Enterrados en el centro de la tierra habitan dos ojos, negros como el carbón, que gritan en silencio. Con sus aullidos punzantes atraviesan a todos los cuerpos vivos. Se propagan como un rayo y petrifican con una agudeza irreverente a los corazones que están desprevenidos.

Con esos gritos, sórdidos e incontrolables, aparecen en el aire figuras que danzan, macabras, con la muerte. Con esos gritos, aparecen en el aire líneas indómitas que se mueven por todos lados y se ríen de mí, y se ríen a carcajadas de mi pulso acelerado y mis rodillas que tiemblan porque perdieron el piso y ahora no hay donde pararse y ahora todo es frágil y ahora todo es miedo.

Son líneas rectas que se hacen curvas y que quieren ahorcarme. Los gritos toman forma de cabra y aquellos ojos negros toman mis ojos. Aquellos ojos negros, que ahora son míos, ven a un híbrido y a mil hiedras hambrientas que me quieren devorar hasta el final del pozo infinito y oscuro.

De pronto, aparece una voz dulce. Un niño con piel de terciopelo, blanca como la nieve, y labios del color de la sandía, que con ternura me dice: esto también soy yo. Sus manos son suaves como las nubes y su pelo brilla como el oro. Me olvido que estoy en el pozo y quiero acariciarlo. ¡Se debe sentir tan solo en este lugar oscuro!

Pero su naturaleza me toma por sorpresa y el niño ya no es niño. Ahora el niño es bestia. Los ojos bondadosos ahora encarnan el dolor y el asco y el odio y el desenfreno de vivir con la culpa de lo que no se puede. Su voz ahora se hace grito y el grito se hace muerte. Ahora no hay más blanco ni mejillas rosadas ni piel de durazno ni ojos inmaculados. Ahora hay espinas que pinchan mi piel, hay agujas filosas que buscan coser sin anestesia las heridas que todavía sangran. Ahora hay una tumba que espera mi muerte porque yo soy ese niño que ríe y acaricia y calma y soy esa bestia cuyos ojos desgarran y soy ese pozo y soy todo porque ahora me expando y después me hago chiquita y la tierra se mete en mis pulmones y a mis vísceras las invade algo negro y espeso y me quedo sin aire.

Texto: Valentina Amoroso

Foto: Martina Vilar

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