Los motivos por los que estaban ahí les eran ajenos e inexplicables.

Ella, por un lado, había decidido, con mayor o menor voluntad, que estaba cansada. Recién lo notó cuando sintió la felicidad de poder vivir palpitando el mundo de posibilidades sin sentir la aplastante bruma del determinismo. Le llevó más tiempo del que le hubiera gustado pero, a fin de cuentas, se movió lacónicamente sin rumbo por un lapso lo suficientemente importante como para permitirse orbitar en el vacío, habitarlo y desintegrarse. Ese movimiento, áspero y estrecho, estaba impulsado fervientemente por un deseo inexorable de arder al rojo vivo.

Él, por otro lado, estaba -era- escéptico. Se encontraba perdido en un mundo donde las banalidades de la autenticidad y el libre albedrío absorbían las almas. Ante esto, no supo tener un mejor escudo que su máscara: seductor, intelectual, distinguido pero lo suficientemente acorde a los cánones del momento que le permitían moverse con comodidad en un mundo con el que parecía encajar como una camisa a rayas cuyas líneas no cambian de dirección en las costuras.

Lo que tuvieron en común fue lo que más aborrecían: los dos estaban tomando whisky en un lugar al que solo se puede ir a eso y a ver cómo Freud tenía razón al hablar de que el deseo y la sexualidad mueven el mundo. Los dos pensaban que estar ahí significaba alejarse de lo que eran y rendirse ante las exigencias de una sociedad hedonista. Se equivocaban en sentirse ajenos a eso. Mezclados entre la gente pasaban tan desapercibidos que nadie hubiese imaginado el universo paralelo que efervescía cuando se disparaban con la mirada: el apogeo del hedonismo al que tanto se resistían.

Ella lo vio primero. Cuando vio su pelo negro, ondeado y largo moverse en un falso compás con la música, todo se detuvo. Aturdida, más por su belleza que por la música, un deseo voluptuoso recorrió todo su cuerpo: lo quería ahí, lo quería ya. El egoísmo intransigente se apoderó de cada parte de sus músculos, tensándolos y aflojándolos, despiadadamente, exigiendo que él viniera a saciar su hambre. De repente, sintió que eso es estar viva. Y que todo el sufrimiento había sido poco si era el precio a pagar por el placer inaudito e ingobernable de verlo bailar desde su apacible timidez, derrochando frenesí. La cabeza de ella se alineaba con su corazón, con su espíritu y su cuerpo, y ahora solo podían perseguir una sola cosa: necesitaba que su boca le hablara, le concediera el lugar de sujeto; que sus ojos la miraran, y la devoraran con su deseo; que sus manos la tocaran y encendieran y apagaran las ansias de poseerlo.

El destino ya había hecho lo suficiente: los había puesto en el mismo lugar en el momento oportuno, exentos de inhibiciones y prejuicios, justificados en el hastío y la vanidad de que son jóvenes y tienen un cuerpo y tienen un alma y todo eso lo tienen para gozar. Era momento de que la voluntad humana interfiriera: ella no dejó de mirarlo hasta que, por insistencia e intensidad, él le respondió con la mirada y con el cuerpo, con el cuerpo y con el alma. Porque un encuentro así amalgama detrás de lo carnal lo más esencial de la existencia. Sus mentes vibraron juntas, sus cuerpos, eléctricos, estaban de repente musicalizados.

Cuando él la vio, su mirada no le dejó segundas opciones. Sintió en ella la fuerza ingobernable de la lluvia que cae en un día húmedo y nublado: había estado esperando todo este tiempo, viviendo en una atmósfera agobiante, para poder largarse con furia en el mar de su cuerpo, sumergirse y perderse. Él pudo empezar a mirarla mejor. Tenía el pelo atado, porque creía que así podía tenerlo todo bajo control, qué ingenua. La ropa negra, al igual que él, para mostrar que, a pesar de estar en ese extraño lugar, todavía conservan su ambigüedad y el nihilismo como parte esencial de sus subjetividades. Tenía los labios rojos, y se los mordía cuando lo miraba: prueba fehaciente de que lo estaba invitando a formar parte de su irrefrenable pasión. Eso lo ponía nervioso.

De ahí en más, el mundo entero se pulverizó: ellos dos existían y su deseo era la evidencia más absurda de la condición humana. Aparecieron las palabras para reconstruir un universo viable. Él se acercó, sin saber muy bien qué decir. La música sonando tan fuerte justificaba que le hablara al oído. Los dos sabían que, si bien el encuentro, era en parte fortuito, también era intencionado. Sus cuerpos se llenaron de designio con solo mirarse, rindiéndole culto al destino, que los había puesto en un lugar absurdo pero propicio para que por fin se subyugaran ante el despotismo de sus deseos.

Texto e ilustración: Valentina Amoroso

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