Definitivamente, la culpa siempre fue mía. Ya era grande y sabía bien lo que hacía, y si había decidido tomar alcohol, sabiendo los riesgos que corría, debía hacerme responsable.

Tenía 19 años, y ese jueves, como casi todos, habíamos decidido con otras compañeras de facultad, salir a tomar algo a Ciudad Vieja. Reconozco que empezamos a tomar vino bastante antes de llegar al boliche. Éramos cuatro. Algunas con más ganas de salir, otras con menos, pero finalmente salimos todas.

En plena efervescencia hormonal, yo necesitaba explorar, descubrir, sentirme atraída. Ya era grande sí, pero mi adolescencia parecía recién comenzar. Por fin me sentía “semi libre” gracias a mi mayoría de edad.

En mi casa jamás me habían hablado de sexo y yo parecía no haber despertado nunca. Ese tema no existía dentro de mis curiosidades. Claro, hasta que empecé la facultad. Cambié de ambiente, entré al “mundo real”, y entendí que no entendía nada. Sólo quería probar, poder compartir con mis compañeras el mismo idioma, ¡tremenda intriga!, ¿¡y cómo era que hasta ese momento no se me había ocurrido pensar en sexo!? Honestamente, sentía que estaba a años luz de poder congeniar vivencias con el resto del grupo. Y sí, también sentía vergüenza.

De forma madura y consciente, tomé la decisión de inmiscuirme en el mundo del sexo y tener relaciones sexuales de manera casual, con alguien que no conociera. Ya no me convencía mucho eso de esperar a la persona especial, que me amaría y me respetaría, y que sería mi pareja por mucho tiempo. Nunca en mi vida había tenido pareja, nunca había habido una “persona especial que me amara”, y yo quería saber de qué se trataba todo este mundo. El romanticismo en este punto ya no iba conmigo. Y estar con un desconocido era como hacerlo de manera anónima, por lo tanto no me apenaba hacer algo “mal” o “desubicado” por falta de experiencia. Total, no lo iba a ver más.

Y así fue. Ningún estrés, ningún drama. Hablé con un compañero más grande que yo, al que le encantó la idea de ser partícipe en mi pérdida de virginidad, y en una de las salidas de casi todos los días con la gente de facultad, simplemente me presentó a un amigo (del cual no me acuerdo ni el nombre, ni la edad, ni nada), ¡y listo!

¡Un peso menos! ¡Tuve relaciones sexuales! No pasé mal, no me arrepentí, y ahora por fin ya sabía lo que era. Me saqué la duda. Creí que así sería desde ese momento en adelante. Obviamente, seguía sin entender nada.

Ese jueves, el que habíamos decidido salir a tomar algo a Ciudad Vieja con “las de siempre”, mis otras tres compañeras de salidas, fue el día en el que perdí el control de la situación, y ninguna de las personas que estaba conmigo quiso tomarlo por mí.

Estábamos en el boliche, muy poca gente, y las cuatro habíamos tomado alcohol. Se me acercó un tipo, a mi entender atractivo, me ofreció un trago y luego no me acuerdo de casi nada. Quienes habían salido conmigo desaparecieron automáticamente, y cuando reaccioné estaba en un apartamento, en otro barrio, en la casa de él.

Por supuesto que sexualmente hablando, este muchacho, hizo conmigo lo que quiso. Recuerdo de haberle pedido varias veces que parara, que me dolía, pero él solamente repetía: “parecés virgen” y seguía.

Me acuerdo también, de que no tenía fuerzas ni para pararme y que no hubo uso de preservativo. Mi cuerpo no tenía capacidad de reacción y no entendía hasta cuándo iba a seguir esa tortura.

Cuando se hizo de día, y ya estaba aburrido evidentemente, me dijo un par de cosas que no retuve en un tono altanero y denigrante, abrió la puerta y me fui. Eso sí lo recuerdo bien, a pesar de los años. El dolor físico que sentía no me permitía prácticamente caminar hasta la parada de ómnibus.

Cuando al fin logré llegar a mi casa, sin entender mucho aún de lo que había sucedido, pero sabiendo que había pasado por mi culpa y que ni siquiera había podido conformar las expectativas del tipo, decidí esperar hasta la noche a que mis padres llegaran de trabajar, para contarles lo horrible que me había sucedido, que estaba muy dolorida, y que no sabía qué hacer.

Mi padre no dijo absolutamente nada y me dejó de hablar por años. Mi madre, manifestó que le había arruinado la vida. Que ella ni siquiera sabía que yo no era virgen. Que separara mis toallas de las de mis hermanos por si les contagiaba sida. Luego, también dejó de hablarme.

Mis compañeras de facultad argumentaron que yo no era una “persona con la que quisieran juntarse más” y que se habían ido porque me vieron con este tipo y yo ya era grande. Si tomo, y acepto un trago de un desconocido, si elijo hablar con un desconocido en un boliche, entonces tenía que hacerme cargo de lo que pudiera pasar.

Siempre tuve la culpa de que ese tipo hubiese abusado de mí. Y al parecer, con mi accionar le hice daño a mucha gente. Meses haciéndome distintos análisis, yendo sola a buscar los resultados con pánico. Por suerte no había contagio de enfermedades.

De esto hace ya catorce años. Me llevó unos siete u ocho entender que fuera cual fuera mi estado esa noche, nadie puede abusar de mí. Que si no quiero, no quiero. Tenga la edad que tenga.

Este fue un tema tabú en mi vida casi que hasta el día de hoy.

Recuerdo bien, la dirección, la edad y el nombre de esta persona, porque increíblemente, a los dos años de este episodio, cuando entro a trabajar en una empresa de “renombre”, a pesar de la cantidad de empleados y de los tantos meses que tuve que hacer pruebas para ser seleccionada, cuando por fin me asignan el tan deseado cargo, el señor era mi jefe.

Texto: Merlina F.
Fotografía: Carolina Fynn

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