Sostengo la teoría de que mi alter ego solo se manifiesta cuando consumo cantidades copiosas de alcohol. Se acerca lentamente, escondiéndose entre tanta basura mental para que no me dé cuenta de que, en cualquier momento, tendrá el completo control de mi persona y encerrará a esta yo en una habitación empapelada de naranja chillón (porque bien sabe que odio ese color). Es muy astuta; cuando pienso que todo está en calma y que, quizá por una vez, seré yo la que tome el mando, me surte una patada en la mitad de la nuca y me desmaya con tal agilidad que cualquier pájaro, gato o animal que esté cerca de mí sale despavorido en búsqueda del refugio que ansío, pero al que no consigo llegar. Eso sí, la ansiedad siempre está. Creo que es eso lo que hace que nuestro vínculo sea fuerte y no tanto el hecho de compartir la misma bolsa de huesos, arterias y venas.

Decidí enfrentarla directamente y (re)proclamar mi soberanía, así que compré un whiskey ––el más barato, por supuesto, como muestra del desprecio que le tengo–– y me senté a esperarla en el living de casa. No era mi alcohol de preferencia, pero sí el de ella y sabía que ésta era la única forma de invocarla rápidamente.

La noche templada no acompañaba el calor interno que alimentaba esta rabia, gestada hacía quién sabe cuánto. Estaba nerviosa; era la primera vez que teníamos un encuentro planificado. Me serví el vaso que daría inicio a esa noche, pero no llegó siquiera a dejar un círculo mojado en la mesa. Volví a la cocina y directamente agarré la botella. Miré el reloj: apenas había pasado media hora. Empezaba a dudar de si, efectivamente, se presentaría ante mí. Sabía que le encantaban los eventos donde hubiera un público numeroso para hacer de las suyas y convertirse en la estrella del momento –unos deplorables cinco minutos de fama, si me preguntan a mí–, por eso, comencé a sentir que la soledad de mi apartamento quizá no había sido la mejor elección.

Miré el reloj de nuevo: cuarenta y cinco minutos. Golpeteaba el brazo del sillón, como si eso hiciera que el tiempo pasara más rápido. Me levanté y fui a donde creí verla escondida: detrás de la biblioteca. Intenté acercarme, imaginándome que era una especie de gorrión casi etéreo con tal de no hacer ruido y espantarla. Al segundo paso me tropecé y supe entonces que ella también me estaba buscando.

––No te escondas, soreta ––le dije. Escuché cómo se tapaba la boca con las manos para ahogar esa risa aguda que tanto detestaba. Volví al sillón y empiné la botella. Sabía que el olor a alcohol la seduciría más rápido que lo que mis palabras hostiles me permitían. Y así fue. No pasaron ni diez minutos para que decidiera salir de las sombras para sentarse a mi lado.

––Al fin aparecés ––le espeté. No dijo nada. Simplemente me lanzó una mirada de esas que solo puede enmarcarse en la cara de alguien que sabe que la victoria está cerca. Pero esta vez el juego cambiaría––. Te vengo esperando hace un par de semanas, tenemos que hablar.

––¿Y de qué querés hablar? ¿No estarás esperando que sea yo la que, una vez más, ponga sobre la mesa todo aquello que no te animás a decir?

––Al contrario, vengo a pedirte que te calles.

Seguramente notó cómo mi capacidad del habla iba disminuyendo drásticamente, producto de mi nerviosismo (y del whiskey), porque se le escapó una sonrisa.

––Mirá, me da entre gracia y pena que mi mera presencia te haga poner de esta forma. No paraste de mover la pierna desde que llegué. La cosa es simple, yo existo y vivo porque soy la perfecta excusa que justifica tus actos. Tenés miedo de salir de tu papel de robot complaciente. No te animás a ser vos.

Intenté contestarle, pero fue en vano, porque empecé a sentir que lentamente perdía el control de mi anatomía. La pierna ya no se movía. El cuerpo que una vez había estado tenso se encontraba hundido en el sillón y la mano derecha, decidida y con voluntad propia, se abalanzaba sobre la botella para cumplir el capricho de una boca sedienta que, hasta hace unas horas, repugnaba el sabor de la cebada fermentada.

––Mejor será que dejes de intentar negarme y despojarme de este cuerpo que, sorpresa, también es el mío.

Las extremidades ya no me pertenecían y las ideas se rehusaban a seguir el hilo de mi razonamiento; eran más bien unos autitos chocadores.

––Así que, con tu permiso, voy a salir a jugar otra vez.

Un último destello de luces acompañado de un largo trago de alcohol y estaba de nuevo en la habitación naranja chillón.

Texto: Mokosa
Imagen: Leticia Maqueira

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s