas abanderándome de la causa por completo.

El patriarcado me incomodaba y, paradójicamente, queriendo alejarme de sus mandatos terminaba siendo machista igual;  decía “te pones re minita” cuando alguien hablaba de sus sentimientos, o “que bronca tener pepa y no pija”. Está claro que en realidad yo no odiaba ser mujer, que lo que odiaba era que no pudiera estar sin remera, que no pudiera mear por ahí como los hombres, o mi propia creencia errónea de que tenía que reprimir mi sensibilidad porque el amor era cosa de esas princesas de Disney que tan poco me representaban.

Por suerte aquella represión de mi lado tierno se terminó enseguida, me enamoré a los 17 y la fuerza del amor hizo lo suyo. Abracé profundamente esa parte de mí que siempre estuvo, la enamoradiza, comprendiendo que una cosa no quitaba la otra y que era merecedora de respeto y amor por más libre sexualmente que fuese.

Entonces a esa edad, para no perder la militancia ni “el respeto a mi pareja” les decía a todes (un poco chiste y un poco porque así lo creía) que yo era “una trola no practicante”. Me acuerdo que conocí al feminismo en esa época y eso me aclaró bastantes inquietudes, iba a la Marcha de las Putas con un cartel que decía “ni de la iglesia ni del estado y ni de mi novio, mi cuerpo es mío” y aunque me sentía medio mentirosa con ese cartel (porque en el fondo la monogamia tiene un poco de “soy tuya”) igual tenía por fin mis dos partes en paz: la trola y la tierna.

Cuento esto porque me resulta extraño como a pesar de una desconstrucción tan temprana aún hay veces que siento que me tengo que explicar que una cosa no quita la otra, que me lo tengo que recordar a mí misma para no reprimirme ninguna de las dos partes, pero también explicárselo a otros hombres que aún no saben que ellos pueden seguir siendo “trolas” (no hay un término paralelo para la “promiscuidad” de ellos, obvio) y también ser tiernos.

A ellos, que les ensañaron a reprimir sus emociones, que le dicen desde chiquitos que el verdadero hombre se quiere coger todo lo que camina, que le hicieron creer que decir te amo a otro hombre es de puto y que los mensajes tiernos a las mujeres son de pollerudo; a ellos también les cuesta entender que una cosa no quita la otra. Muchos están procesando todavía que mostrar sentimientos no es una señal de vulnerabilidad, que el amor no es algo exclusivo del noviazgo, que permitirse querer y ser queridos no les va a quitar libertades, que pueden demostrar interés por un tipo de encuentro que no sea sexual sin que eso vaya a significar que la relación “está avanzando” (como si ese avanzar implicara un peso).

Parece una tarea sencilla pero aún sigue siendo difícil seas hombre, mujer o no binarie, gay, bi o hetero, poder alinear la libertad de nuestros cuerpos con la libertad de nuestro sentir. Nos creemos muy evolucionades por amar desde el desapego, pero a veces caemos en la misma rosca de consumo que tanto criticamos: consumimos cuerpos y anulamos la existencia de un otre que es en definitiva otra persona con sus miedos, sus deseos y su propia historia. A veces creemos que para no cargar con la responsabilidad afectiva lo más fácil es no asumirla en ningún momento (como un niño chico que se tapa los ojos jugando a la escondida porque piensa que si él no ve a les demás, tampoco lo van a ver a él). Es como si nos amparáramos en el discurso de “siempre fue solo sexo” para ser en cierto punto egoístas, y eso – para mí – de evolución no tiene nada.

Cuando pensé en esto se me hizo evidente que somos una generación llena de contradicciones. Somos la generación que decidió blanquear el deseo por otres estando en pareja y buscó nuevos modelos como el poliamor porque creía que así nos vincularíamos de una forma más genuina, pero somos la generación que se asusta del amor cuando de una forma genuina aparece. Luchamos por no reprimir nuestra naturaleza sexual pero reprimimos otras necesidades naturales relacionadas con vincularnos, el contacto de la piel, los mimos o el compartir, porque “qué miedo que me da que se me note lo intensa Raúl”.

Incluso creo que en algún momento de la revolución sexual nos confundimos y creímos que sí o sí teníamos que coger mucho porque esa “sexualidad activa” era la forma de aprovechar la juventud que tenemos, incluso aunque en la búsqueda de coger por coger necesitáramos mamarnos y salir con personas que no nos interesaran en nada.

(paréntesis con un tip: recordemos que “una vida sexual activa y exitosa” es también una herramienta del consumismo tan vendedora como una cara bonita o un cuerpo perfecto, así que antes de salir con un bolude piensen de dónde viene realmente esa necesidad y si no es mejor hacerse una paja).

Este no es un manifiesto a favor de los viejos valores del amor romántico, ni sobre lo perdida que está esta generación, nada me revolvería más las tripas y sigo pensando que comparado con nuestros abuelos es indiscutible que la estamos pasando bomba. Esto es solo una reflexión sobre lo difícil que sigue siendo alinear nuestros deseos al transitar cualquier tipo de vínculo.

Supongo que en definitiva se trata de escucharnos a nosotres mismes y poder encontrarnos con quienes podamos desplegar nuestro ser sin represiones de ningún tipo, sin dar más de lo que realmente sentimos y sin dar menos. Se tratará entonces de andar por ahí más o menos troles, más o menos tiernes, pero siempre fieles a nuestros deseos y sobre todo, cagandonos lo más que podamos en este patriarcado que más allá o más acá, se va a caer.

Texto: Ilén Juambeltz
Foto: Tatiana Huertas

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