Desde hace cuatro años descubrí que tenía una vida.

Ese mecanismo inconsciente de rebeldía, que está en mi ADN, grabado en mi ser desde que nací, parecía aún no haber despertado por completo. Muchos años yendo y viniendo como en una “loop” entre mis diferentes estados de ánimo, casi en piloto automático.

Muchos han sabido tildarme de “masoquista” en este afán de resurgir cual Ave Fénix en el instante en el que me daba cuenta de que me estaba muriendo. Otros tantos, entienden que no he aprendido nada de mis experiencias del pasado y que “todo el sufrimiento que he vivido parece haber sido en vano”. La mayoría de las personas, además de encontrar mis decisiones “poco convenientes” y discrepar, hasta se compadecen de un sufrimiento que imaginan que debo de estar atravesando, y sin embargo no lo padezco.

Por mi parte, no puedo vivir de otra manera. Me gusta la adrenalina de sentir que estoy viviendo al límite. Me seduce experimentar todo el abanico de sentimientos y emociones. Me gusta sufrir y volver a la vida empoderada, sabiendo que nadie jamás podrá cambiar mi esencia. Creo no hacerle mal a nadie, de todos modos, a la gente no le gusto. En mi entorno, únicamente miradas de desaprobación. Calculo que tendrá que ver con el miedo a correr ciertos riesgos, el miedo a sufrir, el miedo a no poder.

De todas las personas que conozco, soy sin duda, una de las más inseguras. Sin embargo, nací sabiendo algo con total certeza, como una premisa ineludible. Nunca hubo lugar a ningún tipo de cuestionamiento al respecto (a pesar de los “malos pronósticos” y experiencias que, de manera infeliz, no llegaron a tener el desenlace que esperaba).

Siempre se trató de un hecho inalterable, introyectado en mis conocimientos innatos: siempre supe que iba a ser “mamá”, y que eso sucedería cuando yo realmente lo quisiera, casi como de manera caprichosa. Esta convicción jamás se presentó ante mí como un deseo, un anhelo o algo vinculado a la voluntad y/o capacidad.

Vivimos en una sociedad que nos incita irremediablemente a incurrir en la maternidad casi de manera obligatoria, como materia pendiente para validarnos como mujeres. Por suerte, nunca lo viví así. No parecía ser ese mi caso. Nada aparente me asociaba de manera tan obvia con la maternidad. De chica nunca jugué a las muñecas, todas y sin excepción me aburrían. En cuanto a mis relaciones de pareja, ámbito en el que me podría haber proyectado más certeramente como madre, el 100% de los intentos había sido un real desastre. Llegado un momento de mi vida, ninguna otra idea parecía tan lejana como la de imaginar un embarazo. Sin embargo, yo tenía la certeza, y la tranquilidad, de que la intuición de toda una vida no iba a fallarme.

Vengo de la más tradicional de las familias, pero siempre supe que conmigo ese modelo no iba a prosperar.

Por más loco que parezca este hecho, la realidad es que nací siendo madre, y no hay nada en la vida que me haga más imperfecta y feliz. Poder hacer tangible lo que siempre había estado latente, fue lo que me hizo descubrir que estaba viva.

Hace cuatro años comenzó mi vida. Soy madre soltera por elección, a pesar de que el maldito sistema machista patriarcal haya contribuido con este hecho en un 100%. No es culpa del nefasto patriarcado que abaló la decisión del progenitor de mi hijo de dejarnos a ambos de la peor manera y con el más fuerte de los desprecios. A ese tipito sí que se le hizo fácil no hacerse cargo de absolutamente nada. Es extranjero y vive en otro continente. Por supuesto fue el primero en saber de mi embarazo, y sin dudas, el primero en desaparecer. Pero no es por culpa del maldito patriarcado que a este cagón ampara que soy madre soltera, sino gracias al mismo. Gracias a este terrible sistema imperante, y que a nosotras mujeres tan a la deriva nos deja, fue que yo pude elegir tener a mi hijo cuando quise, como quise, con quien quise y en donde quise.

Con tremendo orgullo mi hijo lleva mis dos apellidos y el nombre más hermoso del mundo, que por supuesto, no puede hacer mayor honor a su esencia: Salvador (de esto me di cuenta meses después de que había nacido).

Existe una persona infinita, que vino de un sueño que tuve siempre, desde antes de nacer.

Seres queridos (y opinólogos de oficio), ya no sientan pena porque “tuve que atravesar todo un embarazo sola”. Nunca estuve sola. No conozco otra forma de transitar un embarazo y estoy segura de que tuve uno de los mejores del mundo.

Por favor, ya no sientan lástima por “el pobre niño que no tiene padre”. Hasta ahora no ha manifestado ningún signo de extrañar algo que nunca conoció. Por supuesto, supongo que esto no se debe de manifestar de igual forma en todos los niños. Sinceramente, no conozco otros casos como el mío. Lo que sí puedo asegurar, es que es un tema que desde el “momento cero” he seguido muy de cerca con profesionales. Las teorías indican que no nos hace falta lo que no sabemos que existe”. Y con esto, no quiero decir que este tema sea un tabú en nuestras vidas. Por el contrario, si surge alguna interrogante se contesta con la verdad y sin cargas emocionales negativas. Al final ese tipo ni siquiera llega a provocarme lástima, y viéndolo desde mi perspectiva, siempre le voy a estar agradecida. Tampoco hablamos de él con amor e hidalguía, porque su cobardía deja en evidencia la falta de amor, solidaridad y empatía que es tan común sentir para muchos en este mundo que nos toca habitar.

Y a todos aquellos que de alguna manera intentan ser menos trágicos y me comparten su más optimista opinión sin que se la pida: “bueno no fue un embarazo buscado pero siempre fue deseado”. A ustedes tengo un secreto que contarles: fue tanto lo que busqué este embarazo (siempre desde el más genuino amor, jamás con descuidos o engaños), fue tan imperioso el inconsciente durante toda mi vida, fue siempre tan fuerte la convicción de que mi hijo estaba esperándome para enseñarme a vivir, que era absolutamente imposible que, llegado el momento, esta maravilla no se hiciera “real”, tangible, humana y grandiosa.

Esta fue simplemente mi forma. No es la de todos, no la recomiendo, no la idolatro. Cada uno tiene la suya, y todas son igual de válidas.

Gracias Salvador por ayudarme a nacer.

Autora: Merlina F.

Fotografía: Martina Vilar

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