No conozco a muchas personas sororas. De hecho, si lo pienso, conozco solamente a una persona que, en su esencia y comportamiento, se acerca bastante a definición de “sororidad”.

Hasta hace no mucho, debo ser honesta, ni siquiera sabía lo que significaba el término. Estemos al tanto: “Relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento.”, indica la Real Academia Española, que el 21 de diciembre de 2018 incluyó a la palabra dentro de su diccionario.

Hoy en día es muy común escuchar el término entre mujeres. Es habitual escuchar hablar de “sororidad” en un grupo de amigas. Es como si estuviera de moda. De hecho, creo que está de moda. Bien. La pregunta que realmente me hago es: ¿somos realmente sororas? Me encantaría pensar que sí. La experiencia con otras mujeres me indica que no.

Lamentablemente nos han enseñado, o lo hemos aprendido del sistema imperante, a competir entre nosotras. A intentar generar un primer puesto para, de alguna manera, “ganarle” a las demás. Intentando ser realista, entiendo que, en la mayoría de los casos, esta suerte de “premio ganador” iría de la mano de la apariencia física, la estética, parecerse lo más posible a un modelo reproducido por importantes firmas que indicarían cómo las mujeres deberíamos vernos. Según lo que pude notar, cuanto más nos parecemos al modelo estándar de “belleza” occidental, más competencia tenemos con otras mujeres. No hace falta investigar demasiado sobre este punto, basta con googlear cualquier cosa relativa al tema y los miles de resultados a esta búsqueda cibernética saltan en la pantalla como por ósmosis. Para dar un ejemplo puntual, el reconocido diario “The New York Times” publicó hace un par de años (2016) un artículo llamado “¿Por qué las mujeres competimos entre nosotras?”. Vale aclarar que en ninguna parte de la redacción se fomenta la competencia entre mujeres, el hecho es que si el artículo está publicado, es porque la misma existe. Por supuesto que otras fuentes sí abalan la comparación y las conductas competitivas entre nosotras, e incluso algunas, indican que esto es algo “positivo”. Tal vez lo sea, hasta ahora me niego a pensar de esta manera.

Muchos hombres disfrutan de este fenómeno y hasta les causa gracia. Se dan el lujo de elegir entre una u otra mujer según cuánto y cómo la misma responda a la causa. Es lógico que esto suceda, ya que de esta forma seguimos siendo funcionales a sus gustos, y por supuesto, seguimos a años luz de estar a su par. Mientras perdemos el tiempo reafirmando nuestras diferencias, ellos siguen creciendo en conjunto, y por lo tanto en poder. Siento que es para ellos como vernos en una película del cine.

¿Esto no se parece mucho a la definición de sororidad, verdad? Sin embargo, es difícil negar que sucede, sobre todo a nivel laboral, aunque inconscientemente convivimos con ello a diario, en todos los ámbitos.

Siempre recuerdo a mi profesora de español del liceo, que repetía lo que en aquel momento no me interesaba ni entendía: “el mundo va a dejar de ser machista cuando las mujeres dejemos de ser machistas”. Hoy no puedo estar más de acuerdo. Y en este punto no quiero generalizar. Deseo realmente que muchas mujeres nunca hayan vivido de esta forma, o que se trate simplemente una cuestión generacional que haya cambiado o lo esté haciendo con asertividad.

No puedo caer en la hipocresía. A mí también me criaron, con el más profundo amor y sin darse cuenta, de una manera machista. También fui comparada de niña, y de no tan niña, con compañeras de generación que parecían adecuarse de mejor manera a lo que se consideraba correcto. Sí, me dijeron muchas veces cómo debía lucir y qué ropa debía ponerme para estar más “linda”, y me desaprobaron cuando tuve sobrepeso, porque de esa forma “no iba a gustarle a nadie y nunca sería feliz”. Yo también fui una de las personas que se odió la mayor parte de su vida por no ser como “debía”. Sí, tuve celos de otras mujeres y quise lucir como mi amiga cuando el primer chico que me gustó se fijó en ella y no en mí. Hoy me duele que sentir eso en aquel momento fuese lo “esperado”. He luchado mucho para quitar esas creencias de mis pensamientos más inconscientes, pero no es fácil, y actualmente, como madre, también me cuesta criar a mi hijo pensando en cómo manejar cada uno de estos detalles.

Me detengo en algunas premisas simplemente para tratar de entender el por qué nos cuesta tanto ser sororas, a pesar de que realmente queremos serlo y creemos serlo.

Me pregunto por qué las mujeres estamos tan desconformes con nuestra imagen y no podemos terminar de sentirnos seguras de nosotras mismas. Me pregunto por qué necesitamos, hasta sin darnos cuenta, la aprobación de otros. Por qué nos preparamos para las entrevistas laborales según el lugar de dónde nos llamen, en lugar de presentarnos como nos vemos en la cotidianeidad. Por qué al llegar a una entrevista y ver que hay otras mujeres que serán entrevistadas para el mismo puesto, automáticamente las sentimos una competencia. Me pregunto sobre todo, por qué a veces nos comparamos con nuestras amigas, o hermanas, o madres, o al revés, por qué ellas se comparan con nosotras. De corazón espero que esto no siga sucediendo en las generaciones posteriores a la mía.

Conozco a una persona que parece ser realmente sorora. Es una mujer común y a la vez grandiosa. Nunca mira cómo vamos vestidas, o maquilladas, o peinadas las demás y siempre está dispuesta a brindar lo mejor de sí para quienes necesiten cualquier tipo de ayuda en la que pueda asistir. No piensa si la otra es más “bonita”, si le darán el puesto de trabajo a ella por su apariencia o si la pareja de turno mirará antes a la otra por ser más flaca, más rubia, más joven, o responder a ciertos estándares preestablecidos.

Ella te brinda su hogar cuando estás triste, y su compañía cuando te sentís sola. Da de sí todo lo que puede. Y a veces más. En muchas oportunidades he pensado que se preocupa más por el bienestar del resto que por el suyo propio. Por momentos, ni siquiera está contenta, sin embargo igual sonríe y saluda con alegría. Gracias a esta persona puedo decir que, felizmente, creo en la sororidad.

Entonces ahora me hago otra pregunta: ¿Qué pasaría si todas tomáramos esta postura? No podemos basarnos en hipótesis sobre cosas que podrían o no suceder, pero creo que si lográramos manejarnos de esta forma, seríamos, al menos, bastante más solidarias, que no es poca cosa. Tal vez viviríamos más alegres, o al menos nos podríamos comunicar mejor con el resto de las personas. Es una simple reflexión.

Sueño con una convivencia en la que verdaderamente estemos todas unidas, respetando nuestras diferencias, y defendiendo nuestros derechos. Entiendo que por cada una de nosotras que decide no informarse sobre el feminismo, ignorarlo, o marchar en su contra, perdemos todas. El mundo no está diseñado para cuidarnos, tampoco para defendernos. El sistema nos divide, y a medida que crecemos, cada vez nos encontramos más solas. Es muy fácil diferir con el resto, lo difícil es apoyar a pesar de las diferencias. Ojalá esta lucha sea algún día la causa de la mayoría. Ojalá pueda ver con mis propios ojos como el mundo se vuelve un poquito más justo.

Texto: Merlina F.

Foto: Martina Vilar

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