Podría empezar a escribir justificando mi larga ausencia de la columna, podría decirles que me enamoré y que mi cabeza estaba llena de unicornios mágicos y pedos rosados que no me permitían escarbar en mis más locas aventuras pasadas. Podría decirles también que quien ocupó ese espacio mental no es nada más ni nada menos que el after previo del gran after y de ahí en más. Podría decirles tantas cosas en este momento de reenganche (mirá de quién te burlaste, Barney) pero quiero volver con algo que me llenó el alma y me obliga a plasmarlo para compartirlo.

Todos los años tengo la meta de NO pasar fin de año en Montevideo, ¿por qué? Porque las fiestas en mi familia a veces son complejas, porque odio la locura de “se termina el mundo el 31” y la gente alborotada yendo y viniendo de supermercados, shoppings y demás. Este año no pude hacerlo, irme de la ciudad, aunque pasé unas fiestas preciosas y todo mi ser lo resintió. Dicho así, coordiné mi escapada para el 2 de enero. 

Veníamos hablando en el grupo de chat de las pibas: Karaoke Violento (con esto ya defino todo lo que escapa a las palabras) en el cual formamos parte cuatro amigas. Una de ellas es un pilar en mi vida y con las otras había generado instancias de acercamiento, amistad y complicidad a lo largo (pero espaciadamente) del 2019. Nos pareció una idea fantástica, a pesar de los malabares económicos, los vaivenes de fin de año y la disponibilidad de cuatro personas, el coordinarnos para disfrutar de nosotras y de unos días alejadas de todo ese malambo citadino. 

Lugar: Valizas. Uno de mis balnearios favoritos, en el cual me siento hipnotizada por su misticismo y hippismo utópico. 

Fecha: Primera semana del año.

Llegué a última hora del viernes 2 de enero, después de cuatro horas y media sin poder dormir y escuchando podcasts desde Mindfulness hasta cuentos de literatura fantástica. Dos de las pibas me estaban esperando en algún lado que no pude encontrar y finalmente nos encontramos en la casa alquilada. Para facilitar el relato y jugar con la ambigüedad de los pseudónimos esta vez nombraré por características y usaré las mismas a modo de nombre: Castaña, Morocha y Rubia (ellas). 

Castaña y Morocha me estaban esperando para arrancar con lo que serían tres noches de sororidad y esparcimiento. Como saben que no tomo mucha cerveza (lo sé, soy una livianita bárbara) Castaña me compró un Ananá fizz y le comí los restos de una milanga enorme y grasosa que Morocha no pudo terminar. El Ananá fizz fue el desafío más grande de la noche. No había manera de abrirlo, me sentí totalmente defraudada de mis aptitudes de fuerza logradas a puro Pilates, reprochándome el tener que esperar al otro día y solicitarle a algún noble transeúnte que me abriese el elixir que tanto merecía para comenzar las vacaciones. Que trapo, que varias manos, que ananá entre las piernas y tironeo hacia arriba. Incluso pensé en hacer la gran “inauguración de barco” y tratar de romper el tapón. Googleamos buscando algún tutorial que nos ayudara. Nada. Nos fuimos a dormir temprano y con la milanga atragantada. 

Día siguiente Castaña estaba un poco mal de la panza y Morocha hacía la cura del sueño, creo que se comió a la bella durmiente y metía maratones intermitentes de siestas varias para recuperar. Yo me encontré con el Valizas de siempre, conocidos aquí y allá, el sol recalcinante y la perspectiva de peinarme sólo al salir de la ducha. Rubia venía esa tarde después que se levantara de donde estaba (ya estaba ahí pero en otro recinto y con otros amigos). Finalmente las pibas estábamos juntas. Me sentía feliz por cocinar para todas la primer comida. Habíamos bajado un rato a la playa con Morocha que no estaba convencida del viento típico rochense y subimos para luego comprar kilos de fruta y media sandía que todavía una parte debe seguir allá, con nuevos dueños. Decidimos hacer con Rubia la propia ensalada de fruta: picando, charlando, escuchando música. Idea: ¿Y si le ponemos ananá fizz? Dije “Total es fruta”. Nuevamente el challenge de la botella. Esta vez fui por la parte violenta. Encontré una cuchilla hermosa y poco a poco, cortando el maldito tapón de plástico y levantando las partes una a una pude abrir lo que tanto se hizo esperar. Resultado: un invento maravilloso, frutas ahogándose en mares de ananá fizz. Ese fizz duró hasta esa noche no más. 

Castaña hacía lo que podía con su pancita, le llevamos yogurt y la instamos a que quizás esa noche evitara el alcohol. No todas la instamos a eso, pues Rubia tenía la teoría de que el Fernet con Tónica era el santo remedio para cualquier mal. De hecho esa misma noche preparó un elixir digno de bruja frente a la olla: hielo, fernet, tónica… Lo probaba “mmm…le falta más tónica”. Convencida por esta hechicera rubia y de ojos verdes, Castaña le entró a la mezcla como si fuese homeopatía curatodo. Cabe decir que al otro día la panza seguía igual, pero a a la noche siempre Castaña resucitaba; de día pancita, de noche placita. 

Me di cuenta cuanto extrañaba compartir con amigas y dejar a un lado la dependencia emocional a la nueva pareja (incertidumbres, “debo dar todo mi ser y tiempo para que esto funcione”, etc.). Me di cuenta en todas nuestras conversaciones los roles que consciente o inconscientemente teníamos en esas mini vacaciones. Aprecié esos momentos conmigo en la playa, relajándome frente al mar, escuchando música y haciendo piruetas en la arena sola. A la noche los eventos eran similares aunque siempre estaban condimentados de alguna eventualidad del día: música en el parlante, tabaco, fernet para las chicas y trufas para mí. Salir a caminar y hacer la vueltita corta; mi manera era a paso lento, dejándome arrastrar por el magnetismo de no tener destino y ellas en un torbellino de aceleración el cual a veces me costaba entender ya que no hay para lugar a donde ir. Mirar, compartir, reírnos, escuchar música, pasar de local en local o de bolichito en bolichito. Salir a cenar y comer queso rallado del pote que te ponían para la pasta. Pasar de escuchar rock en un lado a caminar dos pasos y bailar Azuquita pa’l café en otro lado. Jugar al pool, sentarse en la plaza, mirar las estrellas o simplemente observar lo que nos rodeaba. Volver a la casa era un tema aparte pues había una sola llave en primera instancia, yo era siempre la primera en volver. Las escuché a distintas horas, en distintos estados, bajoneando pasta de la olla y también dejándome encerrada. La Rubia volvió con recuerdos de arena metida en cualquier lado después de amanecer en la playa acompañada (esto nos enteramos a las cuatro de la tarde, su hora de amanecer). 

Desde el decidir qué se va a comer y tener en cuenta los gustos o las particularidades, hasta decidir qué vamos a hacer luego, siempre intentando conciliar las individualidades. A veces no es fácil; creo que la última noche casi colapso en caminar por todos restorancitos a ver qué quería comer cada una cuando lo único que escuchaba era “yo esto NO lo quiero comer” Ok, ok…decime QUÉ querés comer y ahí nos fijamos si lo tienen o no. Mi respuesta siempre era fácil, al mediodía lo que pintara y a la noche comida de mar. ¡Estoy en Valizas!

Y en todas las interacciones, compartidas o grupales reflexionaba acerca de lo importante que es tener amigas mujeres. Lo distinto que es el rol de los hombres en lo vincular, los cuales tengo muchos y muy sólidos pues primero melliza de varón, luego convivo con un hombre y también tengo un mejor amigo hombre. Descubrirnos que nos admirábamos estéticamente con los ojos de las inseguridades propias. No sentirme sola respecto a “Fa, que divino les queda esto a las pibas, o el bikini o lo lindas que son y yo estoy en el horno”; en algún momento confesamos que a todas en mayor o menor medida nos pasaba eso y creo que pasa mucho en grupos de mujeres. Somos muy sabias y compañeras en ver la belleza de nuestras amigas, su belleza física y emocional. Sus características como ser humano, como mujer y como almas. Yo soy la más efusiva al respecto, “Morocha es tan linda que me dan ganas de sacarle fotos todo el tiempo” y que ella no viese eso me dejaba confundida y reflexiva. ¿Acaso a mí me pasa lo mismo? ¿Me cuesta verme con el ojo que me ven mis amigas?

El último día fue distinto, Morocha se había ido temprano ya que aprovechaba que la arrimaban en auto hacia otro balneario donde tenía que ir. Quedamos Castaña, Rubia y yo. Pensé en cambiar el pasaje en varias oportunidades pero Castaña no la estaba pasando bien con su estómago y no quería que se volviese sola a la city. Conseguimos que unos amigos de Rubia nos permitieran dejar nuestros petates en su casa y así poder salir de la que estábamos alquilando sin necesidad de andar vagueando debajo de un arbusto sufriendo el sol. Decidimos que por ser el último día nos íbamos a dar la gran vida, cómo si no hubiésemos ido a restorán todas las noches anteriores. Fuimos a comer sobre la playa. En un plan de ricas herederas pedimos la picada de mar más grande y cara que había, y unas jarras de vino blanco. Cabe destacar que el mozo nos trataba burlonamente debido a ese tufo a princesas de Mónaco que estábamos generando en nuestro almuerzo de bacanes. Sin que eso nos cambiara un ápice, estábamos en un idilio de amistad y placeres mundanos tan básicos como salir a comer y chupar. Nos quedó corto el consumo de vino blanco y saliendo del restorán fuimos a comprar más. Me va a quedar grabada para siempre la escena de nosotras tres, previo a tomarnos el bus, sentadas mirando el bañado y los patos, mientras tomábamos vino con hielo en un vaso plástico gigante de pop, con el sol en la cara y la sal aún en el cuerpo.

Las diferentes maneras de vivir esas pequeñas vacaciones hicieron que me diera cuenta de lo hermoso que es tener esos vínculos, la complicidad y la cotidianidad. El encontrar tampones y desodorante arriba de la mesa junto con colitas de pelo y calzones colgados en la ducha. El saber que siempre alguien va a tener un humectante labial a mano para Castaña o una crema de cara para mí. El vernos vestidas totalmente distintas y formando parte de ese caleidoscopio en el cual las individualidades se complementan y se manifiestan en libertad. El ser la primera en volver a la casa y el levantarme primera para ir a la playa sola a la peor hora y volver haciendo las compras para sorprender a las pibas con algo para compartir. Preparar el mate para cuando dejaran de gargolear y enterarme de sus anécdotas de la madrugada y las consecuencias en sus caras mal dormidas o resaqueadas. Castaña sufriendo su pancita y reposando dentro de la casa, Morocha durmiendo la siesta y Rubia y yo haciendo yoga en el jardín, escuchando música y apreciando esos momentos. El ponernos a jugar un drinking game y terminar bailando todas arriba de las sillas de la casa con el parlante al palo, celebrando esa rareza de haber coordinado cuatro días cuando en Montevideo nos cuesta coordinar una cena.

A veces una se pierde en una, en su mente y en su pequeña burbuja. A veces le dedico tanto a poco que me olvido que tengo todo para dedicar de a poco. A veces me alejo arrastrada por el ímpetu de darme a las nuevas experiencias singulares y olvido lo que me sostuvo para llegar hasta ahí. A veces me olvido que no estoy sola, que soy todas mis amigas juntas. Y cuando logro ese encuentro físico es como volver a la fuente; 

Es volver a ellas, 

Es volver a mí. 

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