Hace poco más de dos semanas, me hice el papanicolau por primera vez en mi vida. Tengo 23 y me lo tendría que haber hecho hace dos años por lo menos, pero bueno. Nadie quiere un hisopo frotándote el cuello del útero, ni un espéculo en la vagina. Sentís el frío del metal adentro. Me perdono.

Sin embargo, es un mal necesario. Realmente no podemos optar por no hacerlo, a pesar de que leí muchas experiencias traumáticas en internet de mujeres que decían no importarles las consecuencias con tal de no tener que pasar por eso.

La verdad a mí me dejó una sensación inexplicable.

Siempre he evitado al ginecólogo like the plague, odio a los médicos, y detesto tener que ponerme en bolas en un consultorio. Lo normal. Pero la verdad la salud reproductiva es muy delicada, los médicos son muy brutos, y una a pesar de tener todos los ideales en línea, es muy vulnerable en estas situaciones.

Saqué hora para el ginecólogo en abril con un doctor que no conocía, pero había visto que era no objetor de conciencia. No es por nada en especial, salvo que era importante para mí tener un médico que tuviera ideales alineados a los míos. Entre una cosa y otra terminé teniendo consulta cuatro meses después. Más allá de que obvio me empezó a dar ansiedad por mi salud seguir evitando el estudio, también es obligatorio para todas las mujeres mayores de 21 años en su carné de salud, como la antitetánica vigente.

Cuando llegó el día de la consulta, me pasé imposibilitada en casa todo el día. Me bañé dos veces y me depilé. No entiendo por qué nos depilamos para ir AL GINECÓLOGO. Yo no estoy de acuerdo y lo hice igual. Y obvio que es un tema de gentileza ir limpio al médico, pero el baño excesivo es simplemente la realidad de no querer que tu concha huela a concha, que vendría a ser digamos, su olor natural. No debería oler a orquídeas (¿las orquídeas huelen?) porque, de hecho, no deberías lavarte con nada que no sea neutro. Punto aparte.

Caí en llamar a mi mamá, que no había quedado de acompañarme y de hecho tenía cita con el electricista, pero accedió a llevarme porque entiende la necesidad de tener una figura de madre que te guíe por todas esas cosas feas y bajoneras que tenemos que pasar las mujeres. Ella no lo tuvo.

Esperamos como treinta y cinco minutos en la sala de espera. Ella estaba por tener que irse por el susodicho electricista y yo estaba al borde de las lágrimas. Posta que necesitaba a mi mamá. La necesitaba. No era ni algo de mujer, porque no me valía una amiga, precisaba a mi vieja. Ella igual y todo, le parecía que yo estaba exagerando, porque bueno, ya debe tener unos 700 exámenes arriba, mucho peores y más invasivos. No sé igual como alguien se acostumbra a que le raspen el útero.

Me llamaron, y entré, y mi mamá me esperó. Que significó la vida porque salí con más ganas de llorar que con las que entré.

Mi médico no fue malo, pero recién lo conocía y entre que le di la mano por primera vez, no pasaron más de tres minutos y ya me estaba penetrando con un artefacto. La verdad no me hizo preguntas invasivas (que tampoco me hubiera molestado tanto personalmente, no era eso lo que me daba miedo) y toda la jodita duró un suspiro. Pero la rapidez y la profesionalidad con la que encaró toda la circunstancia me hicieron sentir re rara. No es que esperaba que el tipo fuera cálido, pero yo estaba claramente nerviosa y no me hizo ningún comentario tranquilizador. Lo más cercano que tuve fue la enfermera que me dijo “ya está, ya pasó…” mientras me vio componerme y torpemente meter la pierna adentro del pantalón que me hicieron sacar, que la verdad, a todo esto, ¿por qué una sola pierna?

El doctor después del pap me hizo un análisis de rutina, en el que sin previo aviso, me metió un par de dedos. Y tampoco sabía, pero también me tenía que hacer el análisis de mamas. Agradezco que fuera todo de una sola vez, pero salí empapada en sudor y medio tembleque de los nervios que pasé.

Cuando mamá me dejó en mi casa, en la que me encontré con una sensación desolada y se me cayeron las lágrimas. No sabía como explicar lo que había sentido, y no tenía nadie con quién quisiera compartirlo, así que me puse a googlear.

Comprobé que somos muchas a las que nos pasa que nos sentimos de alguna manera, entreverado como sea, vulnerables y con falta de agencia en el momento de dejar a un desconocido que no deseamos cerca de nuestros genitales. Nunca experimenté una situación parecida. Pueden pensar que estoy exagerando, y quizás si sea el caso, pero así me sentí a pesar de racionalizarlo. Y tenemos que pasar por esto una vez al año. O dejar de fumar.

Cuando te hacés el pap en el laburo te dan todo el día entero libre, en vez de solo las horas del estudio. Por algo será. Voy a juntar firmas para que también te aguanten en la sala de espera después de la consulta con un combo de McDonalds y un abrazo.

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