Semana tres de encierro.

La última vez que estuve encerrada un mes seguido tenía 19 años y estaba internada en un hospital. Mi vida se volvió de cuatro paredes, un poco como ahora, pero muy distinto.

Mi familia era mi columna vertebral. Mi madre lloraba cuando yo lloraba pero lograba no derrumbarse conmigo, me traía mascarillas faciales de la farmacia de en frente para que las horas pasen más rápido. Mi padre me leía libros de misterio en voz alta porque yo no quería ni pensar y me miraba con una mirada que recuerdo que cargaba con un poco de miedo y mucho, mucho amor. Mi abuelo me visitaba todos los días sin falta, si no iba me llamaba, y cuando podía me traía pascualina de su casa que sabía que me gustaba, porque yo apenas estaba pudiendo comer.

Anemia, nauseas, fiebre, calmantes. Anestesia. Mis venas escondidas, mis músculos dormidos, drenajes colgando de mi cuerpo, habitándome. La caminata diaria por los pasillos del piso de Maternidad. Un tubo en mi pulmón, un tubo por mi nariz, una aguja chupando sangre desde mi pie, las enfermeras que se volvieron mis cómplices. Recuerdo el dolor viniendo de todas partes, arrancándome las ganas de estar despierta, de hablar, de reír, de llorar. Nunca acumulé tanta angustia como en esas cuatro semanas.

Las noches eran silenciosas y eternas. La vida la veía a través de una ventana que me llevaba a techos de casas de La Blanqueada. Recuerdo una noche en la cual me quedé un rato mirando por la ventana. Esa noche mi cuerpo se sentía vencido, mis piernas colgaban, mis brazos ardían a moretones y la tristeza me pesaba. Recuerdo que le dije a mi madre, que me miraba silenciosa, “siento que mi cuerpo no tiene más fuerzas”. Creo que la asusté un poco. Yo estaba muy asustada.

Tenía 19 años. Atravesaba un momento de mi vida de mucho vacío existencial, de mucha soledad, de pérdida de rumbo. Vivir un mes en un hospital, rodeada de enfermos y tristeza, me trajo un miedo nuevo que aún no había desbloqueado del todo, y del cual nunca pude deshacerme: el miedo a la vida. Con la vida me refiero al paso del tiempo, a las enfermedades, a envejecer, a ver morir a los amores de tu vida, a despegarte de tus padres y convertirte en adulto, a no saber para dónde ir. Son miedos normales, obvio, pero ver la miseria física cara a cara, observar a enfermos graves mientras esperaba dos horas en una silla de ruedas a que me hicieran una tomografía, me puso de frente con una crudeza que apenas pude conocer un poco cuando mi abuela se enfermó: la vida misma, que lo único que tiene garantizado, es la muerte. Cuando mi médico me dijo que podía irme a casa, lloré de felicidad – creo que por primera vez en mi vida. 

Ese año, cuando salí del hospital, empecé terapia. La primera sesión no hice más que llorar en silencio.

Y aunque no tiene nada que ver, estar encerrada de nuevo, escuchar todos los días malas noticias y enfrentarnos todos un poco a lo volátil de la vida, me pone sensible. En parte me sigo sintiendo un poco parecido a cuando tenía 19 años. Creo que no tan sola como en ese entonces, pero aún tengo muchas dudas que no pude resolver. Y estoy, como muchos, encerrada y cuestionándome día a día sobre el futuro y sobre sus incertidumbres, sus peligros, sus grietas donde cuando mirás para abajo no ves nada más que puro negro.

Por suerte la angustia no es constante como fue aquel mes, por suerte solo viene de a ratos, cada tanto. Semana tres de encierro de quién sabe cuántas. Alguna vez supe sentirme así.

Esta vez, cuando salga, quiero abrazar la vida. Quiero ver a mi familia, ver a mis amigos, tomar birra con ellos en mis barrios favoritos de Montevideo, bailar en algún sótano horrible lleno de gente que empuja, sacar fotos, seguir aprendiendo, seguir conociendo lugares nuevos, viajar, perderle el miedo a la vida.

Quiero abrazar también el recuerdo de estos días para poder usarlo como recordatorio de nunca, jamás, volver a tomar la vida a la ligera.

Texto y foto: Martina Vilar

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