“Amistad Política es hablar de un proceso que arranca en el encuentro y en la necesidad urgente de cambiar de signos la vida y la historia, pasando por la construcción respetuosa de confianzas y querencias mutuas que se van perfilando en el camino del descubrimiento de la otra, de una misma y de una genealogía de mujeres”.*

Nos enseñaron a pelear, nos enseñaron a discutir y competir. La otra siempre fue competencia, nunca compañera. Su existencia limita nuestra posibilidad de cumplir nuestros mandatos, de formar una pareja, de gustarle a alguien, de ser amada. Era una amenaza para nuestro trabajo, porque no muchas mujeres llegan, y si es ella, seguro no sea yo.

“Los varones son mejores amigos porque no mienten, dicen las cosas de frente, no hay tanto problema” Sí, llegué a pensar así. Y siempre tuve amigas mujeres, pero nos convencieron de que no somos honestas, de que mentimos y engañamos, de que seguro en algo andamos. Entonces, ser amiga de varones supo parecer más seguro, daba menos miedo porque no había que competir.

Caer en la lógica del “empoderamiento”, de crecer y lograr cosas, sin importar quién tengo a mi lado cuando lo logre. Actuar según las lógicas patriarcales de poder y de dominio porque es más fácil, porque hago lo que me dice el sistema, porque no tengo que esforzarme en deconstruirme. O sí, puedo deconstuirme yo… pero ¿deconstruír mis vínculos, la forma de vincularme, de ser yo-con-otras? Ahí la cosa es más compleja.

Hoy miro mi pasado, y las mujeres de mi vida me salvaron. Fue mi madre, fueron mis amigas, fue mi psicóloga y todas las que antes que yo pudieron hacer públicos sus relatos. “La mentira se hace con palabras y también con silencios” dice Adrienne Rich y nunca algo tuvo más sentido. No hablar de nuestras vivencias, de nuestro dolor. No contar nuestros relatos, nuestras experiencias de opresión. Es mentirnos, a nosotras mismas y a las mujeres que nos rodean. El silencio frente a la opresión patriarcal nos deja en soledad, si nadie habla de algo es porque no existe, la palabra lo hace realidad.

¿Soy a la única qué esto le paso? ¿Quién me va a creer? ¿Qué van a pensar de mí? Estas preguntas no son de una, son de todas. Cuando sufrimos violencia, cuando sentimos en nuestro cuerpo la desigualdad. Nos han hecho creer que hablar no es necesario, nunca se nos dio la información que nos hubiera podido liberar. Esto no es casualidad. No nos quieren libres, nos quieren calladas. Nos quieren lejos de las otras, nos quieren sin compartir historias, sin sufrir el dolor de quien tengo al lado, de quien está lejos, de quien no conozco, pero protejo.

Nos hicieron creer que nuestro destino era ser amadas –por varones-, ser por ellos aprobadas. Sobrevivir entonces implica mentir. Mentirme primero a mí. Si reconozco la violencia, si reconozco la opresión, ¿podré en algún momento cumplir con mi destino? No lo sé, seguro va a ser más difícil. Entonces me guardo los dolores para mí, porque siempre me enseñaron que hay algo público y algo privado. Hay cosas que son de una, que no se deben hablar, que quede en la intimidad. Pero mientras callemos, solo nos alejamos de la verdad. No logramos reconocer en otras nuestras vivencias, nos perdemos de identificarnos con el dolor ajeno, de sabernos acompañadas hasta cuando estamos solas.

Hablar es peligroso, la experiencia de la otra se refleja en la mía, me invita a despertar. Pero despertar no es fácil, es romper con lo aprendido, es dejar cosas atrás. Hablar es peligroso, porque nos enfrenta en primera instancia a la soledad. Sí, a la soledad, porque creemos que no tener pareja o no ser agradable a la mirada masculina, nos deja en desventaja (frente a otras mujeres que sí los puedan conquistar).

El mejor momento aparece cuando podemos ver, que tras pasar el miedo a perder – el reconocimiento de un varón – frente a una compañera, se nos abre un mundo nuevo. Se nos abre un mundo donde nuestras verdades son válidas, nuestros relatos son tomados en cuenta y nuestra voz es escuchada. Nuestra voz vale. Ni más ni menos que la de la compañera a mi derecha, sólo vale. Tiene valor por sí misma, por lo que representa, y por darles a otras la oportunidad de también animarse a hablar.

“Cuando una mujer dice la verdad está creando la posibilidad de que haya más verdad alrededor de ella”.

Por mucho tiempo lleve en silencio, y por ende en soledad, un dolor acumulado en el cuerpo. Un dolor que supo dejarme sin respirar, que me paralizaba y no me dejaba vivir en paz. Un dolor que hasta llegó a sacarme las ganas de habitar este espacio, esta vida. Y un día algo pasó, una mujer hablo de su dolor, de su experiencia.

En 2018 Thelma Fardin en Argentina, se animó a hablar frente a las cámaras y denunciar públicamente a Juan Darthes por violación. Una violación ocurrida muchos años atrás, en otro país. Una historia que despertó muchas dudas, que la enfrentó a mucha violencia. Pero una historia que para mí – y sé que para muchas otras – fue la salvación.

Escuchar en televisión a una mujer joven, rodeada de mujeres, hablando sobre una violación. Escucharla fuerte haciendo valer su voz. ¿Si ella pudo, por qué yo no? Y me animé, y hablé, conté mi experiencia. Y con eso, llegaron muchos mensajes, de apoyo sí, pero también muchos mensajes de mujeres jóvenes agradeciéndome porque gracias a mi relato habían podido identificar en sus vidas situaciones de violencia, abuso o acoso, que antes no habían podido ver. Fue en ese momento, que todo tuvo sentido.

Ese momento es el que cada vez que dudo sobre hablar o no de algo, me invita a sacar mi voz. “Lo personal es político” cobró todo el sentido. Thelma habla de su experiencia, la escucho y me animo a hablar yo. Alguien lee mi historia, se anima y saca su voz. Y así las mujeres construimos nuestra historia, desde las vivencias individuales colectivizadas, nos conozcamos o no, nos hacemos sentir acompañadas.

«La Amistad, me parece, se construye con un pie en lo privado y el corazón, y el otro, en lo público-político del pensar… del pensar juntas. Con todo lo que esta dimensión conlleva de valores y de responsabilidades sociales y humanas».

Este descubrimiento de mi historia, y de mi fuerza, me llevó por caminos inexplorados. Me hizo salir de la comodidad y seguridad de una relación y adentrarme en caminos oscuros de búsqueda y autoconocimiento. Mi vida cambió por completo, me despojé del miedo de vivir mi sexualidad, supe encontrarme en muchas camas además de la mía (en autos, baños y cocinas). Aprendí a pedir lo que quería, a gritar que mi sexualidad nadie más que yo la definía.

Este camino fue duro, fue reconocer placeres y dolores. Fue caer más de una vez en lugares que prometí no regresar (y a los que sigo cayendo hoy si me dejo distraer). Pero sobre todo fue acompañada. Fue un camino de saberme escuchada y protegida, de vivir la seguridad de tener a mis amigas. Hablar de lo que cada una pasó ¿esto es normal o no? Cada una viviendo su historia, desde su subjetividad y en diferentes momentos del despertar feminista. Pero nada importó, porque siempre supimos que los caminos se cruzaban, que nuestra vivencia no estaba aislada, que éramos muchas y nadie más nos callaba.

Perdí muchas cosas, sobre todo perdí mucho de lo que creía tener seguro, de ideas que nunca me había cuestionado. Pero más que perder, aprendí a ganar en amor, cariño y solidaridad. Esos que solo otras mujeres te pueden dar.

“Recuperé el cuerpo como territorio político y abracé nuevas formas de sexualidad, intentos imperfectos de libertad, con el mismo compromiso de construcciones ideológicas y políticas”.

Y en el medio de ese recorrido conocí los espacios de mujeres. No espacios de amigas, ni conocidas, ni familiares. Espacios de mujeres, con quienes no había hablado antes. Que tal vez nunca más me volveré a cruzar, pero espacios que me llenaron de vida. Affidamento sobre todo me permitió habitar el dolor de la otra como si fuera propio, partir de la honestidad y la confianza. Saber que la vivencia de la otra vale tanto como la mía y que escucharla no tiene más que ganancia para mi vida. Poder sacar la voz sin vergüenza, saber que nadie te va a juzgar, que más allá de las diferencias, a todas nos unen las ganas de luchar. Y aprendí a abrazar sin miedo, aprendí a dejarme consolar, pero también a llorar sin temer a lo que otras pudieran pensar. Llorar sin que eso fuera ser débil, llorar para sanar.

“La Amistad Política como propuesta colectiva se torna más difícil y necesita mayores niveles de análisis y trabajo. Porque nos exige, estar alertas, despiertas, expresadas y atentas a las dinámicas personales e interpersonales que se dan en las relaciones construidas entre mujeres”.

Sí, la amistad política lleva esfuerzo y dolor. Pero la recompensa es saberse nunca más sola, saber que hay siempre alguien para atajarte, para entenderte y para abrazarte. Desde la presencia o la esencia. Sacamos la voz porque nuestras historias colectivas serán nuestra salvación. Son hoy, la base para nuestra liberación.

*Texto basado en “Apuntes sobre la amistad política entre mujeres” de Edda Gaviola y “Sobre mentiras, secretos y silencios” de Adrianne Rich.

Texto: Victoria Marichal

Foto: Matilde Ardao

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