Nadie nos enseña a ser madres. Nunca estamos preparadas para criar a un hijo aunque lo planifiquemos durante años. Al mismo tiempo, siempre surge esa imperiosa capacidad llamada “instinto maternal” que nos hace sobrevivir a nosotras y a ellos, así lleguen a nuestra vida en el momento menos pensado.

Convertirme en madre fue lo más difícil que me pasó. Es al mismo tiempo, lo mejor y lo peor que mis sentimientos pueden experimentar. Vivo en una montaña rusa de emociones que cambian inesperadamente y sin aviso de un segundo al otro. Y sí, paso del amor al odio y de la felicidad extrema a creer que soy capaz de convertirme en una asesina serial.

Nunca fui una “madre plaza”, ni una “madre playa”. No me gusta. Me aburre. Realmente da demasiado trabajo ir con niños chicos a jugar en la arena y cuidar de que no se metan al mar, o meterse solamente porque ellos quieren entrar y solos no pueden. El paseo del parque, a mi entender, es para jubilados que gustan de darle de comer a las palomas. No todos los días tengo ganas de leer cuentos, ni de cocinar menú infantil o de ver películas de Disney.

Las madres siempre tenemos “la culpa” de todo. Si es malcriado, si no le gusta la comida, si se porta mal, si se enferma, si no quiere dormir, si está desabrigado o, ¡cómo nos olvidamos de ponerle filtro solar!

Como educadora escucho a diario a mis colegas decirle a los niños: “Pedile a mamá que no se olvide de mandarte el gorro”, “Decile a mamá que esa comida no te gusta así te prepara otra”, “Mamá se olvidó de ponerle el nombre a tu campera”, entre muchos otros enunciados. ¿¿Y papá??

Ser madre es maravillosamente agotador. De mí depende una vida, cuando muchas veces no puedo ni con la mía. Entonces llega la pregunta de siempre: “¿Y para qué elegiste ser mamá?”. Mi psiquis entra en cortocircuito cada vez que escucho a alguien formular esa interrogante.

Bien. Elegí ser madre porque obviamente lo deseaba y no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, ni mucho menos, de lo que estaba por venir. Lo elegiría cien millones de veces más y tendría muchos hijos. Semejante cantidad y calidad de amor no se compara con nada. Siempre fuimos y seguiremos siendo juzgadas por la sociedad y por cualquier opinólogo de turno. Hoy estoy particularmente sin paciencia. La cuarentena es agobiante. El niño se aburre, y yo también. No quiero jugar a nada, no quiero esperar a que coma toda la comida, no quiero rezongar ni dialogar, no quiero mediar ni negociar. ¿La verdad? ¡Estoy podrida! Sin embargo, mi hijo es lo mejor que me pasó en la vida, y por cada vez que siento que no aguanto más, hay infinitas veces que haría hasta lo que no existe solamente para ver cómo se ríe.

¡Gracias vida por meterme en este infierno! Soy una persona completamente llena y desbordada de amor. Y no, no lo llevo a la plaza, pero pasamos horas pintando cuadros con crayolas, experimentando miles de garabatos de todos colores que luego decorarán la heladera con imanes y muchos otros sitios de la casa. Nos entretenemos filosofando acerca de todo, pero más que nada, acerca la existencia de los dinosaurios.

Texto: Merlina F.
Fotografía: Lucila Fungi

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