Ojalá escribir fuera tan fácil como pienso. Siempre termino rindiéndome ante ese ovillo enredado que son mis pensamientos y que mi gato mental adora arrastrar de aquí para allá. Si tan sólo pudiera usar estas manos torpes para encontrar el extremo del hilo y cincharlo para ver cómo recorre el cráneo y termina saliendo por la boca, como si fuera el vómito más colorido y agradable que veré en toda mi vida. Y sin embargo ahí estaba, tirada en la cama, esperando que un mínimo atisbo de creatividad viniera a mí.

En ese interín de vacío fundador de ideas, recordé la última vez que nos vimos. No fue para nada memorable. No me dijiste que me querías ni me contaste tu más íntimo secreto, no me presentaste a ningún amigo tuyo y tampoco me ofreciste dejar mi cepillo de dientes en tu casa. Estaba todo bien, de verdad (¿de verdad?). Yo seguía en la necedad de intentar construir castillos en nubes inestables usando cascola para pegar los ladrillos entre sí, queriendo creer que esa vez todo se iba a sostener, como por arte de magia.

Había aprendido a amortiguar mis propias caídas y esta no era una ocasión diferente. Eso sí, era lo suficientemente valiente como para asumir la responsabilidad total. No podía dejar de saltar; era como una acróbata masoquista que pide que le muevan la red cada vez que va a efectuar un nuevo salto. La adrenalina propiciada por la simple incógnita que me generaba no saber si aterrizaría sobre ella o sobre el concreto frío, si mis órganos seguirían pagando el alquiler de unas costillas pronunciadas o si todo quedaría desparramado y llegaría hasta los pies de los espectadores era sinónimo de éxtasis. «Tragedia en el circo» dirían los titulares; alguna pobre alma se identificaría conmigo y se compadecería de mi catastrófico final. «Era tan joven…» comentaría mi vecina. Luego, tarde o temprano, se olvidarían de mí para pasar a entretenerse con un nuevo programa de televisión sobre quién sabe quién compitiendo por quién sabe qué premio.

Pero de nuevo a esa última vez… Podía sentir el calor de tu cuerpo todavía en mis brazos y el dolor que me había quedado después de abrazarte tan, tan fuerte. Cualquiera pensaría que te amo; la verdad, es que estoy lejos de hacerlo. Las razones de mis acciones se me revelan en sueños y creo que es hora de que acepte que me comporto así porque soy una caprichosa y siempre quiero lo que no me quiere. Debería haberlo sospechado desde el momento en que, tirado en la cama, me comentaste cómo en los días de lluvia te gustaba dejar la ropa colgada para ver cómo se mojaba. Solo un imbécil consideraría este acto poesía. Qué sabrás vos de poesía…

Y, sin embargo, tengo un tarro llenito de lágrimas con tu nombre.

Texto: Mokosa
Fotografía: Carolina Fynn

Una respuesta a “Disonancia cognitiva

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